Julio Ruelas. Negras orillas del abismo

Julio Ruelas. Negras orillas del abismo
Julio Ruelas. Madre muerta. 1901.

La Gualdra 437 / 150 Años de Julio Ruelas

 

 

Julio Ruelas fue enterrado en 1907 en el cementerio de Montparnasse, en París; había nacido en Zacatecas. La sepultura del mexicano fue decorada por un mármol de más de un metro de largo, pieza del discípulo de Jesús Contreras, Arnulfo Domínguez Bello. Ruelas moría a los treinta y siete años. Una corta vida con una intensa obra.

El zacatecano, después de estudiar en la Ciudad de México, partió a Alemania a principios de 1892 donde mira con atención la obra de Arnold Böcklin y la corriente Jugendstil del Art nouveau. Contemporáneo en existencia y propósitos, se convirtió en un autor de vanguardia a lado de Ángel Zárraga, Diego Rivera y Roberto Montenegro, pensionados en Europa. Su personalidad lo distinguirá como un creador único para la historia del arte mexicano, con una pieza inquietante para el fin de aquel siglo XIX: La Domadora (1897). Una mujer –cortesana desnuda, la describe Fausto Ramírez–, con medias negras hasta los muslos, sostiene en las manos un látigo. Un cerdo corre alrededor de ella mientras un simio es testigo del evento. La visión de una ronda que remite descarnadamente a lo carnal y sus excesos. La obra de Ruelas cita y hace homenaje a la de Félicien Rops, con la pieza Pornokrates del mismo año.

El más moderno de los artistas mexicanos en el umbral del siglo XIX; taciturno, solitario, irónico, prototipo de la bilis negra, para Teresa del Conde; decadentista de buena cepa, hombre finisecular como lo entendió el Romanticismo, efectivamente Julio Ruelas dio cauce a su opinión sobre el tiempo que le tocó vivir y lo hizo a través de una crítica mordaz. Dufoo, director de la revista Azul, junto con Manuel Gutiérrez Nájera, solía decir: “Nuestra generación es una generación de tristes”. Bohemio, era de esperarse que, en territorio germano, impregnado por aquel Simbolismo de ánimo en lo terrible, el artista se manifestara como desesperanzado. Del Conde da cuenta de una carta que Ruelas manda a su hermano durante la estancia en Alemania donde escribe desde Karlsruhe: “Jamás me hubiera figurado que llegaría a ser algún día el hombre más oscuro de esta ciudad”. Su muerte temprana de tuberculosis lo confirma en definitiva como el héroe romántico en vida y obra.

 

La atracción por el abismo

Julio Ruelas tomó las armas de la creación y disparó sin piedad con gubias y tintas. El grabado, su trinchera. En París llegó a dominar la técnica del aguafuerte con la guía del maestro francés José María Cazin.

Por su parte, también el óleo marcó un terreno profundo en su limitada producción. Muy admirado es la pintura Pierrot doctor (1898) y en el llamado por Juan José Tablada, “capricho al óleo”: Entrada de don Jesús Luján a la Revista moderna (1904) –donde el autor se representa como una sátiro ahorcado, ícono del artista en la modernidad. Dos piezas más completan el panorama pictórico mexicano más original de su tiempo. Me refiero a Fauno niño (1896), y la tétrica pintura Madre muerta (1901).

José Juan Tablada decía que Ruelas “no solo poseía el don innato de sentir la forma y la facultad de expresarla”. Ruelas expresaba con su obra que Ruelas era insoportable. Instintivo y matérico, con cuadros de temas inquietantes, emerge la pintura y bajorrelieve en su espléndida belleza y verdad. Así Autorretrato de 1900 y La Crítica de 1907, apasionadas y coléricas, están llenas de clemencia. Por eso decimos que la obra de Julio Ruelas tiene como primer adjetivo: intenso y de nosotros como una reacción principal: la conmoción.

La pasión según Ruelas

Estrechamente relacionado con el Simbolismo de los poetas franceses –con Charles Baudelaire de protagonista–, se desarrolla en Europa, en la década de 1880, el movimiento plástico del mismo nombre. Gustave Moreau será uno de sus más grandes artífices. Esta corriente artística tendrá como asuntos recurrentes el religioso, el erótico, la representación de la muerte, la enfermedad, lo grotesco y el pecado.

En nuestro continente el Simbolismo se conoció como Modernismo. Todos nuestros pintores simbolistas estuvieron muy de cerca de la literatura. Zárraga es un buen ejemplo ya que el duranguense, además de la pintura, incursionó con cierto éxito en la poesía. Así, cuando Ruelas regresa de Europa vislumbrará un ambiente propicio para su sentimiento e impulso expresivo. Se encontró entonces con aquellas efigies literarias acordes a su temperatura emocional. Ahí departieron, en la misma mesa creativa: Amado Nervo, Juan José Tablada, Efrén Rebolledo, Luis G. Urbina, Alberto Leduc, Balbino Dávalos, Rubén M. Campos, Manuel José Othón, Jesús Urueta, Ciro B. Ceballos, Bernardo Couto Castillo; junto con pintores de la talla de Jesús Contreras, Roberto Montenegro, Gonzalo Argüelles, Leandro Izaguirre y Germán Gedovius, entre otros.

Para entonces la Revista Azul, fundada por Manuel Gutiérrez Nájera, había tenido una existencia breve. Dejó de publicarse hacia 1896. Un vacío real y simbólico aconteció en el ambiente cultural del país. Amado Nervo, José Juan Tablada y Jesús E. Valenzuela fundan la Revista Moderna de Arte y Ciencia. Jesús Valenzuela hizo posible la salida a la luz pública de la edición. Después tendría a su más importante mecenas en don Jesús Luján. Sus dos épocas comprenderán de 1898 a 1911. Ruelas iniciará ahí uno de los episodios plásticos más relevantes en el arte nacional del siglo XX.

Melancólico, amargo, incisivo, el zacatecano llenó una a una las páginas de Revista Moderna para hacer de sus dibujos, fracturas abiertas; de sus rasgos, gritos de afectación profunda de un deseo por descifrar; heridas a lápiz o buril que ahora consigna la historia artística, como profundas e inmortales. Expresión gráfica contundente y feroz, Ruelas ilustró los poemas con una savia y una sabiduría tal, que sobrepasaron su función temática para ser entidades independientes con un peso ontológico que conquistó la libertad, un nombre propio, y dejó la subordinación textual para poner sus productos en primerísimo plano.

Dibujante de la Revista Moderna, el genio y temperamento de Ruelas lo convirtió, como apunta Xavier Villaurrutia, en “el ilustrador del Modernismo nacional”. El negro anguloso, lleno de contenidos y fatalidad, tono profundo y seco, el “atraído por el abismo”, a la manera que lo entiende Rafael Argullol, invadió el papel de una publicación que se convertirá en hojas sagradas esparcidas al aire, en un tiempo definitivo en la historia visual del país.

La serie que ilustró estos poemas comparte características formales. Los temas difieren. El zacatecano propuso como sello de su estética los motivos macabros, siniestros, o por lo menos melancólicos, como las ilustraciones a tinta y gouache que realizará para la traducción a El cuervo de Edgar Allan Poe. En la noche, un espléndido dibujo hace aparecer una imagen que es además altamente ornamental.

Como negras orillas del abismo, al poema le vino bien el buen oficio del dibujante Julio Ruelas que expresó con un soberbio delineado, un paisaje excéntrico, exaltando el estado emotivo por medio del alto contraste del blanco y negro. Así, un hombre prototipo del personaje romántico, con capa y sombrero negro, escucha las palabras de Jesucristo. La escena podría verse costumbrista a no ser por la caligrafía que nuestro autor imprime en los ramajes que dan marco a los protagonistas, de un complejo diseño cercano al Art nouveau. La imagen da cuenta de un autor y su gesto plástico enraizado en una nueva mentalidad artística.

Rainer Metzger dirá, por extensión de lo que concluye con Vincent Van Gogh, que Ruelas creaba para consolarse. Que su obra tiene mucho que ver con la nostalgia, la solidaridad y compasión por el otro. En todos sus cuadros, pero sobre todo en sus dibujos, tintas y aguafuertes, sentimos la proximidad del motivo. Pintura y estampa espesa y gruesa, más aún, creación densa, donde vemos cómo el autor se encuentra literalmente dentro de la obra y nos confronta.

 

 

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