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El Manto de la Buenaventura, de Fuensanta Ávila Dueñas

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Por: ANNE LEYNIERS •

La Gualdra 729 / Novela / FENALIZ 2026

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La niña Teresita de Jesús sueña con viajar, tomar el tren que llega al pueblo del Manto de la Buenaventura cada miércoles y se va a Zacatecas. De entrada, nos ubicamos en un acercamiento crítico a la condición femenina pueblerina mexicana, limitada a roles tradicionales, pocos envidiables en la mente de Teresita, y que determinan decisiones y orientaciones de vida. Pero la novela gira también en torno a temas universales y omnipresentes, como la imaginación y el arte de contar historias, narrar para escapar, llevándonos a reflexionar sobre el hecho que “quizás el verdadero cambio consiste en quedarse y hacerlo distinto las veces que sea necesario”. 

Esta lectura deliciosa, del terruño, le hubiera encanto a Enrique Salinas, poeta y escritor zacatecano, que se definía como aborigen barroco-chichimeca, aficionado a los refranes, aforismos y a la jerga local, a quien le gustaba decir que todo es según el cristal con el que se mira, “según los asegunes”, como decía Mamatacha, su abuelita.

Teresita nació en una familia devota y tradicional. Recibió una educación de niña, aprendió a tejer, bordar, cocinar, callar y rezar. Desde su escondite, observa la llegada del tren y ama los domingos porque, libre de trabajos domésticos, va a la iglesia con la cabellera suelta, y allá ve desfilar a la gente, entretejiendo historias.

El pueblo va tomando forma, forjando historia a través de personajes y acontecimientos, entre surrealismo y creencias tradicionales. La autora hace un retrato de la triste condición femenina, madres solteras, mujeres invisibles, esposas oprimidas, plasma escenas, por ejemplo, donde un director aplica, como señor medieval en su feudo, el derecho de pernada. Inocentemente, nos adentramos al anticuado sistema de cortesanas y señores en el ámbito laboral, y otras situaciones en que sexo y poder se confunden entre favores, privilegios y abusos.

Los que llegan al pueblo con el tren son pocos, sobre todo los proveedores de los negocios. Los que se van son menos. Vemos dibujarse la vida en el rancho, entre tareas campestres y domésticas, borracheras, silencios, chismes y golpes. Zacatecas del pasado reciente, rural, todavía grabado en la memoria de los genes y las tradiciones familiares.

De don Lencho, se dice que se quedó solo y se emborrachó para no sentir y cayó dormido, acompañado por el gato negro. “Para todo mal, mezcal, y para todo bien, también”.

Narrada en lenguaje coloquial, con palabras de analfabetas y expresiones populares, la novela tiene una gran riqueza de vocabulario. Es una inmersión muy folclórica que compone cuadros costumbristas, una recopilación lingüística. 

En la comunidad campesina, los animales participan en la vida cotidiana. Son los perros cabrones de la bruja Adoración, el burro tarugo de Teresa, el gato negro de don Lencho, las vacas argüenderas, la yegua arrepentida, el mugre gallo retepresumido… Los animales tienen a sus personas, al igual que las personas a sus animales.

Es un estudio antropológico, una novela etnográfica compuesta de episodios encadenados. “El destino no se cambia” es un leitmotiv en la novela.

Los nombres de las mujeres aluden a las advocaciones de la Virgen y al destino servicial y sacrificado de las mujeres. Y cuando alguna madre quiere salirse de la tradición católica, hace como doña Angustias, quien les puso a sus tres hijas: Lady, Candy y Wendy.

Abundan los calificativos despreciativos del pueblo como: este pueblo jodido, pendejo, pueblo de mierda, en medio de la nada, rancho mugriento… Los sentimientos dominantes son la tristeza, melancolía, pobreza, aislamiento, escape, aunque algunas personas viven muy felices en el Manto de la Buenaventura. 

Resalta la estructura social mexicana basada en los lazos familiares. Se compone un fresco genealógico del pueblo y sus pobladores. Es así como nace un sentimiento de identidad local y familiar muy fuerte. Antes de ser mexicanos, son del rancho. De allá nacen las ganas de irse del pueblo con el tren, única puerta de salida semanal. Los miércoles se abre por un instante la cortina hacia lo desconocido, la ventana de escape de todos los sueños, la válvula de seguridad para no volverse loco ante el destino y la perspectiva de nunca salir de allá.

Y entre que teje o borda, no se sabe si se entretejen más los destinos de las personas o los hilos de los bordados. Se diría que la vida es un gran telar, el pueblo un obraje, las pinceladas son las lágrimas y las risas, y los colores pintan los amores y desamores, los nacimientos y las defunciones.

La música de las palabras da el tino, ritma el relato, tiñéndolo de melodías rancheras, canciones norteñas y bailes regionales, agitando las cabelleras de crin como los tastuanes, hombres-equinos, taconeando con los pasos ruidosos de los hombres brutos y borrachos. Recuerda a un desfile de matlachines, golpeando hasta el trance el suelo y agitando las sonajas para hacer temblar la tierra y los cielos, hacer llover, para que se formen ríos que recogen todas las tristes y desesperadas lágrimas de las y los protagonistas sobre esta tierra ingrata.

El libro pertenece a la veta del realismo mágico. Puede aparentarse a un guion de serie. Episodio tras episodio, se va componiendo el rompecabezas. Como Balzac elaboró “La comedia humana” a través de episodios publicados periódicamente, se fue redactando esta historia regional, relato tras relato. La novela salió a la luz después de múltiples peripecias y una larga odisea. Ahora espera ser leída.

 

*Fuensanta Ávila Dueñas, El manto de la buenaventura, México, IZC RLV, 2025. Feria Nacional del Libro Zacatecas 2026. 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_729

 

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