Ganar ¿Para qué?

Ganar ¿Para qué?

Los oportunistas son fácilmente identificables. Se cambian de camiseta conforme avanza el torneo, y cuando les preguntan a qué equipo le van responden sin pudor “al que gane”.

No se esfuerzan siquiera en esbozar dos o tres ideas que justifiquen el travestismo, o en elaborar argumentos que den algo de legitimidad a sus vaivenes. Con estar del lado que suponen ganador, les basta.

No nos confundamos, también hay ocasiones que se cambia de partido para conservar los principios porque el equipo donde se juega abandonó las ideas y los valores que inicialmente había aglutinado gente a su alrededor, y lo más decente entonces es distanciarse.

Le sucedió al Partido Revolucionario Institucional (PRI) en los años ochenta, cuando los valores nacionalistas y el estado de bienestar dejaron de ser prioritarios para impulsar una economía de mercado y que la tecnocracia tomara las decisiones.

Le pasó también a Acción Nacional (PAN) cuando empezaron a dominarlo los partidarios de los acuerdos en lo oscurito y la quema de boletas electorales, y dejaron atrás a los ideólogos que defendían la democracia con huelgas de hambre y sufrían injustos encarcelamientos.

Al Partido de la Revolución Democrática (PRD) también ya le sucedió. El partido heredero del Partido Socialista Unificado de México y en el que participaban los exmilitantes del Partido Comunista hoy está muy lejos del programa que le dio origen.

Cuando las ideas dejaron de ser la brújula, dejó de importar a dónde se iba, con quién se hiciera alianza o qué candidato los abanderara.

En consecuencia dejó de importar también qué los distinguiera o qué los identificara, de tal suerte que su presencia en las boletas se hace a tal grado superflua, que ya cuesta recordar quien postuló a quién en cada elección.

Probablemente no haya partido con más experiencia en el camaleonismo que el Partido Verde Ecologista, que se alió un tiempo con el PAN, luego lo hizo con el PRI y ahora pretende hacerlo con Morena.

Y es este último partido el que aún está a tiempo de aprender de la experiencia ajena, hoy que es el principal atractivo para quienes basan su “capital político” en ser hábiles saltimbanquis.

Ya sabemos que argumentarán la pirueta en la que coincidieron con esa fuerza política, enfatizarán las vueltas en las que la ruleta partidista en la que suelen jugar los colocó con los colores morenistas, omitirán los coqueteos verdes, fingirán demencia de los pasados azules, y dirán que era hepatitis cuando lucían el amarillo.

Sería irrelevante si la acrobacia hubiera terminado y estuvieran dispuestos a llegar a plantarse en firme con las ideas del partido político en las que pretenden aterrizar. Pero lo más probable es que Morena, y por tanto sus ideas, sean una escala más de una trayectoria de vuelo que en realidad es casi individual, familiar, o en todo caso grupal.

El camino se hace al andar, y en la medida que se avanza es natural el crecimiento numérico y la diversidad en las ideas. Ya algo de eso ha vivido Morena cuando ha incorporado a perfiles que no participaron en su formación como movimiento, y menos aún como partido, tales como Napoleón Gómez Urrutia o Néstora Salgado.

Su inclusión en las candidaturas son clara muestra que no se trata de “quiénes” sino de “qués”, de ideas y no de personas, pues ambos enarbolan luchas con vasos comunicantes directos con los principios de Morena. El caso de Napoleón por los derechos laborales, y el de Nestora por la libertad de los presos políticos.

Son sus ideas lo que les abrió las puertas, por lo que su llegada se asumió como ganancia de identidad y no sacrificio de ella. Sus candidaturas, pese a las críticas que pudieron recibir, fueron reafirmación programática, y no resignación pragmática.

Es comprensible que el ruido electoral, el bombardeo publicitario vacuo pero constante aturda a niveles que generen confusión. Pero en medio de todo eso, y con la vista en el anhelo de triunfar todos los partidos tendrían que preguntarse: ganar ¿para qué?

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