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viernes, 9 diciembre, 2022
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Jaime Alfonso Sandoval | Un pozo maldito que se alimenta de lágrimas

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Por: Mauricio Flores •

La Gualdra 520 / Libros / Op. Cit.

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Permítame contarle una historia de fantasmas.

J. A. S.

Una ciudad es el mundo.

Un vecindario también.

En la nueva novela de Jaime Alfonso Sandoval (1962), Tiempos canallas, mundo, ciudad y vecindario se funden y convierten en el escenario ideal para contarnos una historia de fantasmas, espectros, fulgores, despojos y viajes en el tiempo de la que lectores y lectoras saldrán (entrarán) de verdad satisfechos.

No en balde los años transcurridos en la carrera novelística de Sandoval.

Se recuerda aún El club de la salamandra, su primera entrega, a finales de los 90, con la que obtuvo un prestigioso reconocimiento, ya con muchas reediciones.

A la que le siguieron una treintena de títulos, sí, ¡una treintena!, donde una nueva mixtura, la de suspenso y letras para juventudes, lo señalan como una de las mejores ofertas literarias mexicanas de los años recientes.

Tanto que sus libros tienen varias traducciones y pueden leerse en diferentes regiones hispanoamericanas, sin limitarse a sí mismos con lenguajes localistas y arquetípicos.

El mejor ejemplo esta nueva Tiempos canallas que incorpora en su trama personajes mexicanos y españoles, poseedores de una específica forma de hablar, quienes convivirán en una nueva realidad, la oscura realidad contenida en el viejo Edificio Begur, de la Ciudad de México.

Pudiera ser una taxativa, literatura juvenil, dicho que quienes se acerquen a Tiempos canallas deberán ignorar. Ya que puestos a relacionar, la nueva novela de Sandoval es igualmente una de suspenso, de ciudad.

De esta gran ciudad, CDMX, le dicen ahora, antes conocida como DF, “nuevo país de espanto y maravilla”.

Urbe donde confluyen los vivos y los muertos que Sandoval se inventó para presentárnoslos en los meses posteriores a 1985.

Fecha, recordaremos todos y todas, signada por el terremoto de septiembre y ese caos generalizado que le siguió.

Cuenta Tiempos canallas que un muy joven Diego llega de Madrid a vivir al DF, luego de la prematura muerte de su madre, otra de las tantas víctimas de los excesos del llamado destape español. 

Diego habitará al lado de su padre, un temprano cuarentón galán de todas, una de las ruinosas, al tempo señoriales, viviendas de Edificio Begur, “barco que avanza a la muerte”.

Ahí conocerá a Requena y Conde, un gordito el primero, una poco femenina la segunda, con quienes también transeúntes del complicado tiempo en el que se deja atrás toda inocencia, experimentará una cuerda de verdaderos sucesos.

Siempre encriptados en los laberintos del Begur, “una chingada trampa, un pozo maldito que se alimenta de lágrimas”.

Ahí, en ese rancio edificio de la colonia Roma, “tremendamente bella a pesar de su aspecto herido por los terremotos”, los tres jóvenes descubrirán las diferentes caras de la realidad y el tiempo, tan abiertos a distintas posibilidades, confluyentes en esa otra verdad llamada literatura.

Que de tan convincente los lleva (nos lleva) a las dolorosas secuelas dejadas por la Guerra Civil Española, sus exiliados en México, y hasta la indeseada presencia de un nazi en plena huida, “uno de los seres más perversos y enfermos que han habitado esta ciudad”. 

En el recuerdo

Las imágenes se imponen (como en Las batallas en el desierto, de Pacheco, El desfile del amor, de Pitol, El vampiro de la colonia Roma, de Zapata, y algunas más). “Caminamos sobre la bonita y arbolada avenida Álvaro Obregón y luego por la calle de Orizaba, donde dimos con una heladería llamada La Bella Italia, decorada en rojo y blanco y parecía detenida en los años cincuenta”.

Vivos, muertos; realidades alternas; diferentes tiempos, todo en 25 cartas y un mensaje cuya destinataria es una desconocida Estimada A, estilo preciso que despliega Tiempos canallas, sin olvidar que “toda narración de horror requiere un escenario sugerente donde se irá montando la historia”.

En la misma Colonia Roma.

Toda narración de horror requiere de un escenario sugerente donde se irá montando la historia.

El secreto son las dosis.

Pasión: eso que nubla todo.

Algo increíble que tiene el ser humano: la necesidad de creer. 

Las paradojas sirven para eso, para mostrar que, cuando el destino está marcado, es inevitable.

El adversario tradicional de los relatos de terror se caracteriza por no dejarse ver del todo. Normalmente se oculta bajo otras formas menores y varias máscaras. Hay que ir desmontando cada una hasta llegar el verdadero y aterrador núcleo.

En el fondo todas las historias de origen son historias de fantasmas, de gente que se ha ido, aunque no del todo, nosotros somos su legado.

 Siempre un relato de horror en el fondo, es solo una lucha territorial. Se pelea por un espacio, por un cuerpo, por un alma.

Hay un fenómeno óptico en el que el cerebro encuentra patrones familiares, principalmente rostros. Se dice que esto (la pareidolia) es totalmente explicable, pero también se dice que al abrir la percepción se pueden vislumbrar ciertas cosas que están ahí, en espera de quien las quiera ver. 

Retroparadoja: intentar que alguien del pasado nos cambie el futuro.

Una iglesia es el ejemplo perfecto de una construcción hermética.

Los vivos somos el fulgor de nuestros ancestros. Somos el fruto que viene después de los tiempos duros. 

***

Jaime Alfonso Sandoval, Tiempos canallas, Gran Travesía, México, 2022, 560 pp.

* @mauflos

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la-gualdra-520

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