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lunes, 25 octubre, 2021

50 años de ‘La noche de Tlatelolco’. Son muchos, vienen a pie, vienen riendo…

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La Gualdra 462 / Libros / Op. Cit.

 

En febrero de 1971, apenas 28 meses después del movimiento estudiantil de 1968, comenzó a circular La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska (1932), confluencia de voces, testimonio vivo, una de las obras más necesarias para documentar el México de la segunda mitad del siglo XX, y una de las más leídas en las siguientes cinco décadas.

Cincuenta años parecen pocos para esta pieza coral. Su vigor narrativo destila juventud. Es una obra que sigue siendo “oída”, más que “leída”, como apuntaron sus editores. A niveles que nos siguen sorprendiendo y lo han hecho el mejor libro vendido de la autora y de la suma testimonial y de ficción generada a partir de las jornadas libertarias de aquel año.

Con dos ediciones, la primera con casi un centenar de reimpresiones y la segunda, corregida por la propia autora, resulta calcular el número total de ejemplares vendidos a la fecha de La noche de Tlatelolco y más aún el de sus lectores. ¿Un millón? Doscientos cincuenta mil calculó Carlos Monsiváis para 1991. Con todo, de acuerdo a tiempo y circunstancia, las reimpresiones tienen tirajes distintos, en ocasiones de cuatro mil ejemplares, en otras de ocho. Hay incluso una “edición especial” y seguramente la editorial responsable lanzará este año una más, conmemorativa.

Cifras a las que debe añadirse otra particularidad. La noche de Tlatelolco fue, hasta por lo menos la segunda da mitad de la década de los 70, un libro que circulaba de mano en mano, si se quiere “prohibido”, pese a que hacia finales del 71 llevara ya 14 reimpresiones. Sus lectores preferentes, para entonces, fueron estudiantes, profesores, padres de familia y trabajadores participantes o testigos del movimiento.

Aún sin superarse el hermetismo de los tiempos, la herida todavía abierta, la obra comenzó a difundirse de manera más profunda. En las universidades se estudiaba, en las escuelas se alababa, no sin algo de morbo, y en muchos hogares sus voces eran tema de conversación. “Todo es culpa de la minifalda”, se leía en voz alta; aunque también, “vi la sangre embarrada en la pared”.

Divido en dos partes, “Ganar la noche” y “La noche de Tlatelolco”, el libro incluye una cronología del movimiento basada en los testimonios orales incluidos en sus 281 páginas. En su inicio la autora otorga crédito a Rosario Castellanos, por el poema escrito ex profeso para la edición y a Margarita García Flores, por aportar información proveniente de la oficina de prensa universitaria.

Reconoce también Poniatowska la autoría colectiva del testimonio y la inclusión de poemas de José Emilio Pacheco, José Carlos Becerra, Juan Bañuelos, Eduardo Santos y Octavio Paz, quienes fueron los primeros artistas en protestar por la represión y la masacre del 2 de octubre. Se incluyen 48 fotos, además de la que ilustra la portada, que no ha sido modificada salvo en la inclusión del color, provenientes de autores anónimos o que prefirieron permanecer ausentes del crédito correspondiente.

 

Premiar a los muertos

En un desplante de cinismo, y por la influencia del entonces presidente Luis Echeverría, el libro fue escogido como el ganador del premio literario Xavier Villaurrutia que la autora rechazó. “Quién va premiar a los muertos”, dijo.

La noche de Tlatelolco está dedicado “a Jan 1947-1968” y lleva por subtítulo “Testimonios de historia oral”.

En su arranque se lee:

“Son muchos. Vienen a pie, vienen riendo. Bajaron por Melchor Ocampo, la Reforma, Juárez, Cinco de Mayo, muchachos y muchachas estudiantes que van del brazo en la manifestación con la misma alegría que hace apenas unos días iban a la feria: jóvenes despreocupados que no saben que mañana, dentro de dos días, dentro de cuatro estarán allí hinchándose bajo la lluvia, después de una feria en donde el centro de del tiro al blanco lo serán ellos”.

A medio siglo, La noche de Tlatelolco sigue siendo un libro de cabecera para el lector mexicano, independientemente de su perfil socio-cultural, y memoria al servicio de nuestros días.

 

Hondura emotiva

De otros movimientos se han rescatado programas, estrategias, querellas internas, aprovechamiento y desaprovechamiento del instante. Pero si se descuenta la crónica de Mauricio Magdaleno sobre el vasconcelismo (Las palabras perdidas), sólo del 68 se dispone del amplio registro de su hondura emotiva (que es también conciencia política y sensación inaugural de otra cultura), el fenómeno que le permite al Movimiento sobrevivir al 2 de octubre. Poniatowska incorpora la gran ausencia en los registros narrativos de las movilizaciones comunitarias: la dimensión personal. En La noche…, la historia, o como se llame la obstinación frente a las decisiones exterminadoras del presidente Díaz Ordaz y su aparato de aplastamiento, se vive al parecer desde el sueño, y esto, a fin de cuentas, es su garantía de permanencia.

Carlos Monsiváis

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_462

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