El ciber-acoso: delito o veneno virtual que infecta el alma de la víctima

El ciber-acoso: delito o veneno virtual que infecta el alma de la víctima

El acoso cibernético es ahora más común dada la extensión del Internet y sus múltiples formas de uso en todas las áreas de nuestra vida. El uso de las tecnologías de la información para intimidar a otras personas virtualiza las pasiones y los delitos asociados a ellas.
Se usa el correo electrónico, los chats, comunidades virtuales o redes sociales para llevar a cabo falsas acusaciones con la intención de dinamitar la reputación o reconocimiento de la víctima. Las estrategias van desde crear páginas de Internet o invadir redes para hostigar y conseguir información del objeto de acoso. Un acosador es un espía, y si es obsesivo puede ser muy peligroso porque acumula información privada que luego difunde con la connotación que le interesa dar. Esa nueva connotación se convierte en vehículo de difamación. Un acosador obsesivo puede perseguir a una chica o chico durante meses para hacerlo sentir culpable y quemarlo en sus grupos de amigos para conseguir venganzas de motivos que siente tiene en justicia. La imaginación es la loca de la casa, decía Teresa de Ávila, y la imaginación incontrolada de los obsesivos-depresivos puede llevar a perseguir sin arriesgar la presencia. Y el ciberespacio es el ambiente perfecto para conseguir sus fines. Este espacio sin distancias o tiempos lo hace sentir omnipresente: poderoso. El acoso es un tema de poder. El acosador quiere hacer sentir su poder sobre la otra persona. El poder agresivo es siempre asimétrico. Y la asimetría hace que se retomen patrones de agresión anteriores a la era digital. Por ello, las mujeres o los adolescentes más chicos son objeto primario de bullying cibernético.
Un asunto que debe llamar la atención de las autoridades es el desamparo legal de las víctimas de acoso, porque falta mucho para que la población sepa cómo vincular este tipo de agresión o delito con un tipo penal. Es aun considerado como asunto privado donde el Estado no tiene incumbencia. Es necesario que las autoridades del poder judicial hagan campañas para hacer consciente a la población sobre los delitos penales que hay en la presencia de este tipo de eventos, y la manera específica de apoyo: cómo se puede generar la investigación de la IP de una máquina desde donde se cometen esos delitos que tienen como objetivo generar angustia, desazón o hasta desesperación depresiva en la víctima. Es un delito en ambientes virtuales. Falta mucha información y protocolos de actuación al respecto.
Las autoridades deben apoyar a las mujeres, jovencitos y víctimas en general a dar con el depredador y los colaboradores del mismo. Las audiencias a las que van dirigidas las intenciones del acosador se convierten en colaboradores por la actitud pasiva que asumen. Testigos-objeto de un manipulador, del depredador psicológico. El cual, nos dicen los expertos, es generalmente un narcisista. Las calumnias y la invasión de la intimidad para esparcir sus semillas de odio, envidia, venganza o rechazo son acompañados de audiencias que terminan apoyando las intenciones del acosador porque no saben qué hacer o cómo actuar. Si dichas audiencias son educadas en cómo actuar pueden perfectamente desactivar la estrategia perversa del acosador. Y quien es el responsable de generar educación penal en la población es el Poder Judicial, preferentemente. Y las instituciones de educación, porque el lugar-origen de la mayoría de los acechos se originan en escuelas o centros de trabajo. En suma: las autoridades judiciales tienen una deuda de educación penal en el manejo de delitos cibernéticos en toda la población. El veneno virtual que infecta la mente de mujeres, jóvenes adolescentes y víctimas en general que viaja libre y debe ser (como toda víbora) decapitado con procedimientos jurisdiccionales.

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