Desempleo, otra consecuencia del coronavirus

Desempleo, otra consecuencia del coronavirus

Aun cuando nadie sabe a ciencia cierta cuándo y cómo terminará la pandemia de Covid-19, las estimaciones sobre los efectos que tendrá en materia económica y social dan una idea de la dimensión y profundidad que ha alcanzado, y pintan un futuro poco halagador para la mayoría de la población que habita las naciones afectadas, que son prácticamente todas. De hecho, se prevé que más allá de las definiciones fáciles (como la de “nueva normalidad”) las cosas ya no volverán a ser como antes, y que se producirá una reconfiguración en ámbitos como el del comercio, el turismo, los espectáculos masivos, la mera interacción entre las personas y, por supuesto, el empleo.

En este último rubro, las cifras de las que ya disponemos, pese a su carácter provisorio, resultan muy preocupantes. En México, de acuerdo con datos del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en lo que va de la epidemia del nuevo coronavirus se han perdido casi un millón de empleos, 73 por ciento de los cuales eran permanentes. Sin embargo, según especialistas entrevistados por La Jornada, es difícil conocer con precisión cuál es la cifra real de puestos de trabajo malogrados, dado que un enorme número de hombres y mujeres que se ganaban la vida en el llamado “sector informal” de la economía, también se han visto obligados a interrumpir o abandonar las actividades que les daban sustento. Parte de ese universo laboral podría recomponerse, al menos parcialmente, aunque con variaciones, pero no es seguro que eso suceda, porque en una coyuntura inédita como la que atravesamos, lo único cierto es la incertidumbre.

El desempleo es un problema por donde quiera que se lo examine, pero hay al menos dos grandes enfoques para hacerlo: el económico y el social-personal, donde el primero pone el acento en factores como la disminución en la producción de bienes o el gasto del Estado (mediante subsidios, por ejemplo) y el segundo enfatiza la inseguridad, precariedad y desasosiego que sufre la persona desempleada y, muy a menudo, su grupo familiar. Ambos enfoques coinciden en la necesidad de que es precisa la intervención estatal para abatir los índices de desocupación, cosa que los gobiernos suelen tomar en cuenta a la hora de diseñar planes y programas de apoyo al empleo y reactivación económica. Eso, en circunstancias normales. Pero ahora, en medio de una pandemia que está golpeando individual y colectivamente a la sociedad –especialmente a quienes no tienen otro medio de subsistencia que su fuerza de trabajo– es urgente pensar en alternativas de solución a la pérdida de empleos, con medidas que faciliten la recomposición de la planta laboral y la reinserción a la actividad productiva de quienes han perdido su fuente de ingresos a causa del coronavirus.

Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México será uno de los países que menos puestos de trabajo perderá en términos porcentuales, aun cuando la epidemia se prolongara más de lo calculado, que de por sí es muy variable. Pero aun dando por buena la estimación de la organización internacional, la cantidad de gente que se ha quedado sin trabajo ni perspectivas inmediatas de obtenerlo requerirá un esfuerzo de imaginación, recursos y voluntad por parte del Estado.

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