Subjetivaciones rockeras / Ingenuos comentarios a ‘…de los textos del alcohol’

Subjetivaciones rockeras / Ingenuos comentarios a ‘…de los textos del alcohol’

Hablar de la banda Real de Catorce es referirse a una de las agrupaciones emblemáticas del blues y el rock mexicano, misma que se ha caracterizado por la finura de sus ejecuciones y, por supuesto, por la presencia, la personalidad y las profundas, poéticas y desgarradoras líricas del cantante, compositor y poeta José Cruz. Escuchar sus canciones siempre nos permite atestiguar historias y acontecimientos que, por extraordinarios, no dejan de ser frecuentes bajo el negro manto de la noche, a la que en XLI Velo define como a su madre, esa que permite la emergencia de creaturas que conciben y dan a su vida el rumbo de lo marginal. Un mundo nocturno en donde incluso Dios adquiere, como en la antigüedad, los rasgos más mundanos, o como él mismo lo define en XXXIV Demasiado humano:

Dios, en tenis, suda y suda. Pierde el partido y lanza

un puñetazo a su contrincante; el puño da en el aire.

Se olvidó de que su enemigo, que el adversario,

es una invención suya.

José Cruz no es tan sólo un referente en la banda, en el rock y el blues hecho en México, lo es también en el mundo de la poesía, y para esta ocasión me gustaría platicar un poco sobre uno de sus poemarios, el titulado: …de los textos del alcohol[1], en el que su autor nos deja ver aquello que escapa a nuestras miradas y a los oídos, cuando lo tenemos de frente sobre el escenario.

También me gustaría agregar que Cruz es genuino, y lo digo por todos aquellos que en algún momento lo quisieron comparar con Morrison o Cohen, por mencionar a un par de ejemplos; pienso que él forma parte de un fenómeno recurrente en el rock (y en muchos géneros de la música cantada): aquél en el que la o el cantautor, consciente y sabedor de su poder de seducción a través de la palabra, gusta de expandir la experiencia estética en la que se encuentran envueltos sus escuchas, llevándola a límites inimaginables, eso sí, lo más probable es que Cruz pertenezca a esa corriente que en su momento desembocó en los denominados poetas malditos o en los beatniks. Nos dice:

…Las palabras son como góndolas:

sabe uno que naufragan.

(‘X‘)

Sin embargo, más que una responsabilidad, es mi obligación dejar en claro que, si bien disfruto de la poesía, ya sea escrita o escuchada, soy un completo ignorante en cuanto a sus estructuras, reglas y formas, y sólo me limito a sentirla, a viajar con ella (lo que nunca me cansa), por lo que pido al lector que me honre con la lectura de este texto, que me disculpe si es que escribo improperios o barbaridades.

Uno de los primeros pensamientos que asaltan la mente, cuando leemos los poemas de este libro, es el que nos permite percatarnos de que José Cruz ve la vida y la entiende en esa honestidad que algunas almas se resisten a verla, quizá porque nuestro poeta prefiere apreciarla desde uno de sus márgenes que, por lo regular, suele ser ambiguo o ambivalente: el de arriba o el de abajo, como lo sugiere en I Descenso:

El lago se llena de nubes cansadas y aviones.

Ver la ciudad desde arriba es andar como Dios

o de plano muerto…

Varias son las constantes que encontramos en el poemario que hoy nos convoca, mismas que, pese a haber sido abordadas por los más grandes poetas, siguen tan vigentes porque tienen la capacidad de decir aquello que la mayoría nos reservamos para el sótano de las intimidades y los secretos, pero cuya presencia explícita no deja jamás de desnudar nuestro ser; por citar algunos ejemplos: el amor, la mujer, el erotismo, el dolor, la noche, la muerte y lo sagrado que, en él, es a su vez profano o, por qué no, herético:

Nuestro pecado crecerá más que la hierba;

seremos la costra, la mancha aérea

la comisura de un labio, el lunar de la muerte…

(‘V Penitencia’)

José Cruz sabe que detrás de muchos de los actos que se tienen como pecaminosos, se esconde la sal de la vida, esa que le da su plenitud existencial, pero que, no obstante, prefiere reposar en el lecho del tabú, celosa de su intensidad y de su magia. Él sabe que la palabra es fundadora, pero es consciente también de que su ausencia, es decir, el silencio, también es elocuente:

…Sé que ya no debo usar palabras como miedo

sé que ante ti ya no debo usar palabras.

(‘XII’)

Mencioné líneas arriba que una de las figuras presentes a lo largo del texto es la mujer, pero ésta se le presenta al poeta, si bien deseada o amada, también como su igual, o sea, no encontramos al cantante heroico que viene a rescatar a su musa del infortunio, sino al hombre que se solidariza con ella y está dispuesto a sentir o a compartir su dolor:

…Mujer triste:

no vengo a salvarte

vengo a llorar contigo.

(‘XVI Consuelo’)

La muerte también recorre muchas de las páginas del libro, no cabe duda de que es su invitada de honor; sin embargo, no se percibe como esa solución final, por el contrario, su presencia es admirada, dulce, acariciada, omnipresente, a veces de manera abierta, en otras sigilosa, oculta tras las imágenes, pero siempre amiga confidente:

…Muerte, ven, arrímate a mi fuego

escribamos un poema

tú concluyes fechas

y yo titulo y recuerdo.

(‘XLVII La última palabra’)

También encontramos a la vida y a la fascinación por sus misterios, como en el momento en el que habla con su (entonces) futura hija María José y le dice:

Jamás pensé que tus ojos germinaran de los míos

tus manos bordan este instante

se van creando dedo a dedo

y luego todo el sueño se incorpora

digo y creo escuchar su voz cerca de mi espíritu:

hija.

(‘XXIII Semilla’)

Es innegable que muchos de los poemas del libro fueron escritos bajo el influjo de los vapores etílicos, sin embargo, son pocas las alusiones al alcohol y a sus efectos, algunas tan contundentes como ésta:

…Es hora de firmar la tierra

y disculparnos con sus muertos;

porque los borrachos mojamos las tumbas

sin saludar a sus tripulantes…

(‘Contraley‘)

Vale señalar que el libro, presentado en formato media carta, cuenta con una serie de ilustraciones de aspecto fractal, autoría de Omar Santiago. Aunque sé que parecerá obvio, no quiero despedirme en esta ocasión sin decir que el texto es un viaje intenso, en ocasiones fascinante y estremecedor, que se disfruta tanto en silencio como en voz alta por la musicalidad de sus versos. Estoy seguro de que, al igual que a su servidor y a otros tantos que se han brindado la oportunidad de leerlo, la obra les proporcionará, además de regocijo, una ventana para darnos cuenta de que el Poeta José Cruz es mucho más que Real de Catorce.Φ

[1] Cruz, José, …de los textos del alcohol, México, D. F., Primera Edición, Editorial Señales, 2004.

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