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sábado, 13 julio, 2024
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Ayotzinapa y la caída del Estado

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Por: ÁLVARO GARCÍA HERNÁNDEZ •

  • Futuro Sostenible

Conscientemente he evadido en entregas anteriores el tema de los estudiantes normalistas desaparecidos en Ayotzinapa, Guerrero, la razón es que me cuesta trabajo ocultar mi desprecio hacia la complicidad, opacidad y el tortuguismo de algunas autoridades estatales; es increíble como nuestros hijos e hijas pueden desaparecer de esta faz terrenal por el simple hecho de manifestar sus ideas y oponerse al yugo omnipotente del gobierno que nos tiene sumidos en la miseria, la pobreza y el temor. A parte de jodidos, bien calladitos y bien portaditos parece ser el mensaje que nos envían con este tipo de actos sin nombre que tocan las fibras más sentidas de nuestra humanidad. He visto a los muchachos oponerse, dictar consignas y salir a las calles a exigir justicia desde aquí, y hasta Guerrero.

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Afortunadamente para los autores intelectuales y materiales de la aberración cometida, todavía hoy, los muchachos salen a mentarles la madre y a poner consignas en las calles y escuelas, pero hasta donde su cordura, tolerancia y domesticación alcanzará antes de que tomen otras medidas; imaginemos que de pronto sale un líder, de esos que no son resultado de la estrategia de mercado y hace una convocatoria nacional pero ya no para hacer marchas y escribir pasquines estilo 68 sino para abrirse paso al siguiente nivel de la inconformidad: la insurrección.

El estado mexicano y su opulente clase política debieran estar muy preocupados ante el hartazgo ciudadano que ya es más que latente, porque me da la impresión de que la caja negra ya no es suficiente para idiotizarnos ante tanto agravio; no me queda la menor duda de que ya ni la institución clerical es suficiente para apagar el fuego de la injusticia que genera grandes incendios que se quieren apagar con orines y sangre. La clase en el poder debe emprender una nueva forma de relacionarse con los ciudadanos y responder con hechos, ante las demandas de justicia y paz social.

El gobierno de los tres niveles y del color que sea —porque al final todos resultan destintados— deben rediseñar la edificación de las estructuras estatales y sus instituciones, la tolerancia ante la impunidad, la corrupción y la injusticia no da para más, por lo que la caída del estado es cada vez más latente y eso, no nos conviene a nadie. Como sociedad organizada hemos cedido un poder inconmensurable a los órganos estatales, con el fin de vivir en armonía colectiva y hacer posible una convivencia civilizada, de esta manera los mexicanos hemos otorgado al Poder Ejecutivo, un ramillete de posibilidades jurídicas y políticas para garantizar al pueblo el respeto irrestricto de sus derechos humanos, cuyo fundamento se encuadra en el Capítulo I de la Constitución Política Federal.

En nuestra realidad, tales preceptos quiméricos son aspiraciones vanas que se muestran en la pasarela de la simulación nacional, de tal suerte, un estado que no es capaz de asegurar a sus integrantes la paz y la seguridad, está en grave riesgo de desaparecer. El pueblo ya no puede soportar tanto despojo de bienes y derechos, no es posible ya, que existan tantos eventos de sangre que colapsan la lánguida confianza que tenemos en las instituciones; hemos heredado a nuestra juventud, escenarios tan lamentables en los que sus sueños y aspiraciones de un mundo mejor, terminan con las ráfagas.

Resolvamos los temas que nos han quedado a deber y que se han quedado como reglones torcidos en la agenda nacional, ahora que todavía hay posibilidad de diálogo; no despreciemos los gritos de los jóvenes y generemos las condiciones idóneas para que no se desborden sus impulsos, no vaya tocando la suerte de que entre ellos, se encuentre un nuevo idealista como Zapata con los cojones de Villa, la astucia de Hidalgo y el amor por la patria como Morelos. Finalmente me dirijo a las gentes del poder para recordarles que todo tiene un término, tal como señalaba Thomas Hobbes, cualquiera cosa que imaginemos es finita, por consiguiente, no hay idea o concepción de ninguna clase que podamos llamar infinita. Ningún hombre puede tener en su mente una imagen de cosas infinitas ni concebir la infinita sabiduría, el tiempo infinito, la fuerza infinita o el poder infinito; en consecuencia, también el estado es finito y de nosotros depende precipitar o aletargar su caída. ■

 

*Representante de Zacatecas ante el

Consejo Consultivo Nacional de Medio Ambiente de la Semarnat

[email protected]

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