Mario Montalbetti: El lenguaje verbal es el enemigo público número uno del sistema

Mario Montalbetti: El lenguaje verbal es el enemigo público número uno del sistema
Mario Montalbetti. Foto de Javier Narváez

La Gualdra 452 / Entrevistas / Poesía

 

 

Mario Montalbetti (Lima, 1953). Es uno de los poetas que ha despertado mayor interés en el último tiempo, es peruano y profesor principal de Lingüística en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha escrito nueve libros de poemas, entre ellos: Perro Negro (1978), Fin Desierto (1995 y 1997), Cinco segundos de horizonte (2005), El lenguaje es un revólver para dos (2008) y Notas para un seminario sobre Foucault (FCE, 2018). Su poesía reunida ha aparecido bajo el título de Lejos de mí decirles (Editorial Aldus, Ciudad de México 2013 y Ediciones Liliputienses, Cáceres 2014); una selección de esta apareció bajo el nombre Huir no es mejor plan en Mansalva (Buenos Aires, 2017). El año pasado publicó El pensamiento del poema (Ediciones Cinosargo y Marginalia, en Santiago de Chile, y en Kriller71, Barcelona 2019), libro que gira en torno a las ideas estéticas del investigador francés Alain Badiou. Respecto a la producción lírica como una honda forma de reflexión filosófica, su trabajo reúne una amplia obra ensayística donde cuestiona el origen del poema y aterriza el lenguaje a una forma de entenderlo como materia viva. Acá habla el lingüista y el poeta sin distinción, tal cual como lo hace en su producción. Poesía, sistemas sociales en Latinoamérica, México y Perú son los temas por donde paseamos a través de su mirada lúcida y cuestionadora.

Mario Montalbetti. Foto de Javier Narváez

Mario Montalbetti. Foto de Javier Narváez

 

Octavio Gallardo: Eres un reconocido lingüista y también poeta, o viceversa. ¿Cómo se comunican en ti esos dos mundos, uno que se acerca a lo científico y otro a lo creativo?

Mario Montalbetti: Soy lingüista. Es lo que hago. Mi interés se centra primariamente en el lenguaje. Más bien, no me siento parte de “la literatura” entendida como una forma cultural, ni de “la poesía” como género literario. Creo que en mis textos hago lingüística todo el tiempo. Los lingüistas también pueden ser creativos. El poema es lingüística por otros medios. ¿Cómo se comunican ambos mundos? No son dos, es uno: el lenguaje —y se incomunican.

 

OG: ¿Para qué leer poesía, qué hay en un poema que nos resulte útil en alguna dimensión?

MM: No quiero que nos enlodemos en una bronca de adjetivos, pero yo no diría “útil” sino “importante”. Entonces, si se me permite el cambio, la importancia del poema está en que es una crítica del lenguaje con el que se construye el propio poema. Si el poema no se despega del lenguaje con el que se hace, aún si empleamos lenguaje “coloquial” para construirlo, el poema no llega muy lejos. Los poemas que me interesan siempre evidencian una cierta incomodidad con el lenguaje que emplean. Esa es la importancia del poema, esa incomodidad.

 

OG: ¿Cuándo vale la pena escribir o leer?

MM: Es una buena pregunta, sobre todo porque conecta ambos aspectos, escribir y leer. Personalmente, me sorprende la asimetría que existe entre escribir y leer si comparamos todo lo radicales y rebeldes que somos (o queremos ser) cuando escribimos con las ovejitas dóciles en que nos convertimos cuando leemos. No sabemos leer o lo hacemos con una timidez insólita. Por cada taller (inútil) de creación, deberíamos tener diez talleres de lectura. Entonces ¿cuándo vale la pena escribir o leer? Cuando le haces algo al lenguaje, cuando no te conformas con él, cuando dejas de lado la comodidad de la seguridad semántica y cuando confrontas la sintaxis que articula las palabras que usas.

 

OG: Para las sociedades latinoamericanas, para la vida diaria en cualquiera de nuestras ciudades y campos, que a veces parecen estar en crisis con sus sistemas, ¿el lenguaje juega un papel preponderante, con relación al poder y a la economía?

MM: Lo primero que debemos saber es que el sistema actual (el capitalismo financiero liberal y su brazo político, la democracia representativa) detesta el lenguaje verbal. Eso lo advirtieron Deleuze y Guattari en 1972. En particular, el sistema no tolera que empleemos el lenguaje verbal para hacer preguntas y para negar, dos de las funciones que son posibles exclusivamente con el lenguaje verbal y que son centrales en un lenguaje humano. En sentido estricto, no se puede preguntar ni negar con pintura ni con música ni con ajedrez ni con ningún otro “lenguaje” que no sea el lenguaje verbal. Y preguntar y negar te permiten pensar y resistir. Por ello, el sistema actual promueve todo lo opuesto: lo mensurable, lo cuantificable, los números, las estadísticas, los porcentajes, las encuestas, etc. Y la imagen, claro. Ese es el primer dato: el lenguaje verbal es el enemigo público número uno del sistema. Saque cada quien las consecuencias de ese dato.

 

OG: Aprovechando que recientemente uno de tus libros ha sido publicado en México y su recepción fue muy amplia, ¿qué te llama la atención de lo mexicano?

MM: No creo que exista lo mexicano, así como no creo que exista lo peruano ni lo uzbeko. Todo platonismo es finalmente burocrático. Dejando eso de lado, me sorprende constantemente cualquier recepción amplia de lo que hago. Me sorprende que alguien me diga que le gustó un poema mío o una idea mía en un ensayo porque para mí escribir es un acto brutalmente solitario. La sorpresa es grata, sin duda, pero siempre dudaré cuando pienso en por qué les gustó y de qué forma. Esa creatividad de la lectura del otro es indispensable.

 

OG: ¿Qué piensas de la actual literatura mexicana?

MM: No soy un experto en, ni un conocedor de, literaturas nacionales (ni siquiera de la peruana). Tampoco me es muy claro qué significa “poesía mexicana” o “poesía peruana”. Alguna vez dije que es más importante que Vallejo haya sido poeta a que haya sido peruano. Pero, para ponerlo en términos burocráticos: hay poetas que tienen pasaporte mexicano que me interesan mucho. Y si accedo al morbo de la lista diré: Alberto Blanco, Pura López-Colomé, Inti García Santa María, David Huerta, Coral Bracho. Me detengo ahí para poder ser injusto.

 

OG: ¿Cuál es el valor de una palabra en la actualidad?

MM: Ninguno. Las palabras no importan. Tal vez ese sea el principal error de esta época, error que arrastramos desde Aristóteles, creer que “pensamos con palabras”. En verdad, lo que importa (o lo que debería importar) es el lenguaje del que son parte esas palabras. No se piensa con palabras sino con articulaciones de palabras. Pero seguimos atávicamente atados a frases como “una palabra tuya bastará para salvarme” o “te doy mi palabra”. Cualquiera sea nuestra noción de salvación, preferiría que alguien diga “un lenguaje tuyo bastará para salvarme” o, preferiría prometer diciendo “te doy mi lenguaje”.

 

OG: ¿El pensamiento de lo poético se relaciona, o más bien está en comunión, con otras actividades, por ejemplo lo político, lo social, lo cultural, lo espiritual?

MM: No más, ni menos, que el pensamiento médico, el agrario, el minero, el futbolístico…

 

OG: ¿Cómo percibes tu país hoy, que hay en el lenguaje que pueda corregirse, y por tanto mejorarse, en la cultura o en su organización, está bien encaminado o debe tomar otro rumbo?

MM: En mi país el lenguaje no existe o está en vías de extinción. En las raras ocasiones en las que lo encontramos, hacemos fiesta.

 

OG: Mucho se plantea que la frontera entre los géneros literarios es cada vez más difusa ¿estás de acuerdo con esa afirmación, te parece que es una tendencia, por ejemplo un poema en forma de ensayo, una narración que es un poema?

MM: Mira, de lo que se trata es de que hagas un buen poema. Hazlo como puedas. Luego vendrá algún burócrata a decidir si pertenece a este u otro género, que es un mero ejercicio de clasificación, la mayoría de las veces poco interesante.

 

OG: ¿Qué buscas en un poema, cuando lo escribes, antes y después de escribirlo?

MM: Antes de escribirlo busco tabaco para mi pipa. Mientras lo escribo busco un poema. Después de escribirlo busco un trago de algo fuerte.

***
El canto de las aves
[para Alberto Blanco]

el canto de las aves escondidas en el follaje
apenas alcanza las tres sílabas
luego silencio
luego otra vez alcanza las tres sílabas
luego silencio
es la forma que tienen las aves de no decir nada
luego otra vez
tres sílabas luego silencio y luego otra vez
es el canto de las aves escondidas en el follaje de los ficus
tres sílabas silencio otra vez
es la forma que tienen las aves
de no decir nada
tres sílabas silencio tres sílabas
pero el canto
es hermoso y se repite regularmente al atardecer
y luego otra vez
y luego otra vez
y no dice nada

***
Como Walcott

Escribo a mano con un lápiz Mongol No.2 mal afilado
apoyando hojas de papel sobre mis rodillas.
Esa es mi poética: escribir con lápiz es mi poética.
Si alguien pregunta como quién quiero escribir
respondo “como Walcott”. Esa también es mi poética.
También, esperar a que ella me muerda el cuello
para comenzar a escribir es mi poética. La oscuridad del mar,
lleno de pliegues, es mi poética. Ella pregunta como quién
quiero escribir
y yo respondo “no sé, como Walcott”. O más bien
mi poética es di algo visceral de una buena vez,
como en la ópera, sin esperar que ocurra una muerte
especialmente interesante al final: es mi poética.
Lo del lápiz mal afilado es indispensable para mi poética.
Solo así quedan marcas en las hojas de papel
una vez que las letras se borran y las palabras ya no
se entienden o han pasado de moda o cualquier otra cosa.

***
Disculpe ¿es aquí la tabaquería?

Nadie dice todo. Nadie dice nada.
Lo deseable es decir poquísimo.
Callar no es más radical.
Callar es como raparse la cabeza:
el pelo vuelve a crecer.
Pero decir poquísimo, decir lo mínimo
que uno puede decir,
eso es lo que nos permite decir algo.

 

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