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Harta producción, mucha chinga y puras pérdidas. (Crisis e indignación en el campo sombreretense)

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Por: Víctor Manuel Fernández Andrade •

“Cómo lo voy a vender así si gasté un chingo, prefiero que se pudra”

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-Agricultor de la comunidad de Alfredo V. Bonfil

Los frutos de la tierra son producto de la tozudez de hombres y mujeres con pieles quemadas al sol y manos callosas de tanto trabajar para reproducir la vida. Permanece en el campo zacatecano quien tiene valor para soportar el frío, el cansancio, las hambreadas, la sed y otras adversidades que son el pan de cada día para los del sombrero, el tractor y el arado; cuento son los relatos idílicos de la vida rural, porque bajo este cielo cruel es campesino el que tiene una convicción indómita y un amor a toda prueba por el suelo que lo vio nacer.

En Sombrerete está la zona productora de frijol más importante de México, aquel entorno tiene rasgos que lo hacen especial. El verdor de sus campos de cultivo, un cielo tan azul como jamás se haya visto y el aire pulcro, son incomparables; el carácter festivo, la hospitalidad, la alegría, la cohesión comunitaria y la tenacidad, son rasgos identitarios del campesinado de por allá.

En la región frijolera de Zacatecas el ajetreo empieza a muy temprana hora la mayor parte de los días del año. En tiempo de cosecha desde las cuatro de la mañana inicia la fila interminable de tractores rumbo a los terrenos de cultivo para “aflojar” las plantas. Alrededor de las siete, los trabajadores están frente al surco para iniciar una jornada que dura entre cuatro y cinco horas; tras un breve descanso, son muchos quienes vuelven a las parcelas a “tardear”. La vida cotidiana de las gentes discurre en extenuantes jornadas de actividad que se asumen sin lamentos, con el orgullo de los que hacen lo que saben y les gusta hacer.

No es distinto el trajín el resto de las temporadas del año. Para que la tierra produzca hay que seleccionar y limpiar la semilla, reparar maquinaria, ajustar implementos, voltear la tierra, despedrar, rastrear, emparejar, sembrar, cultivar, deshierbar, cortar y trillar; para los productores rurales zacatecanos no existen vacaciones, siempre hay tareas por realizar, ellos las hacen bien y de muy buena gana.

Deberíamos saber que en cualquier actividad humana las cosas bien hechas requieren conocimiento, habilidad técnica, compromiso y respeto por la tarea misma. Los agricultores sombreretenses son perfeccionistas. Los surcos de sus parcelas son tan rectos y simétricos que parecen trazados por ingenieros; la profusión de las plantas da cuenta de la excelencia con que realizan los cultivos, aplican la cantidad adecuada de abono, controlan plagas y eliminan malezas.

A lo largo del tiempo los campesinos de Sombrerete han sido capaces de sobrellevar los avatares de la vida con el esfuerzo de sus manos y el sudor de sus frentes. Mantenerse como agentes productivos no les ha resultado fácil, las mentiras, los abusos del poder, las manipulaciones, la dinámica del mercado internacional de granos, las leyes de la oferta y la demanda junto a las políticas equivocadas los ha colocado en la adversidad muchas veces, pero su empeño les ha permitido subsistir, incluso mejorar sus condiciones de vida y trabajo. No los doblegaron fenómenos meteorológicos como la sequía de 1957, las heladas de 1989, las lluvias torrenciales del 2005, tampoco los echaron atrás las políticas de abandono impuestas por el salinismo.

Pero este ciclo agrícola ha sido paradójico para los frijoleros: pese a las cifras récord de productividad, la miseria cabalga por sus llanadas. Los candados impuestos por el T-MEC, los intereses del coyotaje, la ineptitud de las burocracias y el insuficiente esquema del Programa de Precios de Garantía a Productos Alimentarios Básicos operado por la SADER a través de SEGALMEX los mantienen postrados.

El programa fue concebido como un instrumento gubernamental para incidir en favor de los productores en el marco de un mercado oligocéntrico de las leguminosas. SEGALMEX estableció para este año un precio de 27 pesos por kilo frijol, una cantidad que garantiza la recuperación de los costos de producción y genera condiciones para realizar la siembra del ciclo próximo.

Sin embargo, para ser beneficiarios, los agricultores deben cumplir una serie de requisitos a veces insalvables. La cosecha se recibe en los centros de acopio bajo la condición de que sus dueños estén incluidos en el padrón de productores gestionado por SADER, verificado lo anterior, tienen que mostrar certificados, títulos o contratos de aparecería para probar que se dedican a la siembra. Cubiertas las anteriores exigencias deben comprar costales para aquintalar el grano y atender un buen número de normas de calidad: eliminar impurezas, humedad, mezclas de variedades y semillas manchadas o sin color. Gran cantidad de productores quedan fuera del programa y a merced de los que controlan la comercialización.

En Zacatecas el Gobierno Federal tiene programada la apertura de 54 centros de acopio, a dos meses de iniciada la cosecha solo funcionan 16 y trabajan con más lentitud que una tortuga artrósica, en varios de ellos es visible la influencia del coyotaje. Pero la burocratización no es causa única de la insuficiencia del Programa de Precios de Garantía, los límites a la superficie y al tonelaje dejan sin atender los requerimientos de los campesinos. Es evidente que el esquema fue establecido desconociendo las necesidades y condiciones de los agricultores sombreretenses, por esta razón este año podrán entregar en los centros de acopio solo la cuarta parte de la producción total, el resto, tendrán que venderlo a 7000 pesos, como ahora lo están haciendo obligados por la necesidad.

Para cultivar una hectárea de frijol en el noroeste de Zacatecas se invierten más de cinco mil quinientos pesos en semilla, fertilizantes, herbicidas, plaguicidas y maniobras desde el barbecho a la trilla. Las refacciones, el desgaste de maquinaria y el trabajo familiar incrementan el costo y lo ubican por encima de diez mil pesos. Con un rendimiento de media tonelada por hectárea el escenario es devastador para quienes se ven obligados a comercializar su frijol a siete pesos por kilo, así solo recuperan la tercera parte de la inversión, con justa razón reclaman: “¿Cómo lo voy a vender así si gasté un chingo?”.

Las mejores decisiones en el ámbito de la administración de lo público no son las que se toman desde los escritorios sino desde el conocimiento de la realidad y las personas. En las condiciones actuales para sostenerse como agentes productivos los agricultores zacatecanos necesitan sembrar más de 30 hectáreas y producir más de 15 toneladas de frijol por ciclo agrícola, por eso las normas establecidas por SEGALMEX requieren replantearse con urgencia.

Si los agricultores somberetenses no recuperan sus gastos tendrán que dejar de sembrar, las consecuencias de esa decisión saltan a la vista. Habrá todavía más pobreza, más emigración, más descomposición social, más delincuencia y retroceso general de las condiciones de existencia de la población campesina. Son aberrantes las afirmaciones que sostienen que “si a los agricultores no les conviene, que ya no siembren”, son tan aberrantes como la indiferencia, la pereza e incapacidad de funcionarios y políticos.

Lo peor de este drama es la inminente pérdida de conocimientos socialmente valiosos. Si los campesinos dejan de sembrar se extinguirá el cúmulo de saberes construidos a lo largo de la historia del trabajo agrícola, tal pérdida cultural no puede permitirse bajo ninguna circunstancia, junto a ella se irían por la borda nuestra identidad y nuestra soberanía alimentaria.

Basta de engañar y negar derechos a los campesinos. Es hora de comprender su justa indignación, es tiempo de sentarse junto con ellos para diseñar políticas acordes con sus necesidades y congruentes con los principios subyacentes en las leyes de esta república. Solo así puede construirse una política agropecuaria de corte humanista y coherente con el desarrollo de las comunidades agrícolas sombreretenses.

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