Morena, tiempo del movimiento

Morena, tiempo del movimiento

¿Quién puede culpar a la gente cuando relaciona la política con asco? Con la cultura política predominante, la historia contemporánea del sistema de partidos, ¿quién no podría entender que tanta gente piense que mantenerse alejada de la política es la única forma de mantenerse en un marco ético?

Pero la política es mucho más que la corrupción aunque esta parezca inevitable; es mucho más que intereses personales o de grupo, aunque a veces no lo parezca; es incluso mucho más que los partidos políticos mismos, o los candidatos que los representan, sí, ya sé, aunque a veces no parezca.

Morena tiene un origen interesante justamente por asumir su vida política más allá de eso, de ser un partido.

Se constituyó primero como movimiento en el que participaban militantes de varios partidos, pero también había organizaciones sociales, sindicalistas, y millones de personas que lo hacían de forma individual.

Hasta el 2012 no había problema en ello porque el movimiento como tal, podía contar con el Partido de la Revolución Democrática, el Partido del Trabajo y Movimiento Ciudadano como instrumentos de lucha.

Sin embargo el Pacto por México y los regateos de los partidos al movimiento, hicieron patente la necesidad de tener un partido que tuviera compromiso total con los ideales que se enarbolaban.

Así el Movimiento de Regeneración Nacional que buscaba la revolución de las conciencias, y mantenía en acción permanente a sus miembros, y no únicamente en los momentos electorales, derivó en partido.

El mayor temor para entonces era la llamada “perredización”, es decir que dominara la pugna entre grupos que suele terminar en guerra tribal, donde el factor de suma es reparto de botín y no el agrupamiento de acuerdo a ideales.

Lamentablemente parece haberse cumplido, y hoy se percibe el descontento al interior de Morena en todo el país porque al riesgo que ya de por sí corría como todo partido político, de caer en lo ya expuesto, hubo que agregarle su fuerza política incontrovertible que atrae ahora a vestirse de sus colores a quienes hasta hace un año o dos eran sus más férreos críticos.

Este descontento sin embargo no alcanza al presidente Andrés Manuel López Obrador.

A pesar de lavar en él las culpas de la situación partidista, nadie se desentiende de su liderazgo, ni siquiera quienes compiten electoralmente a través de siglas distintas a las de Morena.

Habrá quien vea en estos encontronazos debilidad, pero al contrario, quienes ven defraudadas sus legítimas aspiraciones partidistas, y también los recién llegados que hoy prometen compromiso con la Cuarta tranformación, tienen en Morena-movimiento su mayor oportunidad y misión. Los unos porque tendrán en la lucha social el camino, y los otros porque tendrán oportunidad de incipiente legitimación.

Conforme avanza el sexenio se vuelve más urgente tensar la cuerda a la izquierda y al mismo tiempo seguir procurando no romperla.

El presidente hace a la medida de sus posibilidades lo que le corresponde, pero es imprescindible la fuerza social que evidencie que los cambios que pretende llevar a cabo son voluntad popular, y es de presumirse que así sea, dada su popularidad y la mayoría absoluta con la que llegó al poder.

Comienzan a agudizarse las diferencias que los más asustados llaman polarización, aunque a otros les parezca lógica lucha de clases.

Algunos actores cercanos a la cuarta transformación precautoriamente hablan de “golpe de estado blando” y se alarman ante lo que consideran signo de ello, como los comentarios del departamento de Estado de Estados Unidos, el financiamiento de tufo salinista de algunos medios de comunicación, o la beligerancia de algunas organizaciones civiles de patrocinios sospechosos.

Esa película ya la vimos, diría cualquiera que conozca la historia de América Latina, en particular la de los últimos 20 años con la ola de gobiernos progresistas que la hicieron fuerte.

La reforma eléctrica da prueba de que la coyuntura para la radicalización o la dilución puede estar cerca, y en ese contexto es más que necesario que el presidente tenga tras de sí un movimiento social que lo sostenga, y no un partido sin credibilidad que lo lastre.

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