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miércoles, 25 mayo, 2022
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Ni pacifistas ni guerreros, ni machistas ni antimachistas, ni inflamatorios ni antiinflamatorios (primera parte)

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Por: Juan Carlos Monedero •

En una ocasión, un Ministro de Educación Universitaria de un país con playa me dijo que por qué no me dedicaba a cosas abstractas y teóricas y dejaba de opinar sobre lo que estaba pasando. Tendría así la enorme recompensa de molestar menos, arriesgar menos y gustar más. Le dije que si quitaba todos los espejos de la ciudad se lo compraba, porque en encontrándome espejos el reflejo se me hacía arduo. Aquel Ministro era de derechas pero él no lo sabía. Era el poder y lo ejercía mal.

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La animadversión contra la izquierda por parte del establishment y sus voceros no tiene que ver con ninguna otra cosa que con la certeza de que la redistribución del poder político desemboca en una redistribución del poder económico. Cuando eres pequeñito animadversas por tu beneficio. Cuando eres un poco más avispado, por tu clase. La nación es la mentira que armaron cuando lo de Dios ya no funcionaba. Por esa certeza de que les dejas entrar en el Parlamento, luego opinan sobre el Tribunal Constitucional y terminan reinventando un estado social ecológico, tardó tanto el sufragio, fue tan difícil el acceso popular a los medios y ha sido una constante el control democrático del ejército, de la iglesia y del conocimiento. Las desigualdades aguantan menos sin un relato que la sostenga y nadie cede un privilegio si no se le fuerza a que afloje.

Andan esta semana discutiendo entre periodistas por causa del director del digital Ok Diario. Quizá se esté distrayendo el asunto. Nadie se extraña de que huela a mierda en un vertedero. Lo que extraña es que huela a mierda en una aséptica clínica, en un comedor inmaculado o en una santa y pura sacristía.

En el caso de Inda nada extraña prácticamente de lo que haga: el comportamiento con sus subordinados, que haya sido condenado por mentir y obligado a rectificar bulos, su trato de favor a los generosos, que no le pagase la pensión alimenticia a sus hijos, que le retuvieran el sueldo (el abandono de familia es un delito de violencia económica y en Baleares se considera un delito de maltrato) y tampoco que le haya financiado el PP de Rajoy, el de Ayuso y el de Pablo Casado (hay que reconocer que su valor tiene sacarles la pasta a tres del mismo sitio jugando con sus rencillas).

Lo que extraña del auge de un periodismo nacido desde, por y para las cloacas es el envoltorio que le da La Sexta y, en concreto, Antonio Ferreras, que incluso estuvo en el lanzamiento de Ok Diario. Señal clara de que Ferreras sabía desde el primero momento de qué se trataba. La Sexta es Antena 3, que es el Grupo Planeta, que ha publicado también a Bono y a Revilla, que también van a la Sexta día sí y día también. Si estos grupos económicos se meten en los asuntos de Succession en el Partido Popular ¿no van a interferir cada día en sus informaciones y desinformaciones? Cuando se habla de gente que vota todos los días, las empresas de medios de comunicación son las que meten el voto en la urna.

Por eso, y como ya hemos contado alguna vez, en España, a diferencia de lo que ha ocurrido en Europa, el cierre mediático no se ha hecho al fascismo sino que se ha hecho al antifascismo. En un país con tanto demediación intelectual –demediar es una forma de pensar en chiquito que llega incluso a la dirección de los abogados madrileños- las limitaciones alcanzan a esas argumentaciones que buscan el justo medio y dicen que no son ni machistas ni feministas, ni fascistas ni antifascistas, ni virus ni antivirus ni inflamatorios ni antiinflamatorios.

España se ha enseñado mal y se ha aprendido mal (por eso no entiende tanta gente que Catalunya es una nación y les parecen una cuerda de gente que quiere joder porque tienen lengua, costumbres, referentes simbólicos y maneras de hacer propias) y en ese quehacer de usar la cabeza para embestir en vez de para pensar, los aparatos ideológicos llevan haciendo su agosto desde Fernando VII.

En pleno siglo XXI y con el auge de formas actualizadas y variadas de fascismo, el acoso en los medios se hace a la izquierda. No a toda, sino a la que está en contra de las guerras, a la que no es amable con el sistema, a la que cuestiona la monarquía, especialmente cuando no rinde cuentas, a la que señala a la derecha que ha robado, roba y robará, a la que critica a los que defienden la violencia y la exclusión que produce el sistema, a los que privatizan la sanidad y la educación,  todo esto al tiempo que se normaliza y blanquea a los que reivindican la dictadura de Franco, a los que ponen nombres a calles que reivindican el asesinato de 5.000 andaluces que huían de Málaga a Almería intentando escapar de la represión o a los que reconocen como suyos a generales asesinos. Que son los mismos que dicen de los que quieren fusilar a 26 millones de españoles que son su gente. En el mismo Madrid en donde un diestro -porque zurdo no era-, toreó con una chaquetilla de grana y oro con los botones con la cara de Franco. Normalidad democrática.

No es fácil hacer política cuando la carga de información es tan desmesurada y tan contradictoria. Vox, el PP, Ciudadanos y el PSOE votaron en Europa contra una propuesta de la izquierda para liberar las patentes de las vacunas. Cuando la propuso Unidas Podemos en España, dijeron que era comunismo. Ahora que Joe Biden ha hecho la misma propuesta, dicen que es una gran idea. Y algo parecido ocurre con los tambores de guerra en Ucrania.

¿De dónde sacamos nuestras ideas sobre la política? Pues sobre todo de los medios de comunicación. No es que ellos tengan la culpa de todo: es que son en democracia el canal para construir la voluntad popular. Si el canal está averiado, el resultado final salido de las urnas por supuesto que es soberano y por supuesto que la decisión que emana de las elecciones es la que autoriza a gobernar. Pero el procedimiento está averiado. Porque la voluntad de construir la igualdad se ha desvanecido. No durará mucho, pero venimos de una derrota.

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