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¿Quién dijo que Zacatecas era el centro?

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Por: José Manuel Palma Márquez •

Hace unos días comenzó a circular en Facebook un video sobre la marcha del orgullo en Pinos. No estuve ahí. Mi relación con lo ocurrido fue la de quien llega después, cuando las calles ya se vaciaron y quedan las imágenes flotando en la pantalla. En la cobertura aparece Rodrigo Guevara como organizador de Pride Pinos. Se ven banderas, vehículos, gente caminando por las calles y una exigencia de justicia para Andrés “Marymar”. Vi el video un par de veces y algo empezó a incomodarme, aunque al principio no sabía bien qué era. Después entendí que casi no reconocía a nadie.

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Quien sigue durante años las actividades de la diversidad sexual en Zacatecas termina aprendiendo un pequeño reparto. Hay rostros que aparecen en marchas, mesas de trabajo, fotografías oficiales, ruedas de prensa, festivales y conversatorios. A veces cambia el gobierno, a veces cambia la institución y a veces cambia el municipio. Las caras permanecen. Algunas de esas personas han hecho trabajo valioso durante años y sería absurdo borrar esa historia. La familiaridad, sin embargo, tiene sus trampas. Cuando vemos siempre a los mismos empezamos a creer que el movimiento tiene esa cara, como si la historia hubiera decidido quedarse quieta para facilitarnos el archivo.

Por eso Pinos me produjo curiosidad. En las imágenes había algo menos reconocible y, por eso mismo, más vivo. La marcha parecía responder a su propio ritmo. Había una convocatoria local, un organizador local, demandas que nacían de ahí y gente que probablemente se volvería a encontrar al día siguiente en la tienda, en la escuela, en una fiesta familiar o en la fila del banco. En los municipios pequeños la visibilidad tiene memoria. La calle recuerda quién pasó por ella.

Durante años hemos hablado de llevar actividades a los municipios. La expresión aparece con una naturalidad admirable. Llevamos talleres, campañas, información, festivales, conversatorios. A veces hasta llevamos orgullo. El verbo siempre parte de algún sitio y supone otro lugar al que hay que llegar. Ese pequeño detalle del lenguaje revela una geografía entera. Para llevar algo primero hay que imaginar que uno lo posee.

Las personas LGBT+ de los municipios nunca estuvieron esperando la llegada de una camioneta con bocinas, mantas y folletos para comenzar a existir. Ya estaban ahí. Tenían amistades, códigos, lugares de encuentro, silencios, maneras de reconocerse, conflictos con autoridades, historias familiares y estrategias para sobrevivir a la mirada ajena. Algunas veces esa vida era pública y otras ocurría en habitaciones, fiestas, chats o carreteras. El hecho de que desde la capital no la viéramos decía bastante más sobre nuestra mirada que sobre su ausencia.

Hace unas semanas se realizó en la ciudad de Zacatecas la llamada Marcha Estatal de la Diversidad Sexual. Desde distintos municipios llegaron personas para participar y Pinos apareció entre ellos. El nombre me había parecido normal hasta que vi el video de Pride Pinos. Después comenzó a hacer ruido. Una marcha celebrada en la capital puede llamarse estatal sin demasiadas explicaciones. Cuando la marcha ocurre en Pinos, la llamamos de Pinos. En Fresnillo, de Fresnillo. En Jerez, de Jerez. Hay palabras que parecen descriptivas y terminan dibujando jerarquías.

Nos pasa también con el nombre del estado. Decimos Zacatecas y muchas veces pensamos en la ciudad de Zacatecas. El resto aparece después, con apellido. Zacatecas y sus municipios. La capital y el interior. El centro y los demás. El mapa administrativo termina pareciéndose demasiado a un mapa mental.

La concentración tiene razones históricas. En la capital están buena parte de las instituciones, los medios, las universidades, las oficinas públicas y los espacios culturales. Durante mucho tiempo también estuvo ahí una parte importante de la vida LGBT+ visible. Las ciudades ofrecieron algo que los pueblos pequeños no siempre podían dar con facilidad, el anonimato. La posibilidad de caminar sin encontrarse a la tía, al vecino, al compañero de la secundaria o al señor que conoce a tu papá desde antes de que tú nacieras. Para muchas personas, irse fue una forma de respirar.

Esa historia todavía pesa. Por eso resulta interesante observar cómo las marchas del orgullo comenzaron a multiplicarse fuera de las grandes ciudades. Ericka López Sánchez y Emanuel Rodríguez Domínguez han estudiado esta expansión y hablan de un circuito de protesta que atraviesa municipios y localidades pequeñas. La imagen del circuito me gusta porque elimina la tentación de pensar en una marcha original y una colección de imitaciones. Cada lugar modifica lo que recibe y, al hacerlo, produce algo propio.

Pinos cabe bien en esa conversación. Marchar en una ciudad pequeña tiene otro espesor. La multitud puede ser menor y, al mismo tiempo, la exposición más intensa. En una gran ciudad uno puede desaparecer dentro del contingente. En un municipio pequeño cada rostro tiene más posibilidades de ser reconocido. Cien personas pueden alterar durante unas horas el paisaje de una comunidad entera. La escala engaña.

David Sánchez Sánchez y Manuel Fernando Rodríguez Esparza han estudiado algo parecido en Cuquío, Jalisco, un municipio atravesado por tradiciones rancheras y conservadoras donde las juventudes LGBT+ comenzaron a ocupar el espacio público. Ese tipo de experiencias obliga a revisar una vieja idea. Durante años, la libertad parecía tener dirección de salida. Había que irse para poder vivir de otra manera. Ahora aparecen personas que deciden quedarse, marchar y disputar el derecho a que su propia comunidad las vea.

En el video de Pinos también aparece la exigencia de justicia para Marymar. No conozco el caso con suficiente profundidad y prefiero dejarlo ahí. Su presencia dentro de la marcha, de todos modos, dice algo importante. Cada territorio produce sus propios nombres, urgencias y conflictos. Las agendas locales rara vez caben completas en los programas diseñados desde la capital.

Tal vez por eso me llamó tanto la atención que las figuras más conocidas del activismo estatal no ocuparan el primer plano. La marcha siguió su curso. Hubo organización, consignas, demandas y gente tomando la calle. A veces un movimiento demuestra que ha crecido cuando empieza a producir escenas que ya no controlamos.

También ahí aparece una pregunta incómoda. ¿Qué hacemos con la experiencia cuando llevamos muchos años acumulándola? Puede convertirse en consejo, memoria, contacto, archivo, acompañamiento. También puede endurecerse hasta convertirse en costumbre. El activismo tampoco está libre de esa enfermedad tan humana de creer que la antigüedad concede propiedad sobre los espacios.

Las organizaciones nuevas van a equivocarse. Van a escoger mal alguna fecha, van a llamar a la persona equivocada, van a redactar comunicados que después les darán pena, van a pelearse entre ellas y quizá volverán a hablarse meses después. Así se aprende a organizar. Ninguna generación recibió un manual terminado.

Me gustaría que dentro de algunos años fuera difícil reconocer a todas las personas que aparecen en una fotografía de una marcha LGBT+ zacatecana. Que hubiera demasiadas caras nuevas para aprenderlas de memoria. Que aparecieran colectivos en municipios donde hoy apenas sabemos qué está ocurriendo. Que existieran archivos, grupos de acompañamiento, clubes, actividades culturales y espacios de encuentro cuya historia no comenzara con una visita desde la capital.

Eso volvería más complicado el mapa y, probablemente, mucho más interesante.

Una red estatal tendría entonces varios puntos de conversación. Pinos podría aprender de Zacatecas y Zacatecas de Pinos. Fresnillo tendría cosas que enseñar a Jerez y Jerez podría encontrar respuestas en Valparaíso. Algunas organizaciones se llevarían bien y otras se soportarían apenas. La comunidad nunca ha sido una fotografía donde todos sonríen al mismo tiempo.

Todavía es pronto para saber qué dejará Pride Pinos. Puede convertirse en un proceso duradero o quedar como una experiencia breve. Las historias colectivas están llenas de intentos que desaparecen y de otros que vuelven cuando nadie los esperaba. Por ahora hay algo suficiente para pensar. Hubo personas que decidieron organizarse desde ahí, con sus propios nombres y sus propias preocupaciones.

Durante mucho tiempo miramos el estado desde la capital y después nos sorprendimos de que el mapa tuviera periferias.

Tal vez estaban ahí porque nosotros dibujamos el centro.

¿Quién dijo que Zacatecas era el centro?

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