Un país pendiente (Segunda parte)

Un país pendiente (Segunda parte)

Decidí escribir estos dos artículos, titulados así: Un país pendiente, para dar pretexto al pronunciamiento de uno de los nombres cuyo significado en mi trayectoria más ha tenido arraigo, el de Luis Donaldo Colosio Murrieta, conciliando ambos textos con dos fechas emblemáticas de marzo, el último mes que su calendario abarcó.

El seis de marzo pronunció el discurso que aún nos es vigente, que nos exige respuesta, luego de veintidós años y que nos obliga a la autocrítica colectiva.

Y el veintitrés de ese mismo mes, en cuya tarde vimos descubrirse la cara cruenta que guardaba aún nuestra historia, en un triste y penoso recordatorio de que por más que nos sintiéramos en el futuro, ella seguía entre nosotros.

Leo y releo la narrativa del año 94, y no encuentro sino la ironía desesperanzadora rodeando al país. La respuesta de la fortuna para unos cuantos, que nos terminó aterrando a todos. Un año que, creyéndonos en la agonía de un siglo, retornamos de golpe a sus inicios. Es inevitable citar a Enrique Krauze, cuando dice que el sistema político mexicano nacido de la post-revolución, que surgió del asesinato de Álvaro Obregón en 1928, terminó de facto, con este otro sonorense asesinado en la víspera de su asunción al poder. Luego de ello no hubo quién no entendiera que el modelo de hacer política se había agotado, y que la transición democrática era inevitable e inaplazable.

Y recordar a Colosio, nos permite justamente, reiterar la importancia de la pluralidad, a la que difícilmente nos vamos acostumbrando en esta nuestra novísima democracia electoral. Cómo líder Colosio supo establecer diálogo con los diferentes para que, más allá de la soberbia de la cerrazón del régimen, lo caracterizaran la tolerancia y la apertura.

En México solo hay una excepción para el popular dicho “No hay muerto malo”, y es en el caso de los políticos. Es complejo voltear a las páginas recientes de nuestro pasado y descubrir notas que vistan de bondad y reconocimiento a los hombres dedicados a la vida pública. La muerte no ha maquillado las pasiones que despertaron determinados episodios nacionales, la memoria en ello, no ha perdonado a sus protagonistas. Curiosamente, Colosio, parece ser una excepción casi generalizada. Leo en Colosio, el futuro que no fue (Ediciones Proceso 2014), los relatos que le reconocen decencia y ánimo democratizador, de Alejandro Encinas y Julio Hernández López,  como antes leí a Andrés Manuel López Obrador (La mafia nos robó la Presidencia, 2006), en el que reconoce haber cenado con él días antes de su asesinato, lamentándose de la desgracia de lo que reconoce como un líder con diferencias “con los de arriba”.

Retornar a Colosio nos lleva a varias deudas: a la de sus ideales, a la de su inconformidad con la desigualdad, el autoritarismo y la corrupción. Nos sitúa en la ausencia de la comprensión de la pluralidad, sus ventajas y el reflejo mismo que ésta lo es de un país como México. Nos pone frente a nuestras intolerancias e incapacidades para el diálogo.

Y hay un país pendiente más, doloroso, terrible, indignante: el de la impunidad, el de la desconfianza y la inefectividad de nuestras instituciones encargadas de la procuración y administración de justicia. La terrible sensación de encontrarnos en la orfandad ante el delito, ante la desgracia que puede trastocar nuestras vidas y la de nuestros seres queridos en cualquier momento, sin que tengamos mínima certeza de una explicación sólida. Hoy aún tenemos un país pendiente frente a miles de familias mexicanas, que como la de Colosio, no solo no ha conocido la justicia, tampoco ha tenido razones, ni la tranquilidad que podría otorgarle confiar en las respuestas de la autoridad.

Cierro esta participación con las palabras de Diana Laura Riojas, valiente esposa de Colosio en el funeral de éste: “Las balas del odio, del rencor y de la cobardía, interrumpieron la vida de Luis Donaldo. Dieron fin abrupto a su existencia, pero no a las ideas por las que luchó.”

Quienquiera que haya sido el responsable de la muerte de este hombre, olvidó que las balas callarían esa voz que hizo eco de lo que todos veíamos, esa sensación que no solo no calló, sino que volvió imposible de ignorar, es la que aún hoy nos permite diagnosticar que tenemos un país pendiente. ■

 

@CarlosETorres_

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