‘El peluquero romántico’ de Iván Ávila Dueñas

‘El peluquero romántico’ de Iván Ávila Dueñas

La Gualdra 305 / Desayuno en Tiffany’s, mon ku / Cine

En mayo del 2015, en Festival de Cannes, conocí a Oscar Ramírez, director de la productora mexicana Arte Mecánica. Nos encontramos en el stand del Instituto Mexicano de Cinematografía, y en la conversación salió que estaba promocionando y buscando apoyos para la nueva película del zacatecano Iván Ávila Dueñas; estaba entusiasta por el proyecto porque, de acuerdo a sus palabras, era “quizás la película más narrativa y ‘normal’ de Iván”. Poco más de medio año después platiqué con Ávila Dueñas y me dijo que estaba dándole duro para terminarla lo más pronto posible y tratar de meterla a los festivales de Berlín o Cannes, 2016, pero lamentablemente el tiempo les ganó.

Sin embargo, Iván Ávila Dueñas consiguió crear una película romántica y nostálgica sin perder su estilo tan característico y definido desde sus Adán y Eva (2004) y La sangra iluminada (2007). Antonio Salinas da vida a un peluquero de la Ciudad de México que ha sufrido la pérdida de un familiar, no tiene pareja y su única distracción son sus amigos de dominó, su fiestero hermano, el ron Appleton y las puntas del pelo de ciertas mujeres.

Como en sus películas pasadas, el peso de la narración recae en los encuadres de cámara y el sonido diegético pero no en los diálogos de los personajes. El espectador se construye la historia gracias al movimiento de las imágenes y no a las confesiones explícitas de los personajes; las digresiones del pasado (madre, padre, esposa) no son necesarias para exponer la sensación de vacío y la tristeza.

Para dar un ejemplo, los sobreencuadres en las ventanas de la peluquería le permiten al zacatecano situar los dos ambientes de la película: si al interior se respira la década de 1950, evidente, por los muebles de la casa y del negocio, la música de  -entre otros- Mario Quintero (Nomás contigo) y José Antonio Zorilla (Bonita), y el cine con los monólogos de Tin-tan en su peluquería (La tijera de oro 1958), el agobio de Ninón Sevilla por las calles de Río de Janeiro (Aventurera en Río, 1953); al exterior, en el reflejo, vemos pasar, por las grandes avenidas de la Ciudad de México,  carros modernos y quedamos así ligados al presente.

Ávila Dueñas no se contentó sólo con incorporar estos elementos del cine clásico (reflejos y sobreencuadres) sino que también mantuvo las saturaciones del color y sobreimpresiones aunque, en esta ocasión, las metió  con marcas en la pantalla como el desfilar de los cuadros de la antigua película o los planos detalle en raccord con la mirada del personaje. Todo esto hace evidente los cambios de color en la pantalla y, por tanto, los estados de ánimo del personaje.

En El peluquero romántico Ávila Dueñas no abandona, tampoco, sus tan queridos temas de la transmutación, la soledad y la nostalgia, aunque ciertamente dando mayor peso a estos dos últimos. La soledad queda retratada por los largos silencios y las tomas fijas en el interior de la casa; a notar que en la secuencia inicial el personaje se mantiene en las sombras y sin hablar.

Ojalá El peluquero romántico se proyecte mucho por salas mexicanas, y de paso también extranjeras.

 

 

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