La noche la paz y del amor

La noche la paz y del amor

Dice mi mamá que si no se le ofrece algo.

Me quedé como hipnotizado y de pronto no supe qué contestar. La bruma de la mañana apenas empezaba a mostrar con la claridad del día los eventos de una jornada alucinante, única e irrepetible que estaba viviendo aquel enclave del Estado de México. Valle de Bravo se había convertido en el lugar de arribo, ruta de enlace y de salida de una multitud inimaginable de personas que pasaron, caminando casi todos, para llegar a disfrutar un espectáculo doble que se ofrecería en aquel lugar que luego se volvería legendario: Avándaro.

Desde hacía un par de semanas se había empezado a correr la noticia, a nivel nacional, de que, en este lugar, hasta antes desconocido, se llevaría a cabo un evento que llevaba el nombre de “Rock y Ruedas”, o algo muy parecido. Se realizaría una carrera de autos tipo rally con varios de los mejores pilotos de la región y del país. Como inicio del espectáculo se programó la participación, en un concierto múltiple, de doce de las mejores bandas y grupos de rock en el país. El espectáculo estaba garantizado y hasta entonces nadie había presentado nada similar en el país. Los organizadores esperaban la asistencia de dos mil espectadores, aunque optimistamente, soñaban con una asistencia ideal de veinticinco mil.

-Un vaso de agua está bien, muchas gracias.

Le contesté tímidamente a la jovencita que había salido de la casa de al lado y a quien, junto a su mamá, yo me había dirigido la tarde anterior para preguntarles amablemente si estaba bien que dejáramos el vehículo frente a su casa. En ese carro me habían dado el último aventón que necesité para llegar en vehículo hasta dónde se podía. Mi preocupación era porque en la cajuela se había quedado mi mochila y en ella traía lo que necesitaba para el viaje de Xalapa, Ver., a Valle de Bravo. Además, mi intención, después del show, era la de continuar hacia tierras del sur, en especial el que sería mi próximo destino.

En ese momento, la multitud pasaba rumbo a la carretera Toluca-Morelia para continuar hacia sus lugares de origen. El desfile era indescriptible. Miles y miles de personas de todas las edades, principalmente jóvenes amantes del rock, desfilaban en forma silenciosa hacia la plaza principal y luego a donde hubiera una forma de trasladarse de aquel lugar que desde ahora sería inolvidable a todos los rumbos del país de donde procedían. Ya nadie recordaba que esa mañana se llevaría a cabo una carrera de autos.

La noche anterior se había transformado la realidad de todos los que la habían vivido al ritmo de las bandas y grupos anunciados que ejecutaron el mejor rock que se podía escuchar en la República Mexicana en aquellos días. Pero no sólo se transformó la realidad. También, la historia se manifestaba de manera impactante ante la energía de la multitud reunida durante esa noche del once de septiembre de 1971. Los asistentes al evento eran los más sorprendidos por ser parte de aquel monstruo humano que esa noche aglomeró alrededor de trescientos mil personas que, junto a los intérpretes, volaron hasta infinitos nunca antes experimentados por una convocatoria social. Si acaso, el único referente previo, había sido la Marcha del Silencio en 1968, en la Ciudad de México, organizada para protestar por la violencia del régimen contra estudiantes universitarios y demás organizaciones sociales que participaron en el movimiento estudiantil. La diferencia de la convocatoria era radicalmente diferente y el comportamiento de los participantes estaba orientado hacia el disfrute del espectáculo musical y las demostraciones pacíficas de amor colectivo de todos los que tuvieron la oportunidad de experimentar aquella noche única en la historia del país. Lo vivido aquella noche se transformó en una experiencia irrepetible para los que ahí estuvieron.

-Que si no quiere un poco de café. Volvió a preguntar la jovencita y con un poco más de entusiasmo le contesté que sí.

El interminable desfile seguía fluyendo y la multitud, aunque ojerosa y agotada, se movía con una energía lenta y sonriente integrando en la concordia a todas las personas ahí presentes, de todos los estratos sociales, que eliminaban con sus sonrisas toda preocupación previa y posterior. Cada momento era magia pura y así se sentía en la manera individual y colectiva de mostrar los sentimientos y la sensibilidad de cada persona presente, aunque el sistema los haya catalogado luego como muy pasados.

-Aquí manda mi mamá. Dijo la jovencita y me entregó un platón con una jarra de café, un poco de queso delicioso y unas rajas de pan casero que aún viven añorándose por mi memoria de joven veintiún añero.

-Después, el gobierno proscribió el rock y pretendió matarlo de un golpe de autoridad; pero, aunque el rock mexicano fue afectado en su desarrollo, no hubo manera de sacarlo del gusto de la gente de esa época hasta nuestros días. Nadie imaginaba qué ocurriría en el futuro, pero estaba claro que ese momento presente viviría para siempre. El amor y la paz habían sentado sus reales esa noche y todas las venideras en las historias particulares de aquel universo tumultuario.

Mientras disfrutaba el regalo recibido, esperaba pacientemente a que regresaran mis compañeros de viaje y luego emprender el camino de regreso.

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