El pasado está por llegar

El pasado está por llegar

Aunque cada presidente ha presentado el suyo, sólo un puñado de proyectos de nación se distingue de los demás. El que esgrime Andrés Manuel López Obrador es uno de ellos. En contraposición a la narrativa aspiracional del “periodo neoliberal” –un México moderno, primermundista, que en cierto modo evocó al alemanismo–, AMLO propone que México sea no lo que puede ser sino lo que ha sido: un país tradicional, bucólico, alejado de arquetipos extranjeros. Su consigna es detener la modernización, que sólo beneficia a una minoría privilegiada, e invocar el regreso del excepcionalismo mexicano.

Contra el progresismo, pues, AMLO ofrece un retorno a los orígenes. Si el futuro discrimina, volvamos al pasado. He aquí la raíz de su misoneísmo. Lo que algunos vemos como novedoso en su proyecto –su vehemente llamado a erradicar la corrupción– es para él la recuperación de la pureza perdida. Su apuesta no es sólo pretérita y globalifóbica, también involucra una suerte de realismo idealista.

Él recrea el hábitat real de la mayoría de los mexicanos; representa lo que son, no lo que tal vez quisieran ser. El magnetismo de su planteamiento emana del desencanto: después de tantas promesas de grandeza incumplidas, tras de ver que quienes prometieron riqueza para todos sólo la obtuvieron para ellos mismos, el escepticismo se impone. Pobres pero honrados, nos plantea AMLO. Y felices. Con él viviremos la mexicanidad a plenitud: lejos del fatuo oropel de los tecnócratas, encarnaremos el México nacionalista previo a 1982 o, si lo apuran –y de ahí su creciente animadversión a España–, el México profundo que nos legó el mítico mundo prehispánico.

La visión de AMLO no es polpotiana; más que rechazo entraña desconfianza al avance científico. Es un deslinde de prioridades: lo más importante es combatir la desigualdad, y la “ciencia neoliberal” ha sido desarrollada por los ricos para los ricos y apenas dispensa gotitas de bienestar a los pobres.

En todo caso, AMLO está más cerca de Mariátegui: el modelo imperante no sirve por exótico e intrínsecamente injusto y porque no puede funcionar de otra forma. Debemos buscar la “modernidad desde abajo”, innovaciones propias producto de una ciencia y una tecnología supuestamente autóctonas y justicieras. Y mientras las encontramos, que se use machete en lugar de herbicidas y que se construya a pico y pala. Contra la robótica, mano de obra intensiva. AMLO no puede imaginar terceras vías; la idea de usar la inteligencia artificial en aras del igualitarismo le es inconcebible.

Al empresariado y a la clase media, naturalmente, esa postura les provoca urticaria. Pero, hoy por hoy, la nostalgia y la austeridad pagan: para el México precario, desilusionado, harto de soñar a golpes de engañifas de políticos corruptos, la propuesta es sensata. ¿Por qué no vivir contentos con un par de zapatos? Los otros ya nos ilusionaron con mentiras; Obrador es distinto: no roba y dice la verdad. Y todavía hay quienes se sorprenden del grueso teflón de AMLO.

Está reforzado por las capas de mugre que dejaron quienes le precedieron y que él nos restriega todos los días en su discurso repetitivo y en sus diatribas pedagógicas contra el neoliberalismo. Es frugal, no tiene casas blancas, y su manejo del simbolismo y del asistencialismo mantienen alta su tasa de aprobación, lo que le ha permitido darse el lujo de hermanarse con un energúmeno antimexicano en Estados Unidos, perdonar a Peña, empoderar a un tlatoani anticovid ambicioso, servil y demagogo que esparce la muerte, negar apoyo a las mipymes en plena crisis, ofender a las feministas e imponer candidatos repudiados. Puede ser que a la larga todo eso erosione su base social –y quizá su popularidad no se transfiera a Morena el 6 de junio–, pero yo no veo a un AMLO impopular en el futuro previsible.

Mi hipótesis es que se trata de una cuestión de tiempos y de ánimos colectivos. En la recta finisecular, la del auge del neoliberalismo, los escépticos y los enojados constituían una porción minoritaria, y el imán aspiracional atraía a gran parte de la sociedad mexicana. Fue hasta la segunda década del siglo XXI cuando la era de la ira se entronizó y la repulsa al establishment permeó en México.

Las emociones dominantes son cambiantes, el optimismo y el pesimismo se alternan, como lo hacen la manía de imitación extralógica y el ensimismamiento aislacionista. Nunca nos hemos detenido, por desgracia, en el justo medio, que yo denomino filoneísmo y que es la búsqueda de originalidad, de un nuevo proyecto de nación en el que la historia sea hélice y no ancla, para el cual tomemos lo mejor de la globalidad y a cambio le devolvamos creatividad. La mexicanidad no es excepcionalidad estática: es la versión mexicana de lo humano que se recrea día con día.

Con todo, a la fábula obradorista le llegó su hora. Hace tres décadas no era políticamente rentable –no como ahora– despotricar contra la democracia representativa y preconizar un México rousseaunianamente premoderno, regido por la bondad comunitaria y la honrada medianía. Por eso he dicho que AMLO no adaptó su estrategia a la realidad, sino que fue la realidad la que se adaptó a su estrategia. Pese a que no tenía mucho sentido en aquellos ayeres cuestionar la modernidad y diseñar un populismo atávico, AMLO lo hizo. De alguna manera fue visionario: se adelantó a su época al exigir que se atrasaran las manecillas del reloj. Presentó una tierra prometida que es, oh paradoja, el paraíso perdido. Y proclamó un hechizo: el pasado está por llegar. ■

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