Reconfiguración

Reconfiguración

La Gualdra 475 / Río de palabras

 

1.

Te observo todas las noches desde el viejo árbol. Aún sueñas conmigo. Desde aquí te cuido. Tenemos así como sentimientos fantasma. Recuerdos de cómo sentíamos cuando éramos carne, hueso y sangre. Ahora soy metal, chips, engranajes y pistones. Todo el pasado y el futuro en mis entrañas oxidadas. Es como si diario mirara una película de cómo era antes. Siento lástima por ustedes. De tuercas, resortes y latas intentan recrear el mundo que alguna vez fue. Son nostalgia. Están buscando y no saben qué quieren encontrar. Desde aquí te observo para no olvidarte. Navego en tus sueños. Aunque ya no hablemos el mismo idioma, aunque ya no siento esperanza. Tú me buscas. Nos buscas.

 

Desperté con esa extraña sensación. Otra vez. El delirio. La soñé. Caminábamos a través de un bosque. Ternura. Había cielo. La luz se colaba entre los árboles. Esperanza. Luego todo se oscurecía, nubes de metal tapaban el cielo. El terror. Un olor a aceite quemado me provocó una tos incontrolable. Despierto. Desesperanza. Miro a la ventana, lo único que parece vivo es ese gran árbol ¿me mira? El misterio.

La cuota de hoy son diez kilómetros. Mi estación yace en un gran cubo de concreto y metal. Pedalear. Energía. Vivir. Nuestro sector fue de los primeros que se quedaron sin electricidad, sin cobertura. Precariedad. Pedalear para no morir. Producir energía para iluminar. Junto a mí llega una señora, más de 60 años, apenas puede hacer presión sobre el pedal. Me ofrezco a cubrir su cuota. “Solo si no vienen”, me dice señalando al cielo. Las nubes de metal. A Melisa se la llevaron hace 467 días. Recuerdo. Floto ¿quiénes se la llevaron? Ellos. Me perturba su ausencia. Me inquieta despertar con la sensación de que aquí sigue. La siento. No la veo.

 

3.

No sé como explicarte esto. Nos engañaron. Me escapé. Rondo entre la maleza. Llevaba la playera con el conejo de pascua, aquella con la que bromeábamos. Me aferré a ella cuando sentí que era mi último aliento. Cuando me fragmentaron, en nombre de La reconfiguración. Desperté con orejas largas y un aliento a metal. Frankenstein. Estoy y no soy. Siento. Volátil. Te miro. Encontré a un par como yo. Nos fugamos por los ductos. Los centros de la tierra retiemblan. Te lo prometo. Ya somos muchos queriendo terminar con las nubes de metal. Pedalea, igual que lo hicimos ese verano en la playa. Húmeda. Huélela. Emociones. Calma. “Mi voz está en un caracol de mar”, ¿te acuerdas? No me diste un anillo ni flores. Un caracol, me dijiste que tenía tu voz y tu promesa. Lo colgué a mi cuello y salvó mi espíritu cuando me fragmentaron.

 

Una pastilla de proteína para despertar. Olas. Extraño el café que preparabas ¿Siento arena en los pies? Tengo olor a coco en la nariz. Alucinación. Hoy son veinte kilómetros. La señora de junto ya no vino. Me gané 2 GB de internet. Los vendo. Compro pan casi de verdad. Recuerdo que teníamos un gato y un perro. Paseos. Nos los comimos todos luego de la Gran Crisis. Mucho se habla de los experimentos de La reconfiguración. Tanques, trenes, helicópteros y drones pasan todas las noches transportando chatarra, engranajes, pistones y resortes. Algo traman. Se escucha un tren a lo lejos. Vapor. Se escuchan rumores. Lo están reconstruyendo todo. Nos reprograman. Esto es un simulacro permanente.

 

Hoy te lo quiero mostrar. Necesitas ver las profundidades. La gran huida. Hoy recordé la última vez que salimos a caminar a mirar las jacarandas floridas. En pleno invierno. Ya era un mal presagio de lo que venía. Eran hermosas. Jacarandas. Combinaban con tu piel canela. Ese día te quise más. Hoy te quiero más.

 

Termino mi kilometraje. Treinta. Qué ganas de una pizza, de un pozole, de unos esquites. Hoy, solo hay una pastilla gris en mi bolsillo. Gris como el cielo. Ya no recuerdo el color azul. Amnesia. Cansancio. Melisa, te gustaba comer patas de pollo y nunca supe por qué. Hoy me comería un kilo. Algo cae en mi rostro. No puede ser ¿Una flor de jacaranda? ¡Imposible! Un reflejo metálico se mueve a través del seco árbol. Salta. Y salta. Lo sigo. Corro. Es como seguir al conejo blanco. Una oreja más larga que la otra. Un rechinido casi insoportable a cada salto. Un autómata embriagado de felicidad. Corro tras él. Noto que deja rastros de aceite durante su recorrido. Sabe que le sigo.

 

Descendemos. Ductos. El olor a aceite y dísel se hace más fuerte. Las paredes se iluminan. Silencio blanco. El espacio se expande. Ahí están. Mujeres, hombres, niñas, niños, ancianas. Perros, gallinas y gatos, son tal como los recordaba. En un rincón una anciana, rodeada de infantes, dibuja en la pared el ciclo del agua, mientras les muestra una semilla de frijol recién germinada. Arriba, en un tapanco de cemento, jóvenes y niños llenan de color una pared. Dibujan una puesta de sol en alguna playa. En otro mural se lee “A quienes fueron llevados a La reconfiguración, les recordamos siempre”. Miles de rostros, nombre y fechas. Luto.

Un grito me sobresalta. Aplausos. Volteo la mirada hacia arriba. Alguien hizo fuego. Ocote. Recuerdo el olor de nuestras fogatas en el bosque. La que se apagó en cuanto las nubes de metal llegaron. El día que te llevaron. Me sobo los brazos. Escalofríos. Lágrimas ruedan sobre mi rostro. De un salto llegas, te posas en mi regazo. Tus ojillos rojos. Focos. Fijos. Una pata de metal, plateada. La otra oxidada. Las escondes debajo de ti. Rechinas. Tus movimientos se hacen más lentos. Tus recorridos nocturnos te agotaron. Tus circuitos se apagan. Quedas sin movimiento. Te alzo y abrazo. Tienes un montón de flores de jacaranda bajo la barriga. Sonrío. Una niña me lleva de la mano al mural para escribir tu nombre. Melisa.

 

 

*@LaMayaFlores. Escritora, profesora e investigadora.

 

 

 

 

 

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