Tercer Concurso de Calaveras Literarias

Tercer Concurso de Calaveras Literarias

RÉQUIEM POR MI PAÍS

−¡México, la tierra mía!,
gritaba con emoción
la huesuda, en aquel día.
−Fiesta, color y alegría;
celebran con devoción
mi memoria oscura y fría.

¿Hacia dónde vas, Catrina?
−Voy a México, señores.
La gente ahí sí me estima,
me recibe con honores.

−Levantaré un gran panteón.
Me cedieron los derechos
los jefes de la nación;
de territorio un buen trecho,
me entregó el del copetón;
le dará fe de mis hechos
su segundo Osorio Chong.

−Desde la a hasta la zeta
lo tengo bien calculado;
entre desierto y floresta
por toditos sus estados,
armaré una gran orquesta
de cadáveres sembrados.

−Tengo sirvientes, señores,
por lo ancho de este país,
haciéndome mis favores.
Alcaldes, gobernadores,
diputados, senadores,
bien dispuestos a servir.

−Les daré de qué contar,
soy cruel cuando así lo quiero;
chequen nomás en Guerrero
lo que les puede pasar
cuando yo suelto mis perros.

−México, tanta es la saña,
que a todos ha sorprendido,
ya me olvidé la guadaña,
hoy traigo cuerno de chivo;
del desierto a la montaña,
ya resuena mi corrido.

−Pa’ Zacatecas, señores,
me retiro presurosa;
no quepo en mí de gozosa,
cobraré algunos favores.

La Muerte tendió su manto
en Zacatecas, mi estado.
La gente, con gran espanto,
susurra lo que ha pasado;
luctuosas misas y cantos
se escuchan por todos lados.

Miguel Alonso partió
a la región del olvido;
la huesuda lo cargó.
El estado está dolido
por la deuda que dejó,
no porque haya fallecido.
Sufría de gran depresión
por todos los adjetivos
con que el pueblo lo nombró.
Se quedó como dormido,
ya nunca más despertó.
Muy pocos, los conmovidos
por la muerte del patrón;
otros, con dolor fingido,
lo acompañan al panteón,
donde será consumido
por el gusano glotón.

Chema llevó por apodo,
su nombre, José María;
con el gober, codo a codo,
las finanzas repartía;
no imaginó, en ningún modo,
la flaca por él venía.
Él no pudo, ni con todo
el poder que ya tenía,
librarse del negro lodo
que cubre su tumba fría.

Se murió el procurador;
la noticia ha sorprendido
a todo oyente y lector.
Arturo Nahle ha caído.
Tanta historia de dolor,
tanto desaparecido,
tantos casos incumplidos,
como un cuento de terror,
le causaban sinsabor
al grado que, deprimido,
le hizo al estado un favor
al optar por el suicidio.
Recemos con gran fervor,
réquiem por el fallecido.

Cuando iba por la autopista,
Marco Vinicio en su carro,
por celular le avisaron
que de su cargo desista;
maestros y normalistas
sus oficinas tomaron.
Fue y les gritó a los paristas:
“ya las plazas se acabaron,
así que aquí ya no insistan”.
Muy furiosos lo lincharon,
sin que el pobre se resista.
La muerte pasó revista.
Sus días de gloria acabaron.

Contento, de gira andaba,
soñando en ser diputado;
su nombre, Raúl Estrada,
de la salud, encargado.
La Catrina, de pasada,
las orejas le ha estirado,
pues en todito el estado
la salud está estancada;
medicamento agotado,
clínicas abandonadas.
Basta con una mirada;
hasta un ciego lo ha notado
que la gente está olvidada
en rancherías y poblados.
La Muerte lo ha bajado
de la nube en la que andaba
a la región de la nada;
su cuerpo mortal ha enviado
en una tumba olvidada,
sus huesos están guardados.

La Muerte no llega en vano,
siempre da mucho que hablar.
Murió Benjamín Medrano,
quién lo fuera a imaginar;
decían que él no era humano,
otros, que era un inmortal.
Lo cierto es que ya el gusano
sus restos va a devorar.
Dicen que alcanzó a comprar
buen lote en panteón urbano.

La Muerte jaló sus greñas
cuando ya se iba a marchar;
al cochero hace señas,
pues tiene que regresar
a la mera capital
que gobierna Carlos Peña.
Carlos ya le echaba leña
al apagado comal,
con ser gobernador sueña
sin el mañana mirar.
La Muerte viene y le enseña
que no es ningún inmortal;
al son de banda y norteña,
hoy lo van a sepultar.

La gente, con estupor,
está leyendo en los diarios,
con asombro y con temor,
los solemnes obituarios.

Continúen con el trabajo
que su postura les marca,
porque llegará la parca,
y valiéndole un carajo,
se los llevará en su barca
para remar tierra abajo.
Ella es Reina en su comarca;
no se espanta ni con ajo.

Si a alguno caso disgustó
la sátira compartida,
considerándome injusto,
déjenme pues que les diga
que sonreír es de buen gusto.
Yo prefiero eso, que el susto
fatal de perder la vida;
de una tumba colorida
en medio de los arbustos.

Autor: Juan Martínez López

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