Subjetivaciones rockeras / Las experiencias mística y estética (y dos ‘post datas’) 1 de 2

Subjetivaciones rockeras / Las experiencias mística y estética (y dos ‘post datas’) 1 de 2

Existen dos fenómenos que a lo largo del tiempo se han equiparado de diversas maneras, dos sucesos —hay que decirlo— subjetivos, que han merecido profundos estudios y tratados por parte de mentes brillantes, las cuales han llegado a conclusiones si no iguales, sí coincidentes en muchos aspectos; esos acontecimientos íntimos son la experiencia mística y la estética.

En la primera, como se puede suponer, el sujeto afectado (por decirlo de alguna manera), tras profundos ejercicios de meditación y oración, que incluyen el sacrificio corporal y el ascetismo por periodos considerablemente prolongados, logra establecer una comunión con la divinidad, con Dios, al grado incluso de ser poseído, como lo sugiere la mística Santa Teresa de Jesús.

La experiencia mística se puede encontrar desde los albores de la humanidad, vale recordar que la Pitonisa del Templo de Delfos tenía que entrar en ese trance para poder revelar los enigmas que darían respuesta a las preguntas que le eran planteadas. Cada religión o creencia cuenta, entre sus feligreses, con personajes que logran establecer este tipo de relaciones íntimas con sus deidades; en el catolicismo, encontramos, como interesantes ejemplos dignos de estudio, a San Juan de la Cruz y a la citada Santa Teresa.

El fenómeno de la experiencia mística es, sin duda, uno de los más interesantes temas de estudio de la Filosofía de la Religión, y hay entre sus estudiosos quienes aceptan que aunque se manifiesta en lo más íntimo del sujeto, este acontecimiento ocurre; los hay también quienes lo atribuyen a circunstancias neurológicas, como en el caso de la epilepsia, que fue considerada por los antiguos como una enfermedad divina; psicológicas, tales como la obsesión; también se le atribuye a los estados de debilidad en los que se encontraban los místicos en el momento de la experiencia o a su inducción debido al consumo de alguna sustancia alucinógena.

En algunos casos, los místicos lograron sublimar sus experiencias, legando importantes obras artísticas como la Subida al Monte Carmelo o Sobre aquellas palabras, de los citados Juan de la Cruz y Teresa de Jesús, respectivamente. Los temas del misticismo y el fenómeno de su experiencia no dejan de ser, como ya se comentó anteriormente, interesantes objetos de estudio, pese a que algunas religiones, como la católica, no le concedan todo el crédito, debido a la transgresión que significa para su orden.

De cualquier manera, vale señalar que la experiencia mística no parece estar al alcance de cualquier simple mortal; se requieren, en todo caso, ciertas cualidades que propicien una vida más allegada a la santidad, o estados profundos de conciencia en los que lo divino represente el eje en torno al cual giren todas las reflexiones, lo que conlleva exigencias que sólo las personas profundamente espirituales están dispuestas a asumir.

La experiencia estética, por su parte, no está destinada a personas excepcionales, sino que requiere la entrega plena a la contemplación, así como la suspensión de la conciencia ante una determinada situación o frente a un objeto específico, principalmente de naturaleza artística, pero de eso se hablará en una siguiente entrega.

 

Post data 1: A partir de un comentario escrito en este apartado en semanas anteriores, se señaló que resulta necesario, ante los acontecimientos globales contemporáneos (que reflejan a México y a sus habitantes en una situación que deja mucho que desear), una reflexión sobre la revaloración de la identidad mexicana.

Se abordó también sobre aquel prestigioso grupo de filósofos alumnos de José Gaos, que se hizo llamar Hiperión y del que surgieron interesantes reflexiones en torno al ser mexicano, predominando la imagen —que posteriormente nos ofrecería Octavio Paz en algunos pasajes de su imprescindible libro El laberinto de la soledad— de un mexicano agachón, reservado, conformista y mediocre, entre muchos otros defectos más, lo que a la distancia resulta indignante.

Las conclusiones a las que llegaron algunos integrantes del distinguido grupo, como se ha documentado en algunas investigaciones, sirvieron de fundamento discursivo para los ideólogos del partido surgido de la Revolución, ya por aquellos años en el poder. El historiador Pedro Salmerón Sanginés recuerda que “los filósofos del grupo Hiperión fueron propagandistas del PRI y de Miguel Alemán, y que sus doctrinas tuvieron una poderosa influencia en los discursos culturales del régimen…” (http://www.jornada.unam.mx/2016/07/26/opinion/016a2pol).

Los argumentos de algunos integrantes de la pléyade filosófica entrañaban la intención de perpetuar los defectos del mexicano con fines un tanto perversos. El interesante ensayo Dos mitos de la mexicanidad, del filósofo Guillermo Hurtado (Hurtado, Guillermo, 1994, “Dos mitos de la mexicanidad”, Revista Dianoia, vol. 40, pp. 263 – 293, México D. F.), permite ver que a los nativos de este país se les calificaba —por parte de la citada agrupación— de fanáticos acríticos, capaces de dar la vida sin pensarlo por el faraónico líder político; en ese sentido, la cita de Leopoldo Zea resulta elocuente: “El mexicano, nos dice Zea, no está dispuesto a morir por un ideal o por un principio, sino por un caudillo paternal, por el hombre en el poder al que se le ha jurado lealtad.” (Ibid. p. 279).

Según Zea: “La Revolución sacó a flote el verdadero ser del mexicano” (ibid. p. 264), idea que legitimó (una vez más) la firme intención de perpetuar en el poder a los herederos de la(s) ideología(s) revolucionaria(s). Ante esta postura, Hurtado apunta:

Voy a sostener que la tesis de que la Revolución brindó las condiciones para una plena autoconciencia y autorrealización del mexicano no sólo es falsa, sino que es una afirmación de peligroso uso propagandístico. Por una parte, no es claro qué sea realmente el complejo periodo de nuestra historia que, por conveniencia, llamamos la Revolución mexicana. Por otra parte, tampoco es claro que la Revolución haya liberado a los mexicanos de algún tipo de alienación ontológica. Liberó a algunos de ciertas cadenas políticas, económicas o culturales, pero creo que no tiene sentido decir que les haya permitido ser lo que eran en el fondo (ibid. p. 275).

                Por lo anterior, la postura del priísta Zea no deja de ser nociva, ya que consciente o inconscientemente, brinda el soporte ideológico que habría de justificar hasta lo injustificable para poder consolidar una sociedad emanada, según ellos, de los ideales revolucionarios, pero que favorece tan sólo a una élite aparentemente iluminada (ibid. p. 277) al más puro estilo de la determinación divina de la época medieval. Los resultados de esos postulados los vemos aún en la actualidad, no obstante hubo otros personajes que defendieron tesis similares, pero de ellos se hablará en la siguiente post data.

Post data 2: Aprovecho el espacio para extender una atenta invitación a mis lectores para escuchar todos los miércoles, a las 20:00 horas, el programa radiofónico El rostro de Dionisos, en el que se habla de arte, cultura y humanidades, y en el que escucharemos interesantes propuestas rockeras. La cita es en www.radiokaosrock.com.

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