Mujeres: lucha en dos frentes

Mujeres: lucha en dos frentes

“Las mujeres mexicanas vivimos un presente extraño. Por un lado, atendemos a un llamado global de conciencia feminista (un llamado que tiene su raíz en la contradictorio matrimonio entre libertades democráticas y explotación heteropatriarcal) y, por otro lado, atestiguamos el horror creciente de nuestro tiempo y nuestro lugar, de nuestro México”.
Caudina Domingo, (“El territorio escarnecido” en Laberinto,
Milenio, sábado 7 de marzo 2020).

 

Con la anterior cita su autora nos está diciendo, o por lo menos inferimos, que la lucha en que se empeñan las mujeres, visible con su radicalización, se está librando en dos frentes: el político jurídico y el social-educativo que no es otro que el de orden cultural. Por un lado se requiere combatir con medidas más efectivas la impunidad contra los homicidas de mujeres y la procuración y aplicación de la justicia. Por el otro, atacar a través de un cambio educativo de raíz al sistema patriarcal que fomenta una cultura machista sexista en el hogar, la escuela y centros de trabajo.

En pleno auge del capitalismo salvaje inglés, Federico Engels, el fiel e inseparable amigo del “Viejo topo” se preguntaba, ¿de qué se quieren liberar las mujeres?, para enseguida responder (lo cito de memoria parafraseándolo), la mujeres habrán de liberarse junto con los hombres de la servidumbre con las que los tiene atados el sistema capitalista. Las mujeres con sus compañeros proletarios y maridos no son libres debido a la explotación y malos tratos que le ha impuesto el capitalismo como clase social. Por lo tanto su libertad entendida como satisfacción de la necesidad, la alcanzaran cuando sea abolido dicho sistema injusto. Por supuesto esta de más decir que la concepción de Engels era parte de la visión clasista y socialista por la que lucho toda su vida. El capitalismo ha sabido reproducirse y sigue vigente vivito y coleando, ahora en su fase neoliberal financierista globalizada. Desde luego que los males e inequidades que engendró desde su origen se mantienen. Entre ellos la violencia.

Las luchas feministas que se han puesto de moda, segregacionistas y sectarias, no se nutre precisamente de mujeres proletarias. Las campesinas y pobres urbanas se mantienen ajenas siendo también violentadas. El grueso de sus contingentes provienen de las llamadas clases medias y altas educadas. Las obreras y campesinas junto con sus pares más acomodadas, siguen tan agraviadas por los usos y costumbres reproducidos por el sistema patriarcal machista: sojuzgadas desde su mismo hogar y centros de trabajo. Ese sojuzgamiento se expresa con más crudeza en nuestros días cuando nos enteramos que son maltratadas, violentadas, violadas y asesinadas.

López Obrador está lejos de ser un marxista. No pasa de ser un ex priista progresista anclado en el modelo del nacionalismo revolucionario que muchos de los problemas relacionados con la justicia busca remediarlos con los valores de la moral cristiana. Pero en alguna medida, al reivindicarse humanista comparte la tesis de Engels cundo aboga por la igualdad de hombres y mujeres.

Las iracundas y en algunos casos histéricas protestas de las marchas del día de la mujer recién celebridadas, se justifican. Sus gritos, proclamas y demandas son expresión de su enojo ante los asesinatos impunes y contra la inseguridad reinante en los últimos lustros. Exigen a gritos poner fin a esa impunidad y que las autoridades demuestren con medidas más efectivas poner fin a la misma. El domingo ocho gritaron y marcharon, sin que faltaran los actos de provocación de grupúsculos anarquistas que más que feministas parecieran terroristas al destruir bienes inmuebles. Al siguiente día fue más fuerte y notorio su silencio.

Desde antes y posterior a las protestas no faltaron quienes se preguntaban y después de las marchas y del paro que resultaron ser inéditos y por lo mismo históricos por su extensión y número, ¿qué sigue? El consenso es que, lo primero es se debe poner freno a la impunidad que ocurre ya sea por errores de los policías que llevan a cabo las detenciones de los feminicidas, irregularidades de los ministerios al armar los debidos procesos, o de plano, la venalidad y corrupción de los jueces. Esto es lo que hay que corregir. Se dice fácil pero deben ponerse manos a la obra con la capacitación de los vigilantes del orden y mejoramiento en la impartición de justicia. Esto y la implantación de protocolos contra sexual y laboral deben ser parte de las políticas públicas que siguen ausentes. No debemos perder de vista que la protesta de las mujeres es contra la inseguridad y la impunidad.

Para abatir o por lo menos disminuir la inseguridad, no basta con poner más policías, guardia nacional y militares en las calles. A esto hay que agregar el trabajo de inteligencia que sigue haciendo falta y atacar de manera más efectiva la impunidad de los delitos.

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