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■ Fue un agudo crítico social, un educador generoso y un promotor cultural incansable

José de Jesús Sampedro, la poesía como legado

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Por: Jaqueline Lares Chávez •

Zacatecas ha perdido a uno de sus creadores más discretos y luminosos. José de Jesús Sampedro (1950–2025), poeta, editor, promotor cultural, maestro y lector voraz, partió sin estruendos, fiel a su estilo: sin buscar reflectores, sin pedir homenajes, dejando atrás una estela de obra, amistad y sabiduría compartida. Fue, como lo describen quienes lo conocieron, “un enamorado irredento de la Benemérita Universidad Autónoma de Zacatecas” y un sembrador de letras en los márgenes del ruido. La suya fue una vida de palabras hondas, de silencios fértiles, de convicciones fuertes y presencia generosa.

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“Una característica de José de Jesús Sampedro fue siempre la sencillez. Es algo que no perdió nunca”, expresó el académico Juan Francisco Valerio Quintero, quien lo conoció desde sus años como estudiante en la Escuela de Economía de la BUAZ. “Una sencillez incluso, en ocasiones, rayaba en la despersonalización, porque no era de ninguna manera (ni siquiera condescendiente), ya no digamos amigo, del relumbrón, del homenaje, del oropel”.

Economista de formación, pero poeta desde mucho antes de serlo públicamente, Sampedro caminaba los pasillos universitarios con la discreción de quien no necesitaba ser visto para transformar. Según Valerio, escribía en silencio, sin alardes, hasta que el profesor Noé Beltrán leyó sus poemas y pronunció con claridad: “Valerio, este muchacho es un chingón”. No se equivocaba. Aquella voz tímida y firme se volvería una referencia en el ámbito literario mexicano.

En 1975, con apenas 25 años, ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes con su libro Un (ejemplo) salto de gato pinto, título que encierra, como todo su estilo, una interrogante, una imagen aparentemente cotidiana que en su mirada se volvía enigma. “¿Qué diferencia hay entre el salto de un gato pinto y uno de otro color?”, se preguntó Valerio. “Sampedro sabía perfectamente de lo que hablaba, y seguramente alguna de sus mascotas está detrás de ese título”.

Pero Sampedro no fue sólo poeta. Fue un agudo crítico social, un educador generoso y un promotor cultural incansable. Desde las aulas de la preparatoria universitaria, impulsó cambios en los planes de estudio en materia de lenguaje y literatura, asesoró a profesores, guió a estudiantes y ejerció la pedagogía del afecto. “Fue maestro, pero no pretendió nunca imponerle nada a nadie”, recordó Valerio. “Estoy seguro de que muchos de los que pasaron por sus aulas deben recordarlo con profunda gratitud”.

La dimensión editorial de su legado es igualmente trascendental. Fundador de la revista Dos Filos, la sostuvo por décadas gracias al esfuerzo colectivo y los aportes voluntarios de académicos comprometidos. La publicación, de altísima calidad, dio espacio a voces locales, nacionales e internacionales. También creó el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde y el Festival Internacional de Poesía que lleva el mismo nombre. Estos eventos pusieron a Zacatecas en el mapa literario internacional. “Ese festival acabó prácticamente arrojado al caño por las autoridades universitarias”, lamentó Valerio, “y, sin embargo, fue un escaparate para que se expresaran multitud de poetas durante muchos años”.

Incluso recordó que, gracias a la iniciativa de Sampedro, comenzaron a celebrarse conferencias literarias cada jueves en el Auditorio Miguel de Cervantes Saavedra. Con el apoyo de Andrea Revueltas y Alejandro Aura, se invitó a reconocidos escritores nacionales, lo que impulsó un pensamiento renovador entre los estudiantes de la joven BUAZ.

Jánea Estrada Lazarín, directora del suplemento cultural La Gualdra, también rindió homenaje a su figura. “Sampedro ha sido escuela para muchos de quienes nos dedicamos a la gestión cultural y a la difusión de la literatura”, afirmó con claridad, reconociendo el impacto que tuvo su generosidad y enseñanzas en varias generaciones de promotores culturales y escritores.

Estrada resaltó que su labor como poeta, editor y maestro fue fundamental para que “Zacatecas figurara de manera destacada en la escena de la literatura, particularmente de la poesía”. Recordó que desde los años 70 organizó encuentros con los poetas más reconocidos de América Latina, y que Dos Filos, la revista que fundó y dirigió, es una de las publicaciones literarias más antiguas y respetadas del país. “El año pasado cumplió 50 años en circulación”, señaló, “aunque ya no pudo celebrarse porque sus condiciones de salud no lo permitieron”.

Añadió que su influencia no se limitó a las letras zacatecanas: “Como editor es altamente reconocido; varios de los escritores más renombrados publicaron por primera vez con él hace varias décadas”. También destacó su labor como tallerista en diversos estados del país y la profunda huella que dejó como maestro. “Autenticidad, honestidad, disciplina, amor por las letras y por su ciudad”.

También subrayó el orgullo que representa para Zacatecas y para el ámbito literario nacional su inclusión en la Academia Mexicana de la Lengua como corresponsal: “Su inclusión como corresponsal en la Academia Mexicana de la Lengua nos llena de orgullo”.

Por su parte, la Benemérita Universidad Autónoma de Zacatecas reconoció oficialmente la pérdida de uno de sus más grandes exponentes. La institución lo reconoce como una figura central de su historia cultural y literaria, alguien que dio prestigio a la universidad y que será recordado por siempre. «Es un honor saber que la Máxima Casa de Estudios acogió a un gran personaje de Zacatecas. Somos muy afortunadas las personas que pudimos compartir momentos con él».

Tenía pasiones públicas y secretos amables: los Beatles, el tango (aunque no sabía bailar), los gatos y la literatura. Valerio reveló que formaba parte de un grupo que se hacía llamar Club del Tango y la Ginebra, pese a que notablemente no bebía alcohol.

Hoy, su legado queda repartido en sus libros, en las revistas que fundó y dirigió, en las aulas que lo vieron enseñar, y en cada lector que se acerque por primera vez a su voz. “Parecieran muchas palabras”, concluyó Valerio, “pero son pocas realmente para definir a una persona que además fue un entrañable amigo, siempre generoso con su tiempo, generoso con el afecto”.

En tiempos de tanto ruido, la voz de José de Jesús Sampedro se eleva por su exacta y persistente humildad. Como ese salto de gato pinto que nadie ve venir, pero que queda para siempre grabado en el aire.

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