La Gualdra 696 / Libros / Poesía
[De humo y miel, de Odette Alonso]
Por Iris Morales
La poesía tiene el don de desplegar el tiempo cuando decide mirar atrás sin nostalgia ciega y reconociendo sus heridas; Odette Alonso ofrece esto en De humo y miel, que recopila 35 años de trabajo poético: lo que fue y lo que sigue siendo. Es una forma de prolongar lo existente y darle permanencia a lo que se disuelve fuera del poema. La poesía del desarraigo nace desde la voz del exilio: Odette usa la palabra para buscar persistencia, en ese acervo de vocablos la pérdida se hace voz y la memoria adquiere forma. En uno de sus poemas la figura del fantasma toma cuerpo:
Yo viví en una isla que se hundió para siempre.
Desde entonces
en tierra firme
soy un fantasma
El fantasma representa a una alteridad que incomoda; es la cara del yo que ocupa un espacio y que habita dentro de nosotros. Esto también nos ayuda a reconocernos. Hay presencias que nos resultan perturbadoras no por lo que son en sí mismas, sino porque en ellas reconocemos algo de nosotros mismos que no hemos sabido nombrar. Cada poema abre una ventana donde la ausencia del hogar se convierte en materia poética.
Hay retratos guardados en la memoria, paisajes que sólo se contemplan desde la lejanía. El hogar, cuando ya no se pisa, adquiere la forma de un cuadro colgado en una pared imaginaria; mirar ese cuadro es llorar lo perdido. El fantasma, entonces, es la otredad que habitamos, la huella y el recuerdo de la pertenencia perdida
Sin embargo, mientras exista memoria la pertenencia no se extingue en su totalidad. Puede transformarse en ausencia dolorosa o en raíz obstinada, pero es siempre el eco que nos recuerda lo que somos o lo que fuimos. Es aquí donde se hace necesario cuestionar a qué pertenecemos. La pertenencia muchas veces es el hogar tenazmente habitado en la memoria. Leonardo Padura habla desde la fidelidad a un espacio a propósito de ella: “La pertenencia es, como ya dije, una condición que nos viene dada y resulta difícil, casi imposible, renunciar a ella. […] Cuando trato de ponerle sustancia material al concepto abstracto de patria, lo que veo no es una bandera o un escudo ni escucho un himno, que sólo son convenciones simbólicas aceptadas por una comunidad: yo veo algo concreto, veo mi casa”.
La pertenencia nace en los lugares donde somos reconocidos. Reconocemos lo que habitamos: las calles, los rostros, la música, la isla. Somos vistos ante otros porque somos vinculados a un linaje, una familia, una casa, unos padres, unos abuelos: eso es lo que nos da identidad. Sin embargo, cuando existe un desarraigo nos volvemos invisibles ante los rostros que no nos conocen y ante el espacio geográfico que tememos habitar. Para volvernos visibles necesitamos que otros nos confirmen: nos nombren.
Si la casa es el primer territorio donde aprendemos a ser, el cuerpo es la morada más íntima, donde reside el deseo. El cuerpo es una pintura viva donde también habita el humo y la música. Anaïs Nin advierte —como recuerda Luna Miguel— que las palabras pueden llevar los colores y los sonidos hasta la carne. De esta manera se filtra la idea del amor como una corriente inevitable. El humo se disipa por su fugacidad: la vida se dispersa, igual que el vapor, más allá de nuestras inhalaciones de esperanza, y aquellas sustancias que el ser humano guarda ya no son retenidas en el pecho: han escapado de nosotros. Pero la música es el latido que nos recuerda que no sólo pertenecemos a un lugar, sino también a un cuerpo que arde y nos devuelve al mundo.
Si todo lugar se habita con el cuerpo, entonces la poesía es, quizá, la casa más profunda del ser. Los versos se leen con la piel: el olor del humo impregnado en los dedos con la música de los días que ya no son. Como afirma Odette: Toda música es ayer. La música no está alineada al presente porque el momento que desencadenó su secuencia quedó atrás. No es palpable, sólo habita en la memoria. En el mismo poema, los versos siguen: que salen de tu boca / y nos llevan / a esa isla del humo / y de la música. La música aquí es tránsito: surge de la voz, atraviesa el aire y construye una isla que se habita con el alma.
Quizá permanece el eco de la música porque habita el mismo espacio acústico que el amor: ese territorio donde las resonancias se vuelven un ritmo que sostiene la respiración de la resiliencia. Después del humo y del sonido que se extingue, la miel aparece como el último gesto: una dulzura que transforma el dolor y la nostalgia. Volver al fantasma del comienzo es entender que no somos sólo la isla hundida: también somos la tierra firme que pisamos después. Entre el humo y la miel, la poesía se vuelve el territorio donde el exilio encuentra su hogar.
De este modo, el amor llega como el bálsamo, como una manera de creer en lo que todavía respira. En el fondo, la miel representa el retorno posible: no de lo perdido, sino al pulso interior que sigue sosteniendo la vida. Como en “Balcón al mar”, el amor se tiende sobre la espera:
tengo todo el tiempo para amarte
aunque el amor no sea más que alguna carta
a veces una espera.
Y cuando el amor se anuncia como en “Los amantes de Pompeya”, no lo hace desde la ternura, sino desde el ímpetu:
Cierra los ojos pronto amiga mía.
Es el amor que llega.
Esa irrupción tiene algo de presagio: el amor es una catástrofe necesaria, una ola que arrasa, pero purifica. Hay en el amor esa doble naturaleza: es tanto pausa como urgencia, tanto lo que ya fue como lo que sigue latiendo en la poesía. De este modo, amar —como escribir— es aprender a mirar el resplandor que deja el fuego, descubrir que en la fragilidad del gesto dulce también habita la fuerza de lo que decide permanecer: es comprender que la ternura sabe sostener el peso del mundo.
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Iris Morales (2005, Chiapas). Estudia Lengua y Literatura Hispanoamericanas en la Universidad Autónoma de Chiapas. Hablante de lengua zoque, ha participado en espacios de diálogo intercultural. En 2022 obtuvo el primer lugar de Ensayo Literario en el Concurso Estatal Jóvenes Escritores a nivel bachillerato.
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