De sujetas políticas a sujetas de la política

De sujetas políticas a sujetas de la política

El feminismo es un movimiento con tantas opiniones como mujeres militantes, no debería extrañarnos pues cada una de nosotras tiene historias y contextos diferentes, lo cual nos hace diferir algunas veces, pues cada una habla desde su propia historia de vida, algunas con privilegios heredados por nuestra clase social, nuestra blanquitud o nuestras preferencias sexuales. Dentro de esas discusiones hay una que siempre causa tensión y es la inclusión de cierto sector vulnerable dentro del sujeto político del feminismo. Cuando hablamos del feminismo debemos de entender que es “Una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente”.

Tener una agenda política precisa nos permite priorizar, tener objetivos claros y saber hacia dónde estamos caminando, pues no sólo se trata de romper el pacto patriarcal que ha sido impuesto hacia nosotras en nuestras relaciones y contextos personales, sino también de buscar que futuras generaciones de mujeres no se tengan que enfrentar a trabas sistemáticas con las que nosotras nos hemos topado a lo largo de nuestras vidas.

Las sufragistas nos dieron el derecho al voto. La segunda ola nos heredó la libertad del divorcio y, en algunas partes del mundo, el derecho a la libre elección. No fueron los reconocimientos del Estado los que cambiaron el contexto social de las mujeres en los últimos 300 años, fue la propagación de las ideas feministas las que nos han permitido avanzar como clase sexual, al feminismo le debemos desde el acceso a la educación, hasta la posibilidad de usar pantalones de mezclilla, también por supuesto, la aceptación de las mujeres en el mundo laboral que muchas veces se da en condiciones de explotación y que muchas veces nos condena a triples jornadas. De la teoría a la practica hay un mundo de diferencias, pues lo que está escrito en un papel no siempre pasa al plano real. Lo cierto es que la teoría feminista nos ha ayudado a ponerle nombre a muchas de las cosas que nos atraviesan, experiencias individuales que se vuelven colectivas. Cuando empecé a militar dentro de espacios feministas me sentí arropada por el movimiento, sentí que por fin podría hablar de lo que me atravesaba, de lo que incomodaba, de lo que me enojaba, y darme cuenta que no era la única y que no ser la única no era una casualidad. El feminismo me hizo entender que las mujeres compartimos muchas cosas entre nosotras, que sí hay diferencias y que esas diferencias vienen del contexto en el que cada una se encuentra, pero que todas compartimos algo: Nuestros cuerpos y la construcción social que hay a partir de ellos.

Las mujeres somos el 52% de la población humana, no somos una minoría discriminada, (aunque según el contexto de cada una de nosotras, por supuesto que habrá que enfrentarnos también a situaciones de mayor opresión, y es importante nombrarlo), somos una clase sexual oprimida con base a nuestra capacidad paridora y reproductiva. Al día de hoy, hacer esta afirmación puede ser leído por ciertos sectores del feminismo como un discurso de odio o de exclusión. Como mencionaba al principio, una de las mayores discusiones dentro del feminismo, y una de las que crea mayor polaridad es justamente esta ¿Quién entra y quién no dentro de la lucha feminista? ¿Quién es la sujeta política del feminismo? La lucha de las mujeres nos ha permitido nombrarnos, ponernos por primera vez como prioridad. Algo difícil de asumir cuando toda nuestra vida hemos sido socializadas para cuidar a los demás, cuando se nos ha educado para ser por siempre buenas, por siempre empáticas y por siempre las segundas en todos lados. Reapropiarnos de la voz que merecemos en este mundo es una cuestión sumamente complicada pues la culpa ha sido un mecanismo de control en nosotras. El feminismo nace de la necesidad de tener una voz arrebatada en el momento en el que nuestros caracteres sexuales son femeninos. Nombrar al 52% de la población humana como sujeta política de una lucha no es exclusión, somos más de la mitad del mundo. Entender que las vivencias colectivas tienen que ver mucho con nuestra realidad biológica no es un mensaje de odio, es sentido común. Rechazar el instinto materno, la idea de que somos las cuidadoras abnegadas de este mundo y todas sus dificultades no es egoísmo, es entender que hay una guerra contra nosotras, que lleva miles de años y que necesitamos atenderla con urgencia porque nadie más lo hará. Rechazar el género como una identidad porque no sentimos que todos los estereotipos que se nos han impuesto desde que nacemos sean intrínsicamente lo que nos hace mujeres no significa que no podamos ver mas allá de nuestra realidad, significa que somos críticas con nuestra realidad que es impuesta, que no concebimos la idea de romantizarla, que nos resistimos a ese retroceso social que nos vuelve a invisibilizar como clase sexual.

Mis compañeras de lucha que tienen redes de apoyo, diario ayudan a mujeres víctimas de violencia sexual, física, psicológica. Diario atienden en la clandestinidad abortos. El Estado nos ha dado la espalda y nosotras decidimos acuerparnos, acompañarnos, priorizarnos. Y también cuestionarnos diariamente los motivos por los que sufrimos esta serie de violencias que parecen no cesar con el tiempo, en sentido contrario van en aumento con matices más violentos cada vez. Nos juntamos, nos reapropiamos de nuestro derecho a existir y ser libres de las imposiciones de género. La vida no nos va a alcanzar para ver un avance significativo porque el sistema siempre encuentra la manera de colarse entre nosotras, de frenarnos, de confundirnos. Nos nombramos mujeres porque nacimos así y porque sólo nosotras le daremos el significado a esta palabra, por primera vez en mucho tiempo. No permitamos que colonicen nuestro movimiento, que nos dividan y que nos hagan perder el sentido de cuál es nuestra realidad material. El feminismo es la idea radical de que las mujeres somos seres humanas, y no un sentimiento, una idea creada por ellos.

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