Lecturas que curan

Lecturas que curan

El filósofo francés Gilles Deleuze propone que la literatura es curativa, pero lo piensa en dos sentidos, el proceso de escritura y la lectura. En el primer término, el escritor, llámese poeta o narrador, se acerca al ser humano para verbalizar aspectos y compartir sus reflexiones sobre ellos, los cuales se muestran en sus trabajos artísticos, aunque muchas veces no persigue un fin didáctico, sino estético. Y en el segundo término, el lector se apropia de la reflexión, la vive al identificarse con ella y crece, o bien la analiza y puede orientarle en su vida cotidiana. Esto es, en palabras del francés, la literatura es curativa, pero no toda cumple esta función. Por supuesto, esto depende de las ausencias existentes en el autor y el lector.

Simplicius simplicissimus (Hans Jakob Christoffel Von Grimmelshausen, Cátedra: 2004) es la novela que sanó la ausencia de mi abuelo paterno, así como A sangre fría (Truman Capote, Random House Mondadori: 2015) me permitió entender, en la medida de lo posible, las desigualdades sociales que orillan a individuos al crimen; Orlando furioso (Ludovico Ariosto, Cátedra: 2002) me hizo tomar mi espada y mi armadura para combatir al enemigo, mientras encuentro a mi amada; Niebla (Miguel de Unamuno, Cátedra: 2000) me hizo sentirme realmente vulnerable ante la vida y el constante escrutinio de la muerte, no sólo ajena sino propia; y ¡Pájaro, vuelve a tu jaula! (Severino Salazar, Plaza & Janes: 2001) me recordó la belleza de los pueblos zacatecanos, el misterio detrás de un tesoro y el sueño y la inocencia de los niños. Estas novelas me han formado como ser humano, dejando a un lado lo profesional y lo artístico, en particular a ser empático.

No obstante, ¡basta de palabras dulces y románticas!, hay novelas y poemas que realmente quiebran el alma, que lo toman por los dedos de los pies y le dan una fuerte sacudida, como si fuera un simple trapo; novelas que se leen una vez y se dejan a un lado, no por malas sino duras: Temporada de huracanes (Fernanda Melchor, Random House Mondadori: 2017) retrata la violencia y la muerte, consecuencia de las desigualdades sociales en México; la pintura del saudade del protagonista de Las horas fortuitas (Heraclio Castillo Velázquez, Texere: 2014); niños viviendo las consecuencias de una guerra, padeciendo hambre y enfermedades, así como la ausencia de las figuras familiares, se dibujan en La tumba de las luciérnagas (Akiyuki Nosaka, Acantilado: 1999); quise abrazar a la protagonista de La mujer rota (Simone de Beauvoir, DEBOLSILLO: 2011), comprendí a la madre homicida de Beloved (Toni Morrison, DEBOLSILLO: 2011) y a Tom Robinson de Matar a un ruiseñor (Harper Lee, B DE BOLSILLO, 2015); entré en cólera con El ruiseñor y la rosa (Oscar Wilde, Porrua: 2005); y quienes usamos gafas nos identificamos con Piggy, el regordete y tierno niño de El señor de las moscas (William Golding, Alianza: 2011).

También, hubo libros con los que reí, me divertí tanto; otros con los que me asusté, sentí el terror de verme perseguido o ejecutado por monstruos e incluso hombres y mujeres desalmados; tomé mi capa de superhéroe para defender al mundo de enemigos también poderosos, cuyo fin era la destrucción, no sabría decir si era The Flash, Batman o Cíclope. Por supuesto, hay textos que forman, enseñan a pensar y ser crítico, a tener una visión más amplia de los mundos natural y humano: leo libros de filosofía, medicina y arte para ignorar menos y comprenderme.

Debido a su sincretismo, abundancia de referencias y juegos de lenguaje, los poemas de Sor Juana Inés de la Cruz me supieron a un banquete sabroso, me volví un lector activo. Sentí la honestidad, la pasión y el baile rítmico con los poemas de Leonard Cohen, sus palabras movieron hilos que creí inexistentes. Escuché el murmullo de las plantas, los animales y los planetas, difícil de describir, a través de los textos de Marosa di Giorgio —aunque su poesía es difícil de explicar, no sabría cómo llamarle, pero sí la viví, como quien se lanza a la aventura para encontrar un tesoro. También encontré paz en textos sagrados, en la Biblia y El Corán. Sentí la tierra colorada, escuché relojes y sueños mediante las palabras de López Velarde. Estos poemas hicieron revalorizar la vida y la naturaleza, santificar y bailar cada día.

Las lecturas anteriores parten, por supuesto, de gustos personales, que en cierto modo se ligan a experiencias e intereses, esto significa que puedo o no tener afinidades de lectura con los demás; así como muchos de estos libros no sean del agrado de otras personas. En consecuencia, cada individuo tiene obras o autores que le marcaron, pero no a mí: Mario Benedetti, Bob Dylan, Isabel Allende y Elfriede Jelinek. Esto no quiere decir que no sean de calidad, sino más bien sobre el tipo de público, las edades y la experiencia lectora. Volveré en otra ocasión sobre estas cuestiones. ■

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