De jirones normativos a una nueva Constitución

De jirones normativos a una nueva Constitución

Una Constitución es en realidad un proyecto de nación, por eso debe tener supuestos y fines centrales que le den unidad. Cuando se construyó la Constitución de Cádiz, se reflexionaba sobre la monarquía constitucional española, en 1824 la nación naciente, en 1857 el Estado laico con libertades y derechos universales, y en 1917 se piensa a la nación propietaria de sí, y la patria como derecho social. Pero ahora, ¿cuál es la marca distintiva de los jirones constitucionales que han quedado después de las sucesivas reformas desde 1992 (con el cambio del artículo 27) a la fecha? Cuando han quitado la plataforma que daba sustento a todo el pacto constitucional, ¿qué queda? Retazos de leyes generales puestas ahí para permitir el despojo de la nación: permite la expoliación del trabajo, la reconcentración de la tierra y generación de muy modernos latifundios, la explotación privada de recursos naturales especialmente de sus energéticos, el impulso de la concentración de la riqueza y la protección fiscal del capital, una educación sin rostro y sin calidad, etcétera. ¿Es esto un proyecto de nación? Los pensadores del siglo 19 veían emerger al Estado del fondo de una unidad cultural llamado “nación”, la cual expresaba un tipo de hombre y valores esenciales que dibujaban también el tipo de sociedad que quería cultivar o construir. ¿Cuáles son los valores de fondo que justifican la actual constitución? Ningunos: ha quedado un texto constitucional sin fondo.

Por lo antes dicho, se debe pensar en un nuevo acto constituyente que defina, primero, los ejes de esta nación que no es la del siglo 19, ni es la resultante de la Revolución. Es muy otra. Debemos discutir sin simulación el tipo de gobierno que queremos y no repetir el error de 1857, donde se expresó en el texto un sistema federal que nunca fue realidad, y fue motivo de doblez. Esto es, partiendo de una lectura auténtica de nuestra realidad, plantear el modelo democrático que deseamos, el tipo de Estado y la forma económica que nos acomoda. Y sobre este fondo, edificar el entramado normativo que exponga los criterios para fundar las instituciones que requerimos. Ahora la pregunta es, ¿cómo llegar a ese acto constituyente (independientemente del formato que tenga)? Pues si queremos que esto ocurra, no será por obra de alguna “ley de la historia”, sino por la convergencia de voluntades de una parte mayoritaria de actores políticos del país, lo cual significa que deberá conformarse un gran movimiento instituyente desde la sociedad, y articulado a una expresión política que provoque una transición en el régimen. Es la coyuntura de la alternancia donde puede detonarse esta situación. Pero no volver a repetir la transición del 77, que la provocó la izquierda y la aprovechó la derecha. Es decir, el movimiento instituyente y la alternancia en el régimen, debe ser de izquierda democrática. Ahora mismo hay una ola en el mundo que puede cruzar el atlántico: sale de Grecia, está llegando a España, y puede llegar a México. Una nueva Constitución es posible en esta patria que debe renovarse.

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