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El derrumbe de la literatura y su devenir geológico

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Por: Alberto Tagle •

La Gualdra 720 / Ensayo

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Escribir nunca se da en el vacío. Escribir siempre ha sido una forma de anudamiento, de creación de interdependencias. En contra de la genialidad individual, la escritura –en su hacer y en su lectura– moviliza nuevas relaciones antes que canonizar de nuevo las viejas jerarquías. Por ello, vale la pena aclarar que nuestra búsqueda apunta a la escritura y no a la literatura. ¿Cuál es la diferencia? La literatura es —seguimos a Eric Schierloh— institucionalización, mercado literario, maximización de las ganancias de las grandes editoriales; a saber, la literatura es un mecanismo de museificación e institucionalización de textos, una máquina de no pasar nada. (1) Es todo aquel proceso que sirva para momificar la escritura, para condenarla a la inmovilidad y para convertirla en un mero objeto de consumo —aunque aparezca disfrazada de apreciación y deleite—. 

La trama del mundo que presupone la literatura tradicional se sostiene en una anti dinámica de sujetos que crean objetos y de objetos que son meros depositarios de la voluntad de dichos sujetos. Claro, hay interacción, pero nunca un desbordamiento que difumine los límites ni vuelva indiscernible el papel de cada uno de ellos. Así, la literatura no es sino un indolente intento de expresión de individualidades. Es la sublimación de las ideas por encima de los cuerpos que las construyen. Es un intento de estabilización y canonización de lo que siempre ha querido estar en tránsito incesante. A pesar de ello, estamos lejos de afirmar que, cuando López Velarde canta que tu barro suena a plata, y en tu puño su sonora miseria es alcancía, en dichos versos no hay una vibración que apunte al dinamismo. Y sí, en la exploración que nos proponemos están contenidos sus poemas, pero sólo sacándolos de su redil literario. Mas ¿cómo fracturar estas barreras? Dinamitando hasta las más profundas bases de este sentimiento. 

Si la gran literatura se ejerce desde la autonomía y la individuación, las escrituras geológicas se anudan a partir de la contaminación. Anna Tsing nos recuerda que hoy, más que nunca, deberíamos habitar la idea de que la contaminación es la transformación a través del encuentro. (2) La escritura se hace desde la susceptibilidad, desde la disposición a afectar y ser afectado. En la literatura las ideas, siempre etéreas, reclaman la primacía; en cambio, las escrituras se hacen con cuerpos y materia. La literatura se imagina que lo que importa es su idea y no su cuerpo. (3) En su otro cauce, la escritura se hace desde la herencia, la vulnerabilidad y las responsabilidades compartidas. Si queremos darles un giro geológico a las escrituras zacatecanas más allá de su estrechez literaria, entonces habrá que destruir su autonomía e individualidad.

Lo que está en juego es la tarea de aplanar la jerarquía de las escrituras para no discriminar entre las que son literarias y las que no lo son. Es difuminar la forma de acercarse a un poema de Roberto Cabral del Hoyo y cualquier inscripción grabada en cantera. Los túneles de excavación de la actividad minera, el trazado irregular de las calles, los flujos migratorios, los desplazamientos forzados, las placas epigráficas que celebran centenarios o conmemoran a ilustres muertos son otras escrituras que merecen ser atendidas sin la camisa de fuerza de la literatura. ¿Por qué vale la pena este impulso? Porque, como Josefina Ludmer nos deja entrever, se trata de escrituras postautónomas, las cuales no admiten lecturas literarias –ni siquiera importa si son literatura o no– porque su verdadero peso reside en que fabrican presente (4) y, por añadidura, pasado y futuro. Lo postautónomo no emerge como un reclamo frontal a la institucionalización de la literatura, sino que es más bien un diagnóstico de su agotamiento. Por ello, la cosmovisión tradicional de la literatura es incompatible e incapaz de advertir las singularidades que atraviesan las escrituras de la actualidad. 

Vuelvo a comenzar. La escritura nunca se da en el vacío ni apunta hacia él. Si el yo convertido en mandamiento hizo de la literatura un régimen de propiedad, la escritura, como vehículo del entrelazamiento, es una poética de la desapropiación. (5) Rivera Garza nos invita a pensar la desapropiación como una poética/política de la sin-propiedad, de la comunalidad y de la precariedad compartida. No se trata de volver mío lo ajeno, proceder monopolista; tampoco se trata de dar voz a los disminuidos, lógica del titiritero paternalista, sino de sacar a relucir las escrituras que ya existen, pero que difícilmente percibimos. La escritura no se tiene, se transita. Porque cuando las escrituras dejan de pertenecer a sujetos autónomos, literaria y mercantilistamente, se tornan en registros compartidos, en cicatrices comunes.

Todas las escrituras ahí fuera me interpelan y me atraviesan, así que me pertenecen tanto como yo a ellas. Habrá que responsabilizarse. En este cruce coloco mi escritura: en lo post-literario, porque no aspiro a la fijación; en la sin-propiedad, porque me reconozco tanto en estas páginas como en las marcas del subsuelo; en lo post-identitario, porque rechazo cualquier principio de autonomía, sólo puedo ser en dependencia. Como Goldsmith, estas páginas tratan de hacerse con la pericia de una secretaria mezclada con la actitud de un pirata. (6)

 

 

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