El pequeño Anecdotario [Un recuerdo volátil]

El pequeño Anecdotario [Un recuerdo volátil]

La Gualdra 487 / Río de palabras

 

Siempre, en cada sueño sigo los pasos de mi abuela, mujer ensimismada, sabia, callada.

Hay un lugar entrañable que, a pesar del tiempo, perdura en mi memoria. A la orilla del río había un aromático mirto, tapizado de pequeñas chispas escarlata, con media docena de colibríes pendientes de hilos invisibles esperando para beber entre sus corolas; mientras en lo alto se podía escuchar la rama desnuda de un álamo, mecerse colmada de auras con alas extendidas bañándose con el sol de la mañana.

El río crecido asustaba con el terror infantil a lo desmesurado. Era tan insistente, cuando me atraía a su caudal con la certera intención de envolverme entre sus olas, que casi me convencía. Pero no siempre era bestia, cuando su torrente se apaciguaba, su turbidez se volvía espejo de luna transparente. Entonces, las mujeres cargando sus artesas, buscaban la roca más plana para lavar arrodilladas en la arena que les cosquilleaba los pies. Los críos entretenidos construían una represa para nadar y hacer montículos de rocas; entre las flores de alcaparra con forma de nubes angelicales intentaban en vano cazar libélulas, mientras en la hierba y los peñascos secaban las enaguas y refajos, todo blanquísimo, impregnado del aroma de jarales.

Mi abuela, cargaba una cubeta con trocitos de plantas, nos calzaba sendos sombreros y tomábamos el camino real hasta la casa de la tía. En la orilla del pueblo nos descalzamos para poder atravesar el vado de cemento. El cosquilleo del agua entre mis dedos me causaba risas.

La casa de su hermana era un edén, con tejado de rosa té y sillones de paja nos reconfortaba del camino. Calmábamos la fatiga, en la redondez de un jarrito bebíamos el néctar de aguamiel. La tía, colmada de sonrisas francas, tomaba las migajas de plantas como tesoro preciado para ponerlas en agua. Y del reflejo de sus soledades se formaba una felicidad filial. Desde ahí se divisaban las huertas, plantaciones de flores que la gente llevaba por manojos, para ser ofrecidos por las niñas pequeñas en el rosario, mientras las señoritas cantaban alabanzas.

El lugar era mágico, la simetría de los muros ennegrecidos y abstractos, las calles pedregosas reptantes entre lienzos de piedras y fronda parecieran formar parte de una pintura ancestral desdibujada por la eternidad.

Las visitas duraban un suspiro. La hora de regreso era el mediodía, justo cuando la sombra de mi abuela se ausentaba. La cubeta regresaba plena de nuevos “piecitos” de plantas, en reciprocidad por los recibidos. Por el camino nos encontrábamos con mujeres apresuradas y hombres de andar pausado que en las correas de sus huaraches arrastraban el peso de toda una vida. Buenas tardes les dé Dios. ¿Ya dije que mi abuela era callada?

Dejábamos atrás el pueblecito, tan diminuto como su nombre: El Marecito.

Nos descalzamos para cruzar el vado de regreso, miraba atrás para tomar una fotografía mental tan clara y colorida que se mantiene intacta.

 

 

 

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