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lunes, 6 diciembre, 2021

Nuestra crisis de civilización

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

En el primer capítulo, titulado El contexto: un escenario complejo, de su extraordinario libro, La guerra improvisada. Los años de Calderón y sus consecuencias, de los investigadores Guadalupe Correa-Cabrera y Tony Payan, utilizan la expresión, originalmente utilizada por el Wall Street Journal para referirse a la etapa de violencia aberrante por la que pasa nuestro país como “crisis de civilización en México”. Creo que es el término más completo y cercano a una definición de la situación por la que atravesamos desde hace años en nuestro territorio. No se trata solo de la confrontación armada entre organizaciones criminales, ni de violencia potenciada por las armas e instrumentos al alcance de quiénes están en guerra: se trata de un conjunto de valores trasgredidos, instituciones ignoradas, derechos violados, impunidad generalizada, terror en las calles, indiferencia como respuesta a la constante de actos, hace un par de décadas, inimaginables, aún en los más exagerados guiones de películas de horror. No es solo pues lo concerniente a los hechos de una guerra que no se reconoce como tal, pero que todos nombramos, sino el retroceso institucional, social, moral, en términos generales, civilizatorio, lo que lamentaremos irremediablemente por décadas, o siglos incluso en esta latitud de occidente.

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Pero en el mismo contexto, la descripción no basta, pues de ésta tenemos todos los días una dosis que, protegidos por nuestra indiferencia, aún cada cuanto, nos hace volver la mirada, sentir el estómago revuelto y nuestra mente inquieta por ansiedad, preocupación y resignación. No es solo guardando testimonio como iniciaremos el trayecto que nos saque de este profundo infierno. Las instituciones se encuentran rebasadas, pero sí de por sí ya lo estaban. Nuestra sociedad atemorizada, y apenas comenzaba a asomar cabeza en materia de participación, cultura organizacional, democrática. No debemos resignarnos a perder lo logrado. No se requieren actos de heroísmo, sino meramente cívicos. Quiénes estamos en posibilidades (porque nunca hay que olvidar la pobreza de tiempo que sufren la inmensidad de mexicanas y mexicanos) de analizar, proponer e incidir, tenemos ya la obligación de hacerlo. Mirar hacia otro lado nos llevará a chocar contra el muro de una realidad, de la cuál todos nos esforzamos por huir, pero que es inevitable.

Sumar los esfuerzos locales a organizaciones como Impunidad Cero, o concitar al análisis, debate y uso de datos que se logran a través de los reportes anuales del World Justice Project sobre el Estado de Derecho en México, y más concretamente en nuestra entidad, nos puede redituar en horizontes, brújulas para encontrar, no ahora ni mañana, pero algún día, la salida que nos urge ya. Concitar al análisis de otras instituciones que forman parte de nuestro entramado institucional en materia de rendición de cuentas, como lo es el Sistema Estatal Anticorrupción, pero también de las que son responsables de la impartición de justicia, en la pretensión de su modernización, mejora, apertura y profesionalización, nos permitirá ir poniendo ladrillos en el lugar correcto, para, abusando de la analogía, construir la escalera rumbo a esa puerta de salida que todos ansiamos. No es una tarea que el Estado y su burocracia podrán consolidar sin la presión, el activismo y la participación de su ciudadanía. Inercias, intereses, pugnas, personalidades y otras tantas variables del poder, no nos permitirán la prisa que tenemos. Para recuperar las décadas (quizá siglos) de civilización que hemos perdido, podemos comenzar por donde íbamos: una democracia que, a través de una sociedad participativa, se involucre y empuje. Lo que resiste apoya, diría el ya clásico Don Jesús Reyes Heroles.

 

@CarlosETorres_

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