Urge consolidar los fundamentos de nuestra democracia

Urge consolidar los fundamentos de nuestra democracia

Hoy se puede afirmar que la mayor parte de la humanidad ha aprendido que la violencia y sufrimiento inherentes a las luchas por el poder se pueden evitar con la democracia política, basada en la vigencia de las libertades y en el voto auténtico de los ciudadanos. La democracia realmente existente se basa en elecciones periódicas y competencia entre partidos mediante el debate público durante los procesos electorales y, sobre todo, antes de tomar decisiones importantes en las instancias gubernamentales. El debate intenso ampliamente difundido obliga a partidos y candidatos a comprometerse con el bienestar popular. En teoría, el debate democrático propicia que todo gobierno que actúa contra los intereses de la mayoría sea sustituido por otro en las siguientes elecciones.

Sin embargo, durante la época de la hegemonía neoliberal, muchas de las políticas aplicadas por los dirigentes políticos y financieros de las potencias económicas y de los países bajo su influencia han estado marcadas por un socavamiento a los fundamentos del proceso democrático. El caso mexicano es paradigmático: ninguna de las reformas estructurales aprobadas entre 1982 y 2018 fueron debatidas durante las campañas políticas, y se impidió la consulta popular sobre las principales de ellas. Durante esos años los gobiernos del PRI y el PAN dieron por hecho que no existía otro camino que la globalización neoliberal para arribar al Estado mínimo y al dominio absoluto del mercado, lo que ha generado la conciencia en millones de personas de que el capital financiero mundial, mediante organismos como el FMI, el BM, la OCDE y las agencias calificadoras de riesgo, habían suplantado a las autoridades democráticamente electas, sobre todo a la hora de tomar las principales decisiones de política económica, socavando de esta manera los cimientos mismos de la democracia y la propia soberanía de los Estados.

Ello es lo que explica el triunfo de AMLO en 2018 y de la coalición encabezada por Morena en la jornada electoral de junio pasado, cuya plataforma proramática incluye la recuperación de las capacidades del estado para garantizar la vigencia de los derechos humanos en el país, para enfrentar los retos develados por la pandemia de Covid 19 y para dar continuidad a los proyectos y programas que configuran la 4ª T. Parece claro que los electores han redescubierto el valor del voto en defensa de sus intereses y adquirido la capacidad de análisis suficiente para no hacer suyo el discurso anti AMLO dominante en el sistema de medios de comunicación tradicionales, cuyos conductores y comentaristas se han convertido, en los hechos, en los dirigentes reales de la oposición a la 4ª T.

Sin embargo, cometeríamos un error si consideramos que la democracia en México ya está consolidada; recordemos cómo la élite del poder en México mostró lo frágil de su compromiso democrático al impedir fraudulentamente el arribo a la Presidencia de la República de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 y de AMLO en 2006, y tengamos presentes las voces que claman por un golpe de Estado, sea militar o por medio de procesos judiciales amañados como ha ocurrido recientemente en varios países sudamericanos.

Para consolidar nuestra democracia requerimos acometer con plena conciencia de su importancia, la reconstrucción democrática de los partidos políticos que hoy no cumplen a plenitud sus funciones constitucionales, empezando por Morena. Hay que empoderar a sus afiliados asignando la tarea de construcción de los padrones internos al registro nacional de electores, convocando de inmediato a la elección interna de congresistas nacionales y estatales mediante el voto secreto y directo en las secciones electorales. La integración de los Congresos nacional y estatales, y su funcionamiento con procedimientos parlamentarios muy democráticos, será una gran aportación de las izquierdas mexicanas a la democracia nacional.

También es pertinente señalar que la cada vez más frecuente elección de gobernantes improvisados y sin el oficio político requerido, sólo se explica por la ausencia de debate de los asuntos públicos en los propios partidos y en la sociedad civil, por la inexistencia de la figura de la ratificación legislativa de los miembros de los gabinetes gubernamentales, y de mecanismos eficaces para propiciar una mucho mayor participación ciudadana. La democracia participativa y monitoreada es una condición indispensable para eliminar los mayores vicios de nuestra convivencia: corrupción e impunidad. Es urgente una reforma legislativa para que el voto sea obligatorio, para volver accesible y práctica la iniciativa ciudadana, la consulta popular, el plebiscito y el referéndum, además de propiciar la proliferación de organismos de la sociedad civil encargados de monitorear y transparentar los diversos ámbitos de actuación de las autoridades.

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