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Urge una agenda de reconciliación nacional

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

En la que sería la última sesión de la Comisión Permanente, del Congreso de la Unión, en su primer año de ejercicio de la actual legislatura, fuimos testigos de las expresiones más crudas de la confrontación que vive nuestra clase política. Tanto en la provocación soberbia de un personaje que, fiel a su estilo, utilizó la Presidencia del Senado para manifestar su desprecio a sus adversarios, como de una oposición sin potencia, ignorada, aislada y en conflicto consigo misma. Nada, cabe aclararlo, reiterarlo hasta que no quepa duda, justifica lo que vimos. Pasar de las palabras a las bofetadas implica la renuncia a la razón para intentar la imposición de la fuerza. Es, en pocas, pero, creo, suficientes palabras, el fracaso total de la política. Esa profesión a la que los involucrados se dedican desde hace décadas. 

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Cuando en 1977 asumió la presidencia de los Estados Unidos, Jimmy Carter, sorprendió a su antecesor y reciente rival en la elección en la que resultó ganador, Gerald Ford, con un reconocimiento a su labor de reconciliación del país, a partir del controvertido perdón que este último había otorgado al acusado Richard Nixon, que se había convertido en el primer presidente de dicho país en renunciar al cargo. Desde entonces ambos, Carter y Ford, antiguos acérrimos rivales hasta el último minuto de la elección en la que participaron, se convirtieron en amigos cercanos, colaboraron en proyectos conjuntos, y, se eligieron mutuamente como oradores principales en sus funerales. Dado que Ford falleció mucho antes que Carter, en la ceremonia fúnebre de éste último, se dio lectura al mensaje que había dejado escrito su rival y amigo años antes, por parte de un nieto de Ford: “En cuanto a mí, Jimmy, espero con ansias nuestra reunión. Tenemos mucho de qué ponernos al día. Gracias, señor presidente. Bienvenido a casa, viejo amigo”.  He querido citar este ejemplo como uno que demuestra la posibilidad de la reconciliación de los polos antagónicos en política, sí cedemos a nuestro mutuo reconocimiento como legítimos participantes en la contienda por el poder, más allá de diferencias y juicios de valor, suponiendo que lo que significa el Estado y su función de servicio para todas las personas y sus derechos, van más allá de las diferencias que sus potenciales líderes puedan tener. Ello no implica, desde luego, una carta en blanco para la impunidad; por el contrario, acaso es la justicia, en un Estado de Derecho que se precie y demuestre serlo, la única herramienta válida para el descarte de actores políticos que han vulnerado la ley, en cualquiera de sus modalidades. Exigir justicia para toda persona, pero particularmente para quienes detentan o detentaron posiciones de poder e hicieron uso de éstas para su beneficio, no es radicalismo, por el contrario, es un punto de partida común para salvar a la democracia de razones para la polarización.

En ese orden de ideas, quiero hacer uso de lo que en su momento, el actual coordinador de los Diputados del Movimiento de Regeneración Nacional, manifestó, en su aspiración a la candidatura presidencial, en cuanto a la construcción de un plan de reconciliación nacional. Ricardo Monreal, expresó entonces que: “El clima político que vivimos da claras muestras de que no es posible seguir transitando por la vía de la confrontación. (…) es necesario recuperar la senda de la construcción de acuerdos y de consensos, y aplicar toda nuestra capacidad para conciliar posturas diversas, anteponiendo la prosperidad de la patria”.

En momentos en los que la Presidenta de la República reúne fuerzas para lidiar con la amenaza más seria en la historia reciente del país, tanto a nivel externo en voz del gobierno de Estados Unidos, encabezado por Donald Trump, como interno, frente a organizaciones criminales con un poder de competencia por la imposición de sus reglas frente al Estado en su conjunto, no me parece que debamos descartar el potencial que tiene la unidad nacional. Y por supuesto que esto abarca a todos los actores políticos, partiendo de una expresión de generosidad de la coalición mayoritaria, y de la capacidad de reinventarse en clave propositiva, democrática y autocrítica, de la oposición, que, exige un reconocimiento y trato digno, que tampoco parece estar dispuesta a conceder. 

Sirva pues el lamentable acontecimiento de confrontación violenta de la semana pasada en Xicoténcatl, como oportunidad para recuperar un llamado que, en estos renglones, ya tiene rato.

@CarlosETorres_

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