El delicioso encanto del anonimato

El delicioso encanto del anonimato

Todos los nombres de José Saramago es, ante todo, una intensa novela de amor. La búsqueda que emprende Don José de la mujer desconocida es muy parecida a la que realizan Horacio Oliveira de la Maga en Rayuela y Eligio de Susana en Ciudades desiertas.
¿Cómo no identificarnos con Don José en su afanosa búsqueda? Hemos derrochado tiempo incalculable de nuestra existencia contemplando la fotografía, los objetos, los lugares tan distantes y distintos que hemos idealizado para aproximarnos a la mujer desconocida, asaltando colegios y conservadurías con el propósito de saber más de ella.
La búsqueda de la mujer desconocida ha dejado nuestro cuerpo y espíritu llenos de cicatrices. Bastante trabajo nos costó cometer tantas fechorías, torpezas y locuras con el mismo afán como para arrepentirnos.
Todos los nombres resulta un título aparentemente extraño. En el mismo no se utilizan, salvo el de José precedido por el título de Don, el Jefe de la Conservaduría, la zurcidora, el médico, el enfermero, la señora del entresuelo derecha, el director del Colegio, el pastor, empero el Conservador General se sabe los nombres y apellidos de todos los que han nacido y habrán de nacer.
Don José es un hombre melancólico, tiene 50 años. Habita una casa contigua a la Conservaduría. Se conforma con la vida sencilla que le ha tocado y no trata de evadirla, con un trabajo rutinario: escribiente de la Conservaduría General del Registro Civil. El tiempo que cree Don José que le sobra lo emplea en coleccionar recortes de periódicos y revistas con noticias e imágenes de gente célebre: políticos, generales, obispos, actores, arquitectos, jugadores de fútbol, ciclistas, especuladores, asesinos, estafadores y reinas de la belleza.
Inesperadamente, de su mente surge una idea que iba a transformar su vida. Imaginó que algo fundamental estaba faltando en su colección: la certificación de las personas famosas, cuyas noticias de la vida pública se dedicaba a compilar. La solución se encontraba a su alcance.
En este momento a Don José le agradó más que nunca su trabajo. Gracias a él podía penetrar en la intimidad de las personas que correspondían a los recortes que coleccionaba: saber, por ejemplo, cosas que hacían lo posible por ocultar, como ser hijo de padre o madre desconocidos, o decir que eran originarios de la capital del Estado, cuando habían nacido en alguna aldea perdida que bien podría carecer de nombre.
En estos afanes andaba cuando por azares del destino se encontró con una ficha que correspondía a una mujer de 36 años, nacida en la misma ciudad, con dos asentamientos, uno de matrimonio y otro de divorcio, los nombres de los padres, de los padrinos, la fecha y hora de nacimiento, la calle y el número en que vivía.
Por primera vez don José sintió un presentimiento. Vio en la ficha algo especial que hizo que su vida experimentara un cambio radical. Sintió que le quedaba algo por hacer, que aún no se había consumido del todo. Decir que se enamoró de ella es una suposición muy atrevida pero comenzó a conducirse como descarriado, de la misma manera que los seres humanos que caen en este trance.
Salió a la calle a buscar a esta mujer, superando sus miedos, seguro de sí mismo. Empezó a proyectar en esa mujer la esperanza de sentir que su vida no estaba acabada, recuperando una meta, una ilusión que había perdido. Revivir como era su vida, olvidándose por un momento de todo el peso que tenía encima. Esto lo hizo superarse a sí mismo, ver que algo que se proponía podía conseguirlo, transgredir las normas sin que le importaran las consecuencias.
Es así que se lanza a la búsqueda de una mujer de la que luego confirma que se suicidó por motivos desconocidos, que había estado casada y que se divorció, que podía haber vuelto con sus padres, pero prefirió continuar sola, una mujer que fue niña y muchacha, que llegó a ser una profesora de matemáticas, que tuvo su nombre de viva en el registro civil junto con los nombres de todas las personas vivas en esta ciudad, una mujer cuyo nombre de muerta volvió al mundo vivo porque Don José fue a rescatarlo del mundo de los muertos, apenas el nombre, no a ella, no podía tanto.
Se trata de un esfuerzo por encontrar un sentido a la vida, gracias a una compleja alegoría en la que el ser, el mundo y el nombre se reconcilian, en la que un personaje, Don José, recupera a un ser igualmente anónimo.
Don José es un empleado aparentemente anodino, pero posee una riqueza espiritual envidiable. Nos narra en forma precisa una amplia gama de sentimientos y estados de ánimo por los que atraviesa desde el momento que por casualidad se encuentra la ficha de la mujer desconocida hasta que concluye la búsqueda.
Las detalladas descripciones que hace don José en sus incursiones nocturnas en la Conservaduría, en la escuela, en la casa de la señora del entresuelo derecha, en el departamento de la mujer buscada, en el Cementerio y de la interacción que se da entre los empleados de la Conservaduría y entre éstos y sus superiores son geniales.
Propiedad y dominio del lenguaje es una de las características, entre muchas otras, de la obra de Saramago. El lenguaje es precisamente la herramienta con la que construimos nuestros mundos, sueños y esperanzas. Somos en las palabras: de su riqueza depende nuestra capacidad de transformar el mundo y construir alternativas.
Con toda razón Todos los nombres de José Saramago es considerada la mejor de sus novelas.
José Saramago, Todos los nombres, Alfaguara, México, 2001.

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