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martes, 31 enero, 2023
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Cuatro maneras de desdeñar una marcha

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Por: VIOLETA VÁZQUEZ ROJAS MALDONADO •

El domingo 27, como ya bien sabemos, más de un millón de personas, desde todos los rincones del país, llenaron el Paseo de la Reforma para caminar al Zócalo de la CDMX, donde el presidente López Obrador presentaría el informe que conmemora cuatro años de su mandato.

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La participación fue masiva, a un grado que no se veía desde hace más de 15 años, y trajo ecos de otros hitos históricos: la marcha contra el desafuero de López Obrador o las que reclamaban el recuento voto por voto después de la elección amañada de 2006. Como en aquellas ocasiones, a pesar de la magnitud de la convocatoria, no se rompió un solo vidrio, no se afectó un solo negocio. La marcha fue una kilométrica fiesta callejera.

Cada uno de quienes participaron saben sus razones para haber asistido y no hace falta repetirlas. En la suma total de los motivos se encuentran las mejores explicaciones del sentido y la importancia de esta marcha. Pero no podemos dejar pasar, sólo como recuento de agravios, las explicaciones que ofrecieron los comentadores de oposición, que nuevamente revelaron que, más que entender, su urgencia es minimizar el relieve de la manifestación y menospreciar el apoyo y el afecto que le profieren al presidente las mayorías que el domingo se convirtieron en ríos de gente. Además de desdeñosas, las explicaciones no son muy originales, por lo que nos damos aquí a la tarea de clasificarlas en cuatro grupos, no excluyentes entre sí.

1. “La marcha la convocó López Obrador para resarcir su ego lastimado”

Algunas variaciones de esta explicación son que AMLO tuvo miedo al ver a la «ciudadanía» tomar las calles el 13 de noviembre en defensa del INE, y por lo tanto, decidió mostrar su fuerza en respuesta, como para demostrarles, dicen, que la calle es suya y de nadie más. Incluso hay una variante que, abusando de las categorías de análisis del feminismo, considera que la convocatoria a la marcha del 27 de noviembre es un caso más de «masculinidad tóxica» porque AMLO sólo quiere mostrar quién tiene más «músculo». Este tipo de explicaciones las han sostenido en medios como el Washington Post, Carlos Loret de Mola, o desde su cuenta de Twitter, el senador Emilio Álvarez Icaza. Lo que tienen en común estas explicaciones, y que las hace tan endebles, es que apelan a un rasgo psicológico de un individuo para explicar un fenómeno multitudinario. Encontrar en una emoción individual (el miedo, el despecho, el deseo de venganza) la causa de una movilización masiva es, de entrada, absurdo, pero además le otorga a la persona en cuestión un poder descomunal sobre las voluntades de los cientos de miles de asistentes que, según esta explicación, no actúan por motivos propios, sino manipulados por caprichos oscuros.

2. “Es el mayor acarreo de la historia”

Otra manera de negar la voluntad de las personas que fueron a la manifestación del 27 de noviembre fue insistir en que se trataba de una inmensa labor de “acarreo”. El diario Reforma, por ejemplo, presenta un conteo de 1787 camiones empleados para transportar a los asistentes, sugiriendo que el hecho de que esa gente llegue en camión implica que llegó contra su voluntad. El analista político José Antonio Crespo publicó en su cuenta de Twitter un video donde muestra camiones estacionados, como si esto fuera la prueba contundente de la compra de voluntades. En el diario El Universal aparece un video con distintas imágenes de la marcha mientras una voz en off narra los testimonios de tres personas a quienes supuestamente engancharon a fuerza de coerciones y promesas. Aunque en el video se da el nombre y hasta el lugar de trabajo de estas personas, ninguna de ellas habla directamente ni se les puede ver. Sin negar que en una movilización de estas dimensiones bien sería posible que haya habido quien asistiera motivado por algún soborno o amenaza, eso no podría explicar la presencia de un millón doscientas mil personas -según cálculos oficiales- en el centro de la Ciudad de México. En cambio, sí se tiene que entender cómo se traslada un millón doscientas mil personas desde todo el país hasta el centro de la Ciudad: es lógico que usen camiones. También es lógico -pero esto escapa a la cortedad de miras de quienes no militan en un movimiento popular- que se requiere organización: los camiones tienen que rentarse, se tiene que comunicar a la gente que hay transporte disponible, acordar lugares de salida y llegada, etc. Algunos viajaron más de veinte horas para llegar, otros diez, otros siete. Y, tomando en cuenta que la mayoría de la base social del presidente está formada por personas de escasos recursos, es perfectamente lógico, también, que haya quienes faciliten ese transporte para quienes no pueden pagarse individualmente un boleto de autobús de línea. El caso es que todos esos camiones sobre las calles aledañas a Reforma evidencian la capacidad de movilización y organización, desde diferentes células a lo largo y ancho del país, para lograr esta asistencia multitudinaria. La oposición debería ponderar esa capacidad en lugar de emplearla como evidencia de que la gente, por el mero hecho de subirse a un camión -y no llegar al mitin en camioneta privada, o volando-, es “acarreada” y carente de voluntad.

3. “Se usó todo el aparato del Estado”

Esta consigna, repetida incansablemente en un foro público por la historiadora Elisa Servín, y secundada por comentaristas como Carlos Bravo Regidor, tiene también sus variaciones pintorescas. El sociólogo Jorge Ramírez, por ejemplo, de plano afirma que la marcha del domingo constituye un “golpe de Estado” (la lógica que lleva a esta conclusión es todavía misteriosa), y afirma categóricamente que “toda marcha convocada, liderada y organizada por los gobernantes en turno para gloria de sí mismos es fascismo”. El historiador Harim Gutiérrez y el comunicólogo Leonardo Toledo, por cierto, rebaten con decenas de ejemplos históricos esta aseveración absurda. Pero volvamos a la formulación “moderada”, que afirma que se usó “el aparato del estado”, como en los peores tiempos del PRI, para movilizar gente. Lo que no consideran estos analistas es que no es lo mismo que un presidente municipal, un regidor o un diputado local, organicen algunas decenas de personas y consigan transporte y refrigerio, a que el gobierno federal mismo -es decir, el presidente- emplee toda la fuerza de sus instituciones para movilizar a los asistentes. No vimos, por ejemplo, los enormes contingentes de sindicatos y confederaciones gremiales o populares que solían apoyar a los gobiernos priistas del pasado. Además, en un estado que esos mismos analistas reportan como “militarizado”, ¿no esperarían que la organización de la marcha corriera a manos de las fuerzas castrenses? Este tipo de críticas de tintes academicistas, sólo revelan desconocer los engranajes de un movimiento nacional de base popular, organizado desde miles de células locales de simpatizantes con el gobierno actual, pero que de ningún modo constituyen una expresión de “toda la fuerza del Estado”.

4. “La marcha no era necesaria”

La crítica que se las da de más ilustrada, que se considera objetiva y sin sesgos, es capaz de reconocer, al menos, una verdad: López Obrador es un presidente sumamente popular. Partiendo de eso, consideran que una manifestación multitudinaria de apoyo “no era necesaria”, pues su porcentaje altísimo de aceptación es incuestionable. Por lo tanto, razonan estos críticos, mostrar el respaldo del que goza, y que ya todos conocemos, es una extravagancia propia de un ego desmedido. Lo que esta crítica olvida es que, si bien para el presidente la marcha podría no ser necesaria, sí lo es, en cambio, para quienes lo apoyan. Uno de los efectos más importantes de las manifestaciones públicas es que los simpatizantes de una causa se reconozcan entre ellos y se den cuenta de que ni están solos ni son pocos. La “demostración de fuerza” no es del presidente hacia sus adversarios, sino de simpatizantes a simpatizantes. Se trata, más bien, de un acto de reconocimiento, de encuentro entre personas y colectivos que defienden un mismo proyecto. Por supuesto, la convocatoria del presidente es clave para lograr una concurrencia de esta magnitud. Quienes dicen que la marcha del domingo “no era necesaria” implícitamente quieren decir que no era necesaria para ellos, pues ellos ya estaban enterados del mensaje. Pero no toman en cuenta que, a pesar de que saben que López Obrador goza de un apoyo masivo, ellos como críticos se dedican obstinadamente a tratar de convencer de lo contrario, ya sea mintiendo de manera abierta o ninguneando a la base obradorista, como lo hemos explicado en los tres puntos previos, negándoles conciencia política, voluntad y capacidad de movilización. Una mujer de Tlacoapa sintetiza en unas cuantas frases los dos sentimientos -amor y enojo- que la trajeron desde la montaña de Guerrero hasta el centro de la ciudad: “Que sepan que somos muchos los que queremos al presidente. Y que nos cuenten bien, para que no se burlen”.

Hay muchas cosas que seguir diciendo sobre la marcha del 27 de noviembre y sobre las curiosas reacciones de sus críticos. Pero por ahora, cerramos este pequeño recuento de absurdos recordando que, precisamente por este tipo de razonamientos obtusos, por la incomprensión cabal del presente, por la negación sistemática de la voluntad política de las mayorías, es que se hace necesario, de vez en cuando, salir a la calle y mostrar con alegría lo que a los opositores no les permite ver el rencor o el desconcierto.

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