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jueves, 8 diciembre, 2022
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El izquierdismo patito del compañero Mancera

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Por: QUITO DEL REAL • admin-zenda •

El son del corazón

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Revolución/ revolución/ cuántas contrarrevoluciones

se cometen en tu nombre.

Nicanor Parra

Bajo el ingenio de la adulación, el Duce se sentía confortado. La camarilla de sus afines no ahorraba frases, rescatadas acuciosamente de vaya usted a saber qué compilación de gemas de la literatura del Cincuecento, para dar realce a la simpatía, el carisma y la sensibilidad política del dictador.

Seducido por una embriaguez retórica obstinada, advertía que las masas, sus masas, eran el espejo donde la propia imagen se sobreponía a su pequeñez física. No le disgustaba agrandarse en tamaño colosal y aparecer agresivo y gesticulante en la radio, los diarios, en afiches y la propaganda oficial.

Él no aspiraba a ser sólo el primer ministro, ni quería ser nomás dictador. Quería serlo todo. Sin esconder en su engañoso atuendo las llagas de su clase, expropió la opinión pública, secó las fuentes de la tradición militante italiana, y embarcó a la nación en una aventura guerrera y colonialista sin observar en ello un déficit político, ni ofreció una reverencia de respeto en honor de su pueblo.

 

Una pandilla rica en ocurrencias

Ese pasado, machaconamente presente, parece ser recuperado por Miguel Ángel Mancera y sus docenas de obsequiosos lisonjeros, sacudidos por las ráfagas voluntariosas de un nuevo tipo de megalomanía.

Frente a Mancera, no existe idea alternativa que valga. La severa conducción del doctor se hace valer a la hora de afirmar quién lleva la mano en las decisiones. Ciertamente, su prosa es imperfecta y desaliñada la construcción de sus ideas. Peccata minuta, en la dispersión o deconstrucción de sus frases, siempre en riesgo de caer en el ridículo, él encuentra pretexto para explicar las cosas varias veces más.

Si sus colaboradores más cercanos, que entienden que en una secta se exige sumisión incondicional a los ideales de su líder, no advirtieron la intención parabólica de las frases visionarias de su jefe y su colaboración se transformó en un motivo de enfado, pueden ser removidos a otra secretaría, al segundo nivel de  funcionarios, o ser desclasados como operadores ordinarios de un programa.

Para informarse y enseñar el garrote, el doctor Mancera tiene como plus de su inteligencia institucional a una versión puesta al día del tenebroso memorial de Fernando Gutiérrez Barrios. Me refiero, por supuesto, a la influencia de Héctor Serrano Cortés, dirigente perredista de la corriente Nueva Vanguardia, curiosa mixtura de policía político, grillo habilidoso y manipulador de voluntades, siempre dispuesto a reorientar por las buenas o las malas a algún compañerito equivocado.

Ahí el esmero por no perder el empleo y la posición, es superior al deseo de proponer otras ideas. Los máximos funcionarios de la CdMX sólo viven para trenzar la glosa de su jefe, para enmendar los pasos dubitativos del pequeño dictador y para mantener económicamente aceitada la maquinaria de propaganda a partir de una enorme fuente de financiamiento, cuyos tentáculos parecen provenir de instancias secretas, cuya identificación está vedada a los profanos.

Una campaña con los mismos en un país enorme de desgracias

La apariencia aséptica de Miguel Mancera es necesaria; debe mantener cierta seriedad como ingrediente básico de la propaganda tóxica con que atrae a la ciudadanía capitalina.

En la gran fábrica de talentos improvisados que hoy exhibe la economía mexicana neoliberal, no puede impedirse la producción acelerada de cuadros políticos con aura de presidenciables. Pero la globalización suele aplicar bromas pesadas a los que caminan sin red en la caza de oportunidades, pues al observarlos como productos desechables, los obliga a una sobreexposición y los empuja a trampas políticas sin regreso.

Los mariscales de la construcción de mayor poder en México aplauden con entusiasmo a favor del doctor Mancera y esperan de él un escenario de grandes oportunidades, donde este país se convertiría en meca de la construcción y terreno para los negocios pletóricos de ganancias, capaz de experimentar con nuevas ideas arquitectónicas y otras miradas urbanísticas de corte clasista.

La idea de Mancera tiene límites. Al arrastrar muchos pasivos, donde fue ignorada la opinión de los vecinos desalojados o despojados, para abrir espacio a las obras faraónicas y a los grandes desarrollos para la clase media acomodada y la gente pudiente, ha decidido impulsar su nominación con el solo recurso de la autoestima, con la compañía de sus carísimos brazos de financiamiento y propaganda, y el griterío mediocre de sus incondicionales.

Se autodenomina futuro candidato ciudadano, teóricamente impulsado por un PRD en eterna caída y la chiquillada de partidos de centro-izquierda; su sostén político provendrá de un conglomerado incapaz de crear nuevos horizontes, pero que vive con fascinación su visita repetida a las arcas estatales.

¿Y las ideas personales de Mancera? No hay. La de él es una personalidad reacia a explicar su ideario, porque no tiene. ¿Y sus compañeros de viaje? Serán los mismos, con todo y sus tesis marchitas; no hay un sano reciclamiento de militantes en los partidos de esta izquierda denominada moderna, envejecida antes de ponerse a prueba.

¿A dónde va el Duce capitalino? A vivir con intensidad su sueño, enfermo de megalomanía. ¿Con qué armas políticas? ¿Cree poder  realizar profunda mella en la república, con el anzuelo del salario mínimo y el programa Médico en tu casa?

El asunto es serio: su fundamento programático no se construye con la aceptación de la gente, porque pocos lo conocen. Las altas encuestas que hablan de él, de ser favorables al inicio ahora se comentan con recelo; su imagen experimenta un rápido desgaste.

Mancera se embarcará en un diálogo sectario, sostenido en un enorme y costoso aparato de propaganda. Es decir, el Duce del zócalo chocará estruendosamente, limitado entre su megalomanía, la nociva influencia febril de los dirigentes del PRD y la conciencia golpeada e irrecuperable de la sociedad nacional.■

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