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México te abraza: el retorno en forma de justicia

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Por: Verónica Díaz Robles •

Volver no siempre es una fiesta. Detrás de cada persona que regresa al país después de años fuera hay una casa que se dejó a medias, un trabajo que se perdió de un día para otro y una familia que espera del otro lado del camino. Reconocer eso —y no tratar a quien vuelve como una cifra— es una decisión ética antes que administrativa.

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Durante mucho tiempo, quienes regresaban lo hacían solos. Bajaban del avión o cruzaban la frontera sin un documento en la mano, sin una llamada telefónica, sin un peso para el camión que los llevara a su comunidad. El Estado mexicano miraba hacia otro lado. Esa indiferencia tenía nombre y tenía consecuencias: personas que llegaban a su propio país como si fueran extrañas en él.

La estrategia México te Abraza, instruida por nuestra querida presidenta de México, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, cambió esa realidad. Del 20 de enero de 2025 al 13 de agosto de este año se ha recibido a 271 mil 193 connacionales, con la participación de 34 dependencias federales en 14 entidades del país, las 24 horas de los siete días de la semana. No es un operativo de emergencia: es una política permanente de Estado.

Al pie de la escalera del avión hay alguien que da la bienvenida y entrega la carta de repatriación. Después viene un plato de comida caliente, una revisión médica, una llamada para avisar en casa que ya se llegó. A más de 180 mil personas se les ha entregado una tarjeta Bienestar Paisano con 2 mil pesos, para que el traslado a su comunidad de origen no dependa de la suerte ni de la caridad de nadie. Y de ahí siguen el acta de nacimiento, la Clave Única de Registro de Población (CURP), la afiliación al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), la vinculación laboral.

Para Zacatecas esto no es un tema lejano. Somos un estado de migrantes desde hace generaciones. En casi cada familia zacatecana hay alguien que se fue, y en muchas de nuestras comunidades el sustento diario llega en forma de remesa, con el esfuerzo de quienes trabajan lejos de su tierra. Cuando hablamos de repatriación, no hablamos de estadísticas nacionales: hablamos de tíos, de hermanos, de hijos que un día se despidieron en la central camionera.

Conviene decirlo con todas sus letras: lo que sostiene esta política no es la logística, es la mirada. Una persona repatriada no es un expediente ni un número en un vuelo; es una mexicana o un mexicano libre, con todos sus derechos desde el instante en que pisa su tierra. Esa instrucción, sostenida desde el primer día, es la que cambia la escena completa.

Hay algo más que conviene subrayar. Quien vuelve trae oficio, disciplina, idioma, experiencia. Trae aprendizajes que este país necesita. Recibirlos con dignidad no es un gesto de compasión, es una apuesta por el talento de nuestra propia gente y por un México que ofrezca razones para quedarse.

Hoy estoy más cerca de la gente, porque para conocer las necesidades hay que estar con la gente, y en cada comunidad que visito escucho la misma historia contada de maneras distintas: la del que se fue, la del que regresó, la del que espera. Acompañar esas historias y defender que el gobierno esté presente en ellas es parte de lo que hoy me toca hacer en el territorio.

Ninguna persona debería sentirse extranjera en su propia patria. Que México reciba a los suyos con comida, documentos, transporte y respeto no es un lujo de estos tiempos: es la reparación de una deuda que llevaba décadas abierta. Porque volver a casa también tiene que ser volver a la dignidad.

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