Tres tristes empleadas: ‘La novia del desierto, Roma, y El Ombligo de Guie´dani’

Tres tristes empleadas:  ‘La novia del desierto, Roma, y El Ombligo de Guie´dani’
Roma, de Alfonso Cuaroìn

La Gualdra 367 / Desayuno en Tifanny’s, mon ku / Cine

 

 

Me ha preocupado últimamente ver películas hipotéticamente feministas. Las chicas salimos del cine contentas por una reivindicación de género, pero secretamente angustiadas. En realidad, a mi parecer, algunas obras que se definen como defensoras de los derechos femeninos, apuestan en realidad por una visión absolutamente conservadora y oprimente.

Creo que pocas cosas son más peligrosas que una “tibia revolución”. La necesidad de cambios radicales en todos los órdenes es hoy inminente y más aún en cuanto a la definición de género.

Empleada 1

Pienso ahora en el caso del filme: La novia del desierto, de Cecilia Atán y Valeria Pivato. Más allá de sus virtudes fotográficas o actorales, me llama la atención la historia que nos narra. La película cuenta la historia de una empleada doméstica de 50 años. Los patrones se van de viaje y ya no necesitan de sus servicios, de modo que, para no “dejarla en la calle”, la envían con sus familiares.

La empleada viaja entonces “al interior del país” para encontrarse con quienes serán sus nuevas patronas. En el camino el autobús se descompone y los pasajeros deben pasar un rato en un “pueblo de provincia”. Me explayaré más adelante acerca de cómo se describe en el filme este “pueblo” y las implicaciones ideológicas que creo que se derivan de este paisaje.

Siguiendo con el relato, la mujer conoce a un hombre gordito y bonachón con quien entabla una amistad. Él es, evidentemente, un buen tipo. Se gustan. Recorren los polvorientos caminos del pueblo, van en busca de un bolso extraviado por ella,

que en realidad él retiene para permanecer en su compañía (una travesura realmente inofensiva). Al caer la noche y después de una jornada de seducción recíproca, los personajes bailan y se besan. Cuando él la besa en el cuello, ella tiene una expresión aturdida, asombrada, que nos hace pensar que es… “¿su primera vez?”.

Por fin, la narración hace una discreta elipsis y los encontramos semidesnudos en un cuarto de hotel. Dormidos (la pasión ha ocurrido sin nuestra asistencia). La empleada doméstica se despierta, se viste y se marcha sin decir nada… y luego de agradecer a la virgen por el pequeño milagro que le ha acontecido, toma el autobús hacia su destino de trabajadora doméstica.

Si este relato estuviera narrado desde una perspectiva crítica sería amargo, pero la película enfoca los acontecimientos como si realmente fueran “positivos” y “enternecedores”. Como si el personaje alcanzara al final, algún grado nuevo de madurez y liberación. Todo ello ocurre en un decorado algo “campestre”, idealizado, con personajes pueblerinos sencillos y sin maldad. El relato, presentado como una aventura positiva, despierta en mí interrogantes éticos y otros sencillamente prácticos.

La primera de las preguntas que surge del relato es… ¿por qué no se despiden? El hombre fue amable, pasaron una buena jornada juntos, no son hermanos, no son padre e hija. Ninguno de los dos está casado y tienen la misma edad. Aun en el caso de que ella no quisiera continuar el vínculo…. ¿qué le impediría decirle algo así como: “hasta pronto, que te vaya bien”? ¿Qué tan grave es lo que ha ocurrido entre esos dos adultos de 50 años que no pueden mirarse la cara y desearse buen viaje?

La segunda gran pregunta es: ¿por qué no continuarán comunicados? Es pleno siglo XXI, ambos tienen celulares. ¿Por qué no podría continuar la amistad? ¿Qué clase de norma moral prohíbe que las empleadas domésticas puedan tener amigos o parejas? ¿Qué les impediría tener una agradable charla telefónica de vez en cuando?

Y la última pregunta es: ¿por qué ella sonríe, dejando atrás a su nuevo amigo y encaminándose… hacia su ineludible horizonte de servidumbre? Comprendería

que lo hiciera por obligación y con resistencia y angustia. ¿Pero por qué está contenta? ¿Es que a las empleadas domésticas les basta una pequeña alegría, en la oscuridad, un solo día, para quedar satisfechas y seguir lavando ropa ajena toda la vida? ¿Y esta resignación sería acaso positiva?

Una vez más si el filme propusiera una mirada crítica sobre una mujer que se impone a sí misma el sacrificio y una vida solitaria, la “anécdota” podría dar pie a una historia tortuosa y aguda. Pero al revés, el filme describe la voluntaria renuncia de la protagonista como si se tratara de un gesto curiosamente “libertario”.

Como comenté me preocupan además algunas decisiones “estéticas”. El decorado pueblerino idealizado que me hace pensar en una idea condescendiente, acerca de la “sencilla felicidad” de la pobreza. Parece una comunidad muy unida, con y un “mercado” colorido (imagen que “habitualmente” ilustra, en el cine, el alegre salvajismo de Latinoamérica). Han quedado fuera de la descripción, en esta ocasión, el oportunismo de los vendedores ambulantes ante los turistas. Las trampas habituales de los negociantes de carretera, la astucia cotidiana de la actividad comercial. Por otro lado, la presencia de “mercados” es muy frecuente en otros países latinoamericanos y no lo es tanto en las carreteras argentinas. El decorado parece más una “idea”, de las autoras, acerca de “un pueblo de provincia”, con habitantes algo ingenuos y despojados de maldad.

También me inquieta la voluntaria elipsis en torno a la escena sexual. Como se trata justamente de una historia de amor quizás hubiera sido pertinente ver algunos momentos de ese encuentro con su bella torpeza. Pero se trata de dos personas de más de cincuenta años, y puedo adivinar en esta omisión cierto pudor de las autoras…

Así en este filme de bella fotografía y buenas actuaciones, me preocupa en cambio lo que “dice”. Se trata de cineastas mujeres, muy jóvenes… y me preocupa la ideología que plasman en él. Me inquieta la manera en la que estas dos jóvenes artistas, ven o imaginan a los pobres, a las mujeres viejas, a las comunidades rurales y en especial… a la “servidumbre”.

Empleada 2

Otra empleada doméstica que nos presenta su atribulada existencia desde la pantalla es Cleo, la protagonista de Roma, de Alfonso Cuarón. No quiero discutir aquí la calidad del filme. Sólo me apabulla una vez más el discurso ideológico de la obra, la que se presenta hipotéticamente, como una pieza feminista y crítica del clasismo mexicano.

Cleo es una empleada doméstica mixteca que asiste a una familia clase mediera de la colonia Roma. Tiende las camas, lava la ropa, y despierta a los niños. Tiene un amigo, Fermín, quien la invita al cine y se acuesta con ella. Luego de unos meses Cleo se da cuenta de que está embarazada. Al enterarse del embarazo Fermín la abandona de un instante al otro. Pasan los meses, el embarazo de Cleo evoluciona. En el parto, el bebé nace muerto. Cleo está muy triste pero el cariño de sus “patrones” parece consolarla al final de cuentas. La historia de Cleo contrasta con la de la señora de la casa, quien también es abandonada por su marido.

Realmente no veo en la obra ninguna consideración feminista. Los personajes masculinos son maltratadores, abandonadores y crueles (casi caricaturas), y ante ellos ambas mujeres demuestran una pasividad sorprendente. Les ruegan y suplican. Cleo atraviesa la ciudad para buscar a Fermín a pesar de que él la ha dejado plantada en una butaca del cine. Luego escucha sus insultos y amenazas casi sin parpadear.

No hay resistencia en ninguna de las dos mujeres. No esperaría un lúcida indignación, pero al menos algo de astucia o humor. Son dos víctimas desarmadas e indefensas. En la tradición del cine contemporáneo las mujeres siguen presentándose como seres llorosos y quebradizos. Se ha mencionado la “sororidad” entre ambas mujeres. Ya que las dos comparten un destino semejante: ser abandonadas. Pero una vez más no noto que esta similitud, transforme algo en su relación. El hecho de comparar sus mutuas peripecias podría generar en ellas alguna transformación en el vínculo de sometimiento. Aunque sólo fuera momentánea y sutil. La patrona podría, por ejemplo, por una sola ocasión… servirle un té caliente a la empleada en quien “se espeja”.

Hacia el final, la patrona invita a Cleo a un viaje de vacaciones (supuestamente para consolarla por su pérdida), y les advierte a los niños que la empleada no va a trabajar sino a disfrutar de la playa. Este comentario no pasa de una expresión oral sin ninguna consecuencia. En los hechos, Cleo no sólo va a trabajar y debe cuidar los niños como siempre, sino que es orillada a arriesgar la vida “en el cumplimiento de su deber” de empleada doméstica. El vínculo entre ambas mujeres es inamovible, rígido, y la estructura clasista no tiene entre ellas ninguna excepción, ningún pliegue…

Tampoco vemos aquí ninguna crítica al clasismo, al revés… Cleo asume su destino de sirvienta, como si se tratara de algo “positivo”. (La vida se encarga de aleccionar a Cleo por su desliz, pierde a su niño propio pero se resigna y regresa sonriente a aceptar su inamovible lugar en el mundo: la azotea). Pero una de las consideraciones más inquietantes respecto al personaje de Cleo, y de muchos personajes “marginales”, en el cine contemporáneo, es la falta de características singulares. Los personajes son descritos solamente por su condición. Personajes sin rasgos únicos, sin debilidades, sin matices, sin particularidades memorables.

¿Cómo es Cleo? ¿Le gusta cantar? ¿Qué comidas prefiere? ¿Cuáles son sus peores miedos? ¿Qué cosas la enfurecen? ¿Cuál es su hora preferida del día?… No hay respuestas en el filme. Ni siquiera se formulan este tipo de preguntas. ¿En qué se diferencia Cleo de la otra mucama que habita la casa?

En el cine contemporáneo, los personajes “pobres” parecen vistos desde arriba y desde lejos como un niño que mirara con una lupa el pasar de las hormigas, y claro, desde su perspectiva, se ven todas muy parecidas. Al parecer, para ciertos sectores sociales (quienes actualmente suelen tener mayor acceso a la producción de cine)… los pobres son todos iguales. El personaje marginal, solamente es percibido en su circunstancia. La cámara lo sigue, lo ve tender las camas, lo ve limpiar habitaciones ajenas, pero la cámara no sabe ni quiere acceder a la condición humana individual.

La distancia del narrador contemporáneo respecto a sus personajes puede confundirse con un “gesto estético”, de pudor y objetividad. Se trata de un narrador que no comenta ni opina sobre los hechos que presencia… ni sobre los seres que

visita. ¿Pero se trata de un verdadero “pudor narrativo”, o en cambio es indiferencia? ¿Absoluto desconocimiento y desinterés respecto del otro?

Los seres humanos somos todos diferentes, singulares, deseantes, nuestras pulsiones no están ocultas. Nuestros rasgos son “visibles”. ¿Qué clase de narrador puede no “notar” la singularidad humana de los seres a los que se aproxima?

Creo que cuando el relato no toma nota de la particularidad del personaje, no está siendo objetivo, sino al revés, se comporta de modo negador e indiferente. Mira sin mirar. Se enfoca en un “otro” pero no lo ve realmente. Lo anula y lo confunde imaginariamente. Pero sobre todo este tipo de narradores (en el cine contemporáneo) nos cuentan la historia de un “otro” a quien desde el principio dan por “derrotado”. Se “menciona una circunstancia injusta”, es verdad, pero al mismo tiempo se presenta esta circunstancia como “inamovible”. Las “víctimas” son descritas como seres mortecinos, sin conciencia, sin rabia ni risa… sin vitalidad ni astucia. Quizás, inconscientemente esta perspectiva sea tranquilizadora… Vistos de este modo, los pobres parecen realmente inofensivos.

Sin detenerme a analizar el fenómeno mediático en torno a Roma, recientemente el director Alfonso Cuarón anunció que colaborará con “sábanas” para todos aquéllos que organicen proyecciones colectivas de su filme Roma: en escuelas, comunidades, etc.

El proyecto de un cine comunitario me parecería muy interesante, si Alfonso decidiera colaborar con salas de cine improvisadas, pero no sólo para su película, sino para muestras de cine variadas y diversas. Pero la propuesta gira en torno a ella. Como si la obra propusiera algún tipo de debate o de movilización política posterior. Como si después de ver Roma, los espectadores pudieran “organizarse” políticamente en torno a cierto tema…

Me he preguntado qué es lo que el filme dice en conclusión que pudiera llegar a ser punto de partida de una acción colectiva posterior. ¿Qué consignas o batallas se derivan de su relato? ¿Qué injusticias se denuncian? No he encontrado respuesta a estas preguntas.

Me pregunto una y otra vez. “¿Qué dice la película?”. Y no encuentro un discurso libertario… ni siquiera un discurso no libertario… Lo que el Roma parece

decir, y que al parecer resulta curiosamente revelador para miles de espectadores, es que las empleadas domésticas… existen.

Empleada 3

La tercera empleada doméstica de la lista es la niña de El Ombligo, de Guie´dani, de Xavi Sala. Una niña oaxaqueña viaja con su madre a la ciudad. La madre será empleada en una casa. La niña desarrolla un visible rechazo por su situación de servidumbre. Se burla de los patrones en secreto. Ellos se van de vacaciones, la madre también debe ausentarse. La niña y su amiga toman la casa por asalto. Se divierten, juegan, ríen, se disfrazan con la ropa de los patrones. Prenden fuego a las cortinas…

A diferencia de las anteriores, veo aquí trazos de un personaje libertario. Tiene singularidad, desenfado, irreverencia, risa. Como mujer y como empleada doméstica el personaje es reivindicado. Se le otorga la dignidad de la burla. Se le otorga indignación y misterio. Es un personaje único e inolvidable.

Quizá mis únicas diferencias ideológicas con el filme radican en el final. La niña es descubierta en sus travesuras y los patrones echan a madre e hija de la casa. La niña ve más cercano su sueño: regresar al pueblo. Pero a último momento la patrona embarazada da a luz. La niña y su mamá son “perdonadas” y a través de esta “disculpa”, vueltas a condenar a un destino de servidumbre.

Conversando con el director, a quien considero muy talentoso, él subrayaba que su intención no fue condenar al personaje. Para él, la mirada final de la niña anuncia que pronto intentará nuevas formas de huir. Pienso que la interpretación del autor de su propia pieza es muy válida. Como lo son todas las miradas acerca de una obra.

Lamentablemente yo aún percibo en la mirada final, una señal de resignación que me alarma. Yo siento que ha sido atrapada. Los finales “condenatorios”, también son muy habituales en el cine contemporáneo latinoamericano. Al fin no hay salida. El castigo recae en general al final sobre personajes vitales y envalentonados, quienes al final son aprisionados y encerrados. En estos filmes, se le da gran dignidad al personaje, pero no una salida final.

El cine contemporáneo parece ver a los pobres como hormigas… pero cuando los vemos como humanos vitales nos tranquilizamos adelantando que al final ellos serán atrapados y apaciguados. Lamentablemente, la indignación, la denuncia y la irreverencia, no tienen gran presencia hoy en el cine. Asistimos a un espectáculo mortecino, con falsas rebeldías y falsos feminismos. Creo que luchar por espabilarnos, conectarnos con lo real, desenmascarar las facetas de soberbia y subestimación, y las trampas de lo inofensivo, es parte de nuestra tarea como cineastas y artistas.

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