Amanecer tras de los muertos

Amanecer tras de los muertos

Mozart, por favor. Entre tus piernas. A rastras. Los últimos sobrevivientes de un mundo que se destruye con la esperanza de reinventarse: es una ilusión inútil. Un reptil que fallece. Pero yo despierto a su lado, el de ella. Despacio. Abro los ojos dentro de ella. Quiero decir que si ella existe todavía me queda algo de esperanza. Son tiempos difíciles: me aferro a las esperanzas lo mismo que se aferraría el trapecista a su vida si no tuviese red abajo. Es enorme. Ya no existen los milagros. Acá ya no. Dejaron de existir hace una semana.

Yo respiro dentro de ella. Soy un tubo de oxígeno conectado a sus pulmones y cada que ella lo hace sobrevivo sin que ella se entere. Repito: hay que aferrarse a las esperanzas aunque sean una ilusión. Es lo único que nos queda en estos momentos. Estás con ellas o no estás. Hay una gran diferencia. Así lo creo. También la admiro como quien admira una obra de arte. Ella. Existe. Y quizás yo solo existo cuando ella me nombra. Como aquel poema de Octavio Paz donde solo es real la niebla que ocurre en una calle paralela al pensamiento del poeta. En realidad es el pensamiento del poema. El mundo cambia si dos se besan. No sé ni siquiera si sea cierto. Pero hay que intentarlo. Irte a la cama con un beso. Y que se joda el mundo.

Se entiende: no es ella una obra de arte. Sería absurdo pensarlo de esa forma. La cursilería que tengo no llega a tanto. Se constituye como una obra artística cuando los dos conformamos una misma figura, quiero decir, cuando los dos nos fundimos en el mismo abrazo en el que Shakespeare asegura se funden los amantes para conformar, así, una misma y amorosa bestia de dos cabezas que se unen mediante dos lenguas.

Ella podría ser bella y superar a todas en su belleza. Como un amanecer en Bagdad.

Cuando no había cadáveres agusanados. Ni el horror en los infantes rostros. Ni los tanques como moles de concreto. Y es que nos hemos empeñado tanto en acabar con el mundo que respirar actualmente es un milagro casi macabro. Repito lo mismo: hay que aferrarse a las esperanzas. A las personales. Las que tengas al alcance. Dejar de creer que el mundo tiene algo para ti. Así es como surgen las auténticas esperanzas.

No nos podemos dar a la tarea de buscar culpables. No los hay ahora. Mira a los más listos del poder. Nos han tomado por sorpresa. Los chacales de la hora próxima al fin de la pandemia. Los que se enriquecen con la pobreza. Nos sabemos ahora el cuento: perderán los mismos de siempre y los que ganan perderán tan solo un poco, ¿sabes?, se recuperarán pronto a costa de los débiles: es la fórmula del éxito. Nos volverán a pisar como cucarachas. Ruines y mentirosos se tragan las sobras. De nosotros no han hecho sino restos. Somos migajas que se desmoronan sobre sus elegantes solapas. Ni las moscas consiguen espantar nuestro vuelo. Tengo una sola propuesta: jalemos los gatillos con fervor guadalupano. Y no perdamos las esperanzas frente al desconsuelo. Hagamos lo mismo que cualquier idiota rockstar. Avisa a tu madre. Avisa a tu hija. Luego… ¿La vida es enorme, verdad?

Enciendan la televisión por la noche. Horario estelar: dos idiotas jalan del gatillo. Pero antes, repito, queda un poco de esperanza. Como ese último trago de Lowry junto al Cónsul cuando Malcom lo único que realmente deseaba era escribir la novela absoluta. Y escribió una basura. Y el último tequila que babeante e imbécil sorbió José Alfredo Jiménez cuando ya su hígado se le partía y se desangraba en dos. ¿Entiendes lo que esto significa?

De este tipo de esperanzas hablo. De las que llegan cuando todo acaba. Esperanza. ¿Sabes lo que hemos hecho con esta palabra? La hemos convertido en alimento para los cerdos. Los de la política. Los de la cultura. Los del poder. Sacian su hambre entre la mierda y el lodo. Olvídate de ellos. Ahora no existen. Y si lo hacen, existir, es gracias al poder que les has otorgado. Nuevamente la crisis ha encumbrado a políticos chacales que se disputan la cabeza del cerdo.

Así que giré el picaporte de la puerta. Antes de pisar con toda la crueldad al reptil.

Miento: yo reptaba por el piso de la habitación cuando llegué a los pies de ella. Pensé: la vida la trajo hasta mí. Qué jodida luz. Qué jodida fuerza. Al fin se alegran los únicos instantes que realmente valen la pena de esta miserable vida. Si ella existe. Si ella respira. Eso es lo que le quisiera decir ahora. Te voy a dedicar un poema. Un poema muy malo. Mediocre y cursi. Pero guarda silencio. Escucha el silencio y escucha nuestro naufragio. Abismal. Insondable. Escucha cómo poco a poco nos alejamos de nuestras más tiernas alegrías. Envejecemos, querida. Escucha cómo lo hacemos. Y hay que hacerlo sin dignidad. Y morir pronto. Sepultados. Quizás ella me diría: Aún podemos salvarnos.

Tienes razón: a nadie le importa. Y el mundo está a punto de colapsar. Sin Dioses.

Sin religiones. Pero con una autoridad cada vez más fortalecida. ¿Sabes lo que eso significa?

Los instantes. Es cuando nos sentimos más vivos. Hay que aprovecharlos. Los que le robamos a la muerte luego de morder sus labios.

Pero ni siquiera me atrevo: tú duermes y no interrumpo. Dejo que sigas allá, en ese sitio. Justo donde los románticos franceses y alemanes se besan, cogen con los pantalones a las rodillas, comparten humo de opio y hachís y ajenjo y vida y muerte y aman trepados en árboles donde las ramas son pesadillas, pero también donde las ramas son deseos de que los sueños se cumplan.

Porque no es posible tantos muertos. Y tantas pesadillas. No es posible sostener la navaja entre los dientes. Repite, entonces, los nombres. De la mano de Jean Paul Friedrich Richter. En los brazos del admirado Novalis. Tras del cangrejo desquiciado de Nerval antes de quemar la horca. Luego duermo nuevamente. Tú. Llévate esa imagen contigo. Y que no nos alcance la muerte. No salgas a la calle y sus aterradores silencios. Que otros lo hagan por nosotros y combatan esta guerra enloquecida que se parece a un fin del mundo. Amanece. Despierta. Ella lo hace. Existe nuevamente.

Ahora lo hago a través de ella. Cuando al fin abre los ojos suspira. Se cumple el verso mal citado de Octavio Paz: “el mundo cambia si dos se besan”. Aunque en realidad jamás citamos a Paz de memoria. Hoy en día casi nadie lee a Octavio Paz. Quiero decir que casi nadie lo entiende ya. Y está bien que así sea. Él mismo procuró que su obra fuese un tesoro luminoso de unos cuantos afortunados. Y Byron fuma opio nuevamente. Malditas sus adicciones. Y Valery se quita el sombrero, y la Yorcenar le lanza flores (¿hay algo más que pueda lanzar la Yourcenar?) en lugar de monedas. Nuestras cabezas suenan tan huecas como el sonido de las monedas cuando caen. Y Dylan Thomas pide un whisky doble y nuevamente el desgraciado intenta reventar su récord de 18 wiskis al hilo. Nariz enrojecida.

Hinchado. Y frente a él la hoja blanca de papel. ¿Por qué no te mueres ya?, pregunta su madre. Su madre es cruel con Thomas: hijo mío, hijo mío. Ya otros asegurarán que un viejo inútil como Bukowski es un autor maldito, tú procura escribir con ese corazón alcohólico que Dios por fortuna te dio.

Y nos volverán a ganar las risas. Y volveremos a ver el amanecer tras de los muertos.

Justo cuando los dos despertemos juntos y los muertos convivan con nuestro olvido. Entonces toda la ciudad será eso: olvido. ■

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