“Capital e ideología” de Thomas Piketty: la teoría para las transformaciones del siglo XXI

“Capital e ideología” de Thomas Piketty: la teoría para las transformaciones del siglo XXI

Después de “El capital en el siglo XXI”, fenómeno editorial que vendió 2.5 millones de ejemplares en el mundo, donde documenta la explosión de las desigualdades patrimoniales mundiales, el economista pasa a los trabajos prácticos y políticos. En Capital e ideología, radicaliza su pensamiento e investiga los medios para criticar en concreto el régimen dominante actual, cuyos efectos destructores sobre el planeta y los seres humanos no pueden proseguir. Piketty quiere forjar una “idea más exacta de lo que podría llevar a una mejor organización política, económica y social para las diferentes sociedades del mundo en el siglo XXI” proponiendo para ello, “elaborar el perfil de un nuevo socialismo participativo para el siglo XXI”, lo que implica “reconsiderar la propiedad justa, la educación justa y las fronteras justas” mientras nos encontramos en una fase de radicalización de las injusticias y desigualdades, a las que el investigador dedica tramos muy importantes de su obra para desvelar las causas de fondo.

Su inmersión profunda en la historia de un buen número de países, le permite subrayar la diversidad de origen de las desigualdades, ya radiquen en la pesada herencia histórica vinculada a las discriminaciones raciales y coloniales y a la esclavitud (sobre todo en Brasil, África del Sur y también en Estados Unidos), bien sea en factores más “modernos” vinculados, por ejemplo, a la hiper-concentración de las riquezas petroleras, como en Oriente Medio que constituye actualmente la región más desigual del mundo, de lo cual concluye que las desigualdades no son en absoluto naturales, culturales o civilizatorias.

El autor demuestra que durante el período entre 1914 y 1970 ocurrió la reducción más importante de las desigualdades mundiales, hecho que le permite afirmar que es posible una reducción masiva, pero que ello solo podrá ocurrir en favor de las clases populares a condición de cambiar simultáneamente la escala y la naturaleza de la lucha por la igualdad. Para ello Piketty apunta una propuesta radical: un cambio profundo de las relaciones de propiedad, que no sea una extensión infinita y autoritaria del dominio de la propiedad pública tal como se hizo bajo el socialismo real. Más allá de propuestas interesantes y en ocasiones ya formuladas, como reforzar la progresividad del impuesto sobre rentas y sucesiones; desplegar una renta básica universal sin sustituir la política social; o incluso de ampliación y profundización de la propiedad social de las empresas relacionada con la cogestión nórdica o alemana, el núcleo de la tesis pikettiana radica en la implantación de un impuesto anual y altamente progresivo “sobre la propiedad, para permitir financiar la dotación de capital para cada joven adulto y desplegar una forma de propiedad temporal y de circulación permanente de los patrimonios”.

Esta herramienta fiscal tendría la ventaja de aplicarse a todos los activos, incluyendo los financieros, contrariamente al impuesto inmobiliario, y adaptarse con mayor rapidez a la evolución de la riqueza. Si queremos que el 50% de lo más pobres detenten finalmente una porción no despreciable de las riquezas nacionales, necesitaremos para eso “generalizar la noción de reforma agraria transformándola en un proceso permanente incluyendo al conjunto del capital privado”. Thomas Piketty llega incluso a establecer un esquema exhaustivo de esta evolución fiscal y mental. El impuesto anual sobre la propiedad y el impuesto sobre sucesiones, aportarían en total en torno al 5% de la renta nacional; cantidad que se emplearía totalmente en financiar una dotación en capital dedicada a los jóvenes adultos, por ejemplo de 25 años, en forma de “herencia para todos”; mientras que, el 50% de los más pobres hoy no reciben casi nada. Esto permitiría también un rejuvenecimiento de los patrimonios “lo que permite pensar que sería algo excelente para el dinamismo social y económico”

Este impuesto no sustituiría al impuesto progresivo sobre la renta, en el que el investigador incluye las cotizaciones sociales y una tasa progresiva sobre las emisiones de carbono, permitiendo alcanzar casi el 45% de la renta nacional pudiéndose con ello financiar la totalidad del gasto público, en concreto la renta básica y sobre todo el Estado social: salud, educación, jubilaciones,…

Este sistema designado con los términos de “socialismo participativo”, se basa en una propiedad social ampliada y en la invención de una propiedad temporal, según Piketty, no tiene “ya gran cosa que ver con el capitalismo privado tal y como lo conocemos actualmente”. Constituye en su opinión “una superación real del capitalismo”. En efecto, el modelo que propone Piketty es tan loable como raro, dado que incluso los partidos de la izquierda radical apenas han producido, al margen de algunas consignas, auténticos proyectos para salir del capitalismo real.

El autor plantea con franqueza que desearía recuperar el hilo de la historia en los 70, en el momento del frenazo del progreso socialdemócrata, como resultado de la hegemonía mundial del neoliberalismo impuesta tras la desaparición de la Unión Sovietica, y del desplazamiento hacia la derecha de la mayoría de los partidos socialdemócratas.

En la última parte de la obra, el autor reflexiona sobre las condiciones necesarias para recrear una nueva “alianza igualitaria” que recupere el programa malogrado de la socialdemocracia y realice la revolución fiscal que se propone. Lo que supone, en primer término, recuperar a las clases populares desarraigadas de los partidos de izquierda tradicionales. En diversos tramos de su texto, Piketty deja ver su esperanza de que la fundamentación de su propuesta pueda complementar los esfuerzos de organizaciones como Podemos en España y, sobre todo, con la tendencia política que lidera el senador Bernie Sanders en Estados Unidos, que ya logró influir significativamente en la redacción de la plataforma electoral del partido demócrata, y que cuenta con el respaldo de millones de electores norteamericanos, principalmente jóvenes, lo que significa que el llamado socialismo democrático no será flor de un día. ■

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