Salvar el fuego: Guillermo Arriaga Jordán

Salvar el fuego: Guillermo Arriaga Jordán
Guillermo Arriaga, autor de Salvar el fuego ■ FOTO: LA JORNADA ZACATECAS

Hay narraciones que funcionan de manera perfecta. Me explico: cada uno de los elementos que la componen, a la narración, consiguen ajustarse con tal precisión quirúrgica (los grandes narradores para mí son, además, grandes cirujanos) que parece que lo que ensamblan no es una narración sino un arma de destrucción masiva.

Se entiende que un tornillo en el lugar equivocado, el cable amarillo donde va el rojo, el foquito amarillo donde va el verde y nadie la cuenta ahí donde se ensambla el arma de destrucción masiva.

Repito: hay grandes narraciones que son armas de destrucción masiva porque su apuesta es por la originalidad, por la libertad, por el amor. Veamos “Salvar el fuego” (Alfaguara 2020) de Guillermo Arriaga Jordán.

Hay dos puntos sobre los cuales me detuve durante la lectura. El primero es lo polifónico de la novela. Se trata de una narración que está estructurada mediante distintas voces a través de distintos personajes. Cada una de ellas, de las voces, tiene, por así decirlo, su propia personalidad. Y sus propios recursos lingüísticos. Aquí conviene detenernos. El mismo Guillermo Arriaga Jordán me aclaró en entrevista (la pueden buscar en Internet) que todo el conocimiento que tiene respecto al lenguaje de José Cuauhtémoc, uno de los personajes principales de “Salvar el fuego”, o al narrador del “Máquinas”, un personaje que alterna entre principal y secundario, le viene de experiencias personales y no de una anquilosada academia, como nos han hecho muchos escritores.

Es un hombre, Guillermo Arriaga, que se ha hecho en la bravura de la calle, en el tú a tú del carnalismo, de colonias bravas, de infancias no tan fascinantes y modositas (como muchos lo piensan del famosísimo guionista de “Amores perros”) y, sobre todo, de ese excelente oído (¿a alguien ya le quedó claro que para escribir lo necesitas de sobra?) que exigía, entre otros, Ricardo Garibay para escribir. “Salvar el fuego” está escrita con mucho oído y con mucho silencio, es una apuesta por la música y por la fiesta cuando termina, cuando ya se han ido los borrachos.

Por lo tanto buena parte de todo el andamiaje lingüístico, no encuentro otra forma de decirlo, perdón, Guillermo, de “Salvar el fuego se sostiene de una manera brutal porque tiene algo que no tienen otras novelas: originalidad de sobra, hasta la pared de enfrente. Y es que hay novelas que presumen un uso del lenguaje de barrio y se caen al segundo párrafo porque el autor hizo investigación ‘antropolinguística’ de recopilación de diálogos de gente jodida grabadora en mano y con cierto asquito de que le fuesen a contagiar un no sé qué que sí sé que. O autores que intentan hacer hablar a sus personajes como narcos de películas y series cuando viven en las mejores zonitas del país y sólo conocen al narco por eso, por las películas y las series, y apenas escuchan que truenan chinampinas y corren a esconderse bajo la cama.

“Salvar el fuego” chorrea originalidad en el lenguaje, y eso en literatura le saca cinco, diez pies, gana la carrera, porque en literatura el lenguaje es lo que más importa.

Otro punto de “Salvar el fuego” que a mí me llamó la atención: el perspectivismo narrativo. Si no mal recuerdo uno de los grandes maestros, quizás de los primeros, del perspectivismo narrativo es Miguel de Cervantes. Es decir, una misma historia narrada desde distintas perspectivas conforme así sea vista por distintos personajes. ¿Parece fácil, verdad? Pues se lee fácil, pero no lo es, porque justo aquí es donde nuestra arma de destrucción masiva tiene que ensamblarse a la perfección. Aquí es donde el foquito amarillo se puede confundir con el verde y donde el personaje A se puede confundir con el B y enamorarse no de C sino del D.

En algunos talleres se les enseña a los novelistas principiantes a trabajar con escaletas para que no confundan los colores de los foquitos y de los cables y hay novelistas que salen de los talleres, se hacen mayorcitos y crecen con el maldito vicio de las escaletas y se hacen inseguros, no pueden escribir si antes no tienen sus escaletas, pues les tengo una noticia: Guillermo Arriaga Jordán escribe sin escaletas, lo hace con el puro corazón y las ganas, un montón, dándole a la prosa, martilleando, duro con la roca hasta tallar y tallar cada uno de sus personajes, la historia en particular y en general.

Y le sale, claro que le sale, porque el perspectivismo narrativo le exige al narrador meterte en la piel del personaje, contar por momentos la historia desde su particular punto de vista, sus circunstancias, biológicas, sociales, a partir de ese momento el autor deja de ser él y se convierte en su creación, en el personaje, y se cumple aquella exigencia de Juan Rulfo cuando pedía que si ya se tenía a un personaje muy bien creado tan sólo tenías que dedicarte, el autor, a perseguirlo, porque el personaje te iba a decir por dónde quería irse, cuáles eran sus necesidades, sus pesares, sus alegrías. Y Guillermo Arriaga lo hace con José Cuauhtémoc, con Marina, con Francisco: cada uno tiene su propio ecualizador, su tornamesa, su estudio de grabación, y Arriaga hace de furioso DJ, armoniza furiosamente la fiesta, sube y baja furiosamente el volumen, ¿y saben qué?, así se escriben las grandes novelas, como grandes y enormes fiestas, sin tregua por parte del autor, del que organiza la fiesta, y “Salvar el fuego” es una gran novela, quizás se coloque como entre las mejores novelas mexicanas del 2020, desde ahora se los puedo asegurar, tiene temple, calibre, peso, garra y sí, mucho, mucho fuego, y si no se coloca entre las mejores es porque los lectores mexicanos son flojitos, les gustan las cosas digeridas, las historias facilonas de él se casó con ella, pero lo engañó con su prima y luego regresó, le pidió perdón, su suegra le ayudó y vivieron felices para siempre; o historias basadas en videojuegos, qué sé yo.

Hay un trasfondo en la historia principal de “Salvar el fuego”, en el esqueleto, en la columna vertebral, en el andamiaje. Si como lector te vas por los carriles de la vía rápida y piensas que “Salvar el fuego” es una hermosa y bonita historia de amor estás perdido, pero quizás puedes encontrar trabajo en Alfaguara escribiendo reseñas para las cuartas de forros de novelas. Me han dicho que pagan más o menos bien. Si como lector te vas por los carriles de la vía rápida y piensas que “Salvar el fuego” es una historia de redención y libertad sigues estando perdidísimo, pero quizás puedes encontrar trabajo en Netflix escribiendo sinopsis de chafas películas o series. Aquí no sé si pagan bien, pero puedes presumir que tu nombre sale entre los créditos.

A lo que voy es que hay frases hechas que pueden aplicar a todas las novelas del mundo: ¿historia de redención y libertad?, ¿historia de amor? ¡Eso está en la Biblia, muchachos! Así que ahórrense la cuarta de forros, por favor, y muchas reseñas de “Salvar el fuego”, aquí van los por qué:

“Salvar el fuego” es una historia de traición y venganza (sí, muchachos, Shakespeare está en las páginas de “Salvar el fuego”), de amor encarnizado entre hermanos que pasan de un odio de lo más puro y diáfano (ese odio que Dostoievski enseñó a la literatura con clases magistrales) a una reconciliación con un gesto tan hermoso como un abrazo (la belleza de un abrazo).

“Salvar el fuego” es lo opuesto a una historia de amor porque no es el amor como lo conocemos, como nos han educado que es el amor, no puede ser de esa manera. Lo que se da entre Marina y José Cuauhtémoc es el amor en una manifestación totalmente distinta, un punto y aparte lejano a lo que está acostumbrado está civilización, la nuestra, y tan es así que Marina y Cuauhtémoc tejen sus propios códigos, articulan sus propios lenguajes, construyen su propio microcosmos amoroso y cachondo, y este microcosmos es parte esencial de la estructura narrativa de “Salvar el fuego”, así que, muchachos de las reseñas fáciles, no hay una bonita historia de amor, por favor, no insistan, así como no hay historia de amor entre Romeo y Julieta, porque ese amor, esa historia, es una cosmogonía que se embarca en un océano ignoto para nosotros, porque para eso es la originalidad de la propuesta, de una historia que se consigue salvar, sí, con todo el fuego, eso sí: salvar el fuego, porque si llegan al final comprobarán que todo, hasta esa historia de amor, la que arde de un reclusorio oriente a la casa de Marina, termina por incendiarse e incendiar al mundo. ■

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