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jueves, 3 abril, 2025
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Los mapas y el paisaje, espacios del pasado

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Por: PEDRO GÓMEZ MOLINA •

La Gualdra 645 / Historia

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A principios del siglo XX nuestro país fue fotografiado de forma aérea con el objetivo de conocer cada kilómetro del territorio con el fin de poderlo estudiar; en los años setenta llegaron las imágenes de satélite y los sistemas de información geográfica. En la actualidad poseemos vuelos de drones, secuencias temporales de Google Earth y mapas producto de la revolución tecnológica con el propósito de solucionar problemas de la cotidianidad. No obstante, ¿cómo le hacemos para comprender el espacio hasta antes de esto? En las primeras décadas del México Independiente, la Comisión Geográfica Exploradora hizo un levantamiento de planos sin precedentes. En la época colonial únicamente tenemos con descripciones y crónicas de viajeros, de exploraciones y de ilustrados que nos platicaron cómo era ese mundo virreinal. Asimismo, mapas pictográficos apoyados por indígenas –nadie conocía mejor su región que los propios naturales–. Es decir, si queremos ubicarnos en el pasado, solamente podemos recurrir a un mapa histórico y a la imaginación mediante la lectura en los diferentes escritos. 

Vista de Zacatecas, 1807. Archivo General de la Nación, México, Fondo Mapas, Planos e Ilustraciones (MAPILU), Ramo Historia, Volumen 552, Foja 98bis
Vista de Zacatecas, 1807. Archivo General de la Nación, México, Fondo Mapas, Planos e Ilustraciones (MAPILU), Ramo Historia, Volumen 552, Foja 98bis

Nuestra visión del pasado es fragmentada y sujeta a interpretación. Los mapas son un recorte del espacio y del tiempo, muestran la realidad de ese momento. ¿Qué relación tiene esto con el paisaje? La cartografía emula a una pintura paisajística. Si observamos la ventana ahora y después de cinco segundos lo volvemos a realizar, será un paisaje completamente diferente; son 5 segundos de diferencia, el tiempo nunca se detiene; por poner un ejemplo, uno puede apreciar el paisaje de casi toda la ciudad de Zacatecas desde el cerro de la Bufa, ¿vemos todo? Podemos identificar los sitios emblemáticos, buscamos por dónde vivimos y en general todo lo que es evidente. Sin embargo, el paisaje también son las fuerzas que lo transforman y que no necesariamente son observables, la identidad, los rasgos culturales, el trabajo ciudadano y del gobierno, las manifestaciones sociales, la conservación del patrimonio, por señalar algunos aspectos. 

El paisaje y los mapas coloniales guardan secretos o situaciones que no son visibles, por citar ciertos casos, el ocultamiento de minas, espacios aún no explorados o no mostrar elementos naturales que pueden parecer intrascendentes. Otra de las circunstancias es que en ambos conceptos hay percepciones, si bien hay convenciones cartográficas, al momento de crear un mapa es el pensamiento del autor quien dirige su confección –con su experiencia, ideología y creencias–. 

Respecto al paisaje, las personas lo viven de manera de desigual, es una práctica sensorial, a algunos nos interesa más la ciudad que la naturaleza; otros tenemos emociones evocadas a cada lugar, incluso tenemos diferente sensación del tiempo, –el cartógrafo puede enaltecer una iglesia, por el hecho de que la prefiera–. Estas lecturas de los mapas y el paisaje todos las deberíamos hacer pues nos llevan por caminos fascinantes; recordemos que el pasado es la construcción del presente. Los lugares tienen una esencia particular –el sentimiento por la ciudad no es lo mismo para un local que para un turista–. Es distinto descubrir la ciudad desde la Bufa que desde el cerro de la Virgen. Les invito a que lean y observen el paisaje.  

 

* Doctorante en Estudios Novohispanos. UAZ.

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