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Lo que no se nombra resiste

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Por: José Manuel Palma Márquez •

Se dice que lo que no se nombra no existe. De algún modo la premisa tiene sentido al referir que aquello que no está presente en el discurso público tiene nula aparición en las acciones sustantivas que devienen de lo político. Pero la afirmación es incorrecta. Lo que no se nombra sólo se ignora, aunque existe. Siempre está. Siempre vive. La diversidad sexogenérica es, está y persiste. No como una resistencia contraria a lo que algunas personas, doctrinas o instituciones argumentan. Es, está y persiste dado que es una condición propia de la humanidad. Le pese a quien le pese.

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El trayecto histórico de esta diversidad se ha visto involucrado por una serie de violencias, así en plural, que han orillado a crímenes humanos tan naturalizados como aberrantes. Por eso la aseveración de lo que no se nombra no existe ha dejado de servir para hacer conciencia porque demarca un borrado histórico en sí misma.

En el tenor de mis palabras iniciales no puedo ignorar la valerosa arenga emitida por la presidenta de México en su pasado primer grito de independencia. Con todo y las deudas hacia las víctimas de feminicidio, los despojos a madres buscadoras, las periodistas atacadas y las injusticias sociales y sistémicas a las mujeres de nuestro país, el grito presidencial demarca el rumbo de los actos que nos guiarán en el porvenir más inmediato. Es urgente que el discurso no sea sólo eso y sí o sí estemos ante un tiempo de mujeres, ante uno feminista y de equidad. Lo que no se nombra resiste.

En el plano de la diversidad sexogenérica en México, repleta de mujeres, hombres y personas que han trascendido el constructo binario, siempre hemos habitado el plano de la resistencia. Ya no decir la mención a esa idea soberbia y rebasada de la patria. Porque en tal visión patriota no conviven las disidencias del sexo y del género. Las figuras heroicas han sido tamizadas de modo que su proceder, actuar y devenir en el sentir(se) mexicano sea bajo un molde complejo de tan irreal como pedagógico.

La nación no se enseña igual a todos los cuerpos. Como señala Mosiváis, la identidad nacional varía según las clases, pero también —y profundamente— según los sexos. A los hombres se les ha mostrado una patria heroica, viril, conquistadora; a las mujeres, una nación que exige abnegación, entrega, sacrificio, pasividad. La práctica de México ha consistido en adherir las virtudes públicas y privadas de las mujeres a las exigencias de sus hombres o de sus “padres espirituales”. La ciudad y la nación de las mujeres han sido siempre vistas desde el segundo o tercer plano, y lo urbano, para ellas, tiene connotaciones de represión y violencia aún mayores. Si esto ocurre con los cuerpos feminizados dentro del binario, ¿qué queda para los cuerpos que lo desbordan? ¿Qué patria se nos enseña a quienes no cabemos en sus moldes? ¿Qué ciudad se nos permite habitar cuando nuestra existencia incomoda al relato nacional?

Por eso celebro el trabajo de la colectiva Sangre de Tuna. El pasado 20 de septiembre convocaron a los cuerpos de las disidencias de sexo y género para entablar diálogos sobre el lugar que ocupamos dentro de un sistema que se sostiene patriota y patriarcal. Hoy encabezado por una matriarca -¿acaso también con gestos de patriarca?-, sus raíces permanecen sólidas y asfixiantes para lo adverso a la heteronorma. En esa idea de que lo que no se nombra resiste, Sangre de Tuna nombró desde la memoria los cuerpos que también habitan el territorio mexicano, aunque sean borrados de la arenga oficial.

Frente a la patria, que arrastra genealogías de virilidad, jerarquía y conquista, emerge la matria. Luis González y González la describía como “el mundo pequeño, débil, femenino, sentimental de la madre […] es decir, la familia, el terruño”. Ese mundo, relegado y minimizado, el de la microhistoria, es donde se sostienen los actos cotidianos, los cuerpos y las memorias que también construyen a México. Desde ahí, y en una revisita al concepto, la ternura radical se convierte en resistencia frente a las violencias. Castoriadis advertía que los mitos y las imágenes no son reflejos de la realidad: la constituyen. Y Chartier añadía que los símbolos no sólo representan sentido, lo enseñan. En la historia se moldea, una y otra vez, la manera de pertenecer.

¿Qué símbolos necesitamos para construir una nación que no borre? ¿Una cartografía visual que reconozca cicatrices y memorias subterráneas? ¿Un ritual colectivo que celebre la ternura militante de las disidencias? La respuesta está en levantar, desde la matria, emblemas que enseñen a existir en plural, a imaginar lo común sin suprimir lo distinto y a entender que la patria sólo es patria cuando cabe en todos los cuerpos.

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