La historia de Zacatecas ha tenido capítulos memorables en su Plaza de Armas, pero lo ocurrido este domingo de Festival Cultural trasciende el espectáculo, fue una lección de ética política dictada desde un escenario. Mientras la narrativa oficial intentaba centralizar el derecho a la cultura como un bien exclusivo de las élites y el turismo, la realidad —incómoda, polvorienta y necesaria— se estacionó en forma de maquinaria agrícola frente a Palacio, a la Catedral y al escenario más importante del año en Zacatecas. Lo que siguió no fue solo un concierto, fue el colapso de una sordera institucional que solo el rock pudo curar.
Durante meses, los campesinos frijoleros buscaron interlocución en las oficinas federales de SECAMPO, encontrando solo puertas cerradas y una incapacidad política que rayaba en la voluntad de ignorar. Al trasladar su protesta al Festival Cultural, el gobierno respondió con el discurso de la obstrucción al derecho a la cultura y yo me preguntaba: ¿qué cultura puede celebrarse sobre el hambre de quienes siembran la tierra? Como investigadora social de esta población y conociendo muchas de sus adversidades, me dolía la falta de sensibilidad y humanidad ante demandas legítimas y dignas.
El derecho a la cultura no comienza en un escenario internacional, comienza en la soberanía alimentaria y en el trato digno a la población vulnerable. Centralizar los festivales en la capital mientras se abandona el campo es una forma de colonialismo interno que este fin de semana recibió un revés histórico.
La coexistencia entre la manifestación y la música encontró sus aliados más inesperados en las bandas de rock mundialmente famosas. El sábado, Dan McGuinness, vocalista de Revisiting Creedence, utilizó su plataforma en Instagram para mostrar un apoyo rotundo a los productores en plantón, fotografiándose con ellos y deseándoles suerte en su lucha. Este gesto rompió la narrativa oficial que intentaba pintar a los campesinos como un estorbo para el festival.
Pero el domingo, Los Fabulosos Cadillacs no solo nos traerían su música, sino una postura hacia la vida y la lucha social. Al condicionar su presentación a la solución del conflicto agrario, la banda argentina sacudió un conflicto que llevaba meses estancado y semanas de manifestaciones.
Es fascinante y, a la vez, doloroso observar que la voluntad del gobierno no nació de la empatía hacia sus propios ciudadanos, sino del miedo al ridículo internacional y al fracaso de su cartelera estelar. Fue necesario un ultimátum de una banda extranjera para que el gobierno recordara que su obligación es servir al pueblo y cuando no está en sus manos la solución, acompañarlo y gestionar. La ética de los Cadillacs pesó más que cualquier cláusula contractual, demostrando que el arte tiene el poder de ser el sindicato de los que no tienen voz.
Ver a los campesinos retirarse con el puño en alto al grito de «sí se pudo», montados en sus máquinas y con nuestra hermosa bandera, es la imagen más potente del 40 aniversario de este festival. No fue una concesión gratuita del Estado, fue un triunfo de la persistencia agraria y la solidaridad artística, así como del acompañamiento social. Hoy, la Plaza de Armas no solo huele a fiesta, huele a dignidad recuperada.
Este episodio nos obliga a repensar nuestras políticas de prevención de conflictos y atención ciudadana. Si la respuesta política solo aparece bajo presión mediática o artística, estamos ante un gobierno reactivo y no preventivo. El diseño de la cartelera del FCZ 2026, irónicamente, contenía la solución que la oficina de agricultura fue incapaz de gestar: la visibilidad.
Disfrutemos la música, sí, pero no olvidemos que en este FCZ el rock acompaño a los campesinos. Que esta jornada sirva para que el gobierno entienda que la cultura también debe llegar al campo, y que la dignidad de quienes trabajan la tierra no es negociable ni puede ser opacada por ningún reflector, la sociedad debe proteger y acompañar al sector más vulnerado por las instituciones, pero el más necesario para nuestra soberanía alimentaria.
¡Que a tu teoría y a tus derechos nunca les falte calle!



