Aprendices de hombres nuevos: desaprender la antigua masculinidad

Aprendices de hombres nuevos: desaprender la antigua masculinidad

Cuando viajamos a una comunidad indígena ocurre que al principio hay enormes silencios y poco contacto porque parece que no hay entendimiento, pero conforme pasa el tiempo, vamos comprendiendo que la idea del tiempo, de las cosas, del futuro o los objetivos vitales son distintos. Pero sólo nos percatamos de las diferencias porque en un tiempo regresaremos al contexto y al lenguaje que nos vio nacer. Sin embargo, si alguien se queda a vivir ahí, y quiere ser parte de esa comunidad, tendrá que desaprender su sentido lineal del tiempo, abandonar la idea que las cosas son meros objetos y aprenderá que lo sagrado está en todos lados. En suma, un cambio de cultura implica necesariamente un penoso proceso de desaprendizaje, para hacer posible el ejercicio de los nuevos valores. En el caso en que nuestra cultura a través del tempo pasa lo mismo: eso le ocurría a los habitantes del Renacimiento, y eso nos ocurre justo a nosotros ahora mismo.

A nuestro tiempo le tocó dejar de creer en el progreso necesario de la historia, y debimos quitar de nuestras creencias obvias, la idea de que en la historia todo iba siempre hacia mejor. Cuando nos enfrentamos en el desfiladero del ecocidio, con los sistemas sociales consumistas o totalitarios, nos percatamos que el ‘progreso’ nada tenía de bueno. Pues bien, crecimos con la idea de que los sexos eran de naturalezas distintas y los géneros también: que las tareas que encargaban al hombre ser proveedor y a la mujer el trabajo del hogar, y por tanto, donde el primero debía mandar y la segunda obedecer, dejaron de ser ‘obvios’ y se nos cayó esa ilusión que duró siglos. En algún momento comimos del árbol del conocimiento y salimos de la inocencia que parecía un mundo idílico, y nos dimos cuenta que, en realidad, era un mundo de opresión. Las sonrisas donde el hombre sentado era custodiado por su mujer e hijos, a la vuelta de la realidad reaparecía con formas deshumanizantes. La tradición nos había mentido. ¡Pero para nosotros era muy obvio que así debía ser!

Para abrazar la verdad de saber que somos exactamente iguales en dignidad, y por tanto, que tenemos los mismos derechos, se debe desaprender el sentido común anterior. Aprender a vivir en horizontalidad implica desaprender el sentido común de la verticalidad. Despertar a este nuevo sentido de la realidad nos hace ver a los defensores de la esa tradición como fanáticos que se aferran a creencias atávicas que prometían el orden, pero daban dolor y sufrimiento. Las voces del fanatismo opresor hacen lo que siempre hacen: amenazan con catástrofes e inyectan miedo a las buenas conciencias. Hasta el señor satanás volvió a salir del baúl de los recuerdos. También ocurre que los señoritos del dinero toman la (im)postura de señores feudales mientras hacen llamados a la libertad: dan permiso para la revolución. Son cómicos porque permanecen atrapados en la dictadura del macho mientras se llama a la liberación femenina. Lo cierto es que todos somos culpables: aprendices de hombres nuevos. Lo Importante es la disposición genuina a desaprender, desandar o des-constuir-nos.

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