Aplaudamos al cine y sus quimeras, que somos nosotros mismos

Aplaudamos al cine y sus quimeras, que somos nosotros mismos

El cine cuenta historias. Pero no son meras historias, sino que constituyen eso que se llama ‘saber narrativo’. No es un saber de tipo conceptual donde alguien explica un tema. Por ejemplo, no hay alguien que sale y explica qué es la mal, sino que aparece un personaje llamado Benny todo cándido e inocente y, al poco tiempo ya está desmembrando cuerpos y asesinando a sus antiguos amigos. Entonces, el cine muestra el mal, no lo explica. Pero con eso, la reflexión que detona es muy fértil, porque parte de la experiencia vivida de los personajes que, claro está, es muy parecida a la nuestra. El saber narrativo crea identidad entre los personajes con los espectadores porque en ambos su vida es eso: historia.

Además, el cine cuenta historias con un lenguaje especial: es un narrador universal, pero visual. El espectador es como un dios que, desde el olimpo (la sala de proyección), observa un mundo que transcurre frente a sus ojos. Lo observa, lo analiza y, al hacerlo, lo disfruta. Toda historia genera sabiduría con fruición o deleite. Hace descansar porque produce placer. Es extraño, pero así ocurre. Los saberes son afectivos: están llenos de emociones que descargan nuestros propios demonios o interpelan a nuestros perezosos ángeles de la conciencia. Las historias son de todo tipo: históricas, psicológicas, situacionales, existenciales, y hasta ideológicas. Las llamadas ‘películas de acción’ han hecho un fuerte daño, porque acostumbran a los públicos a prescindir de la historia y se entretienen en el vacío narrativo de las balas que matan a todos los malos. Así, cuando llega una historia con cierta densidad narrativa, al espectador le parece muy lenta, de tiempo convertido en atole. Y se aburren o se cansan. Se elimina la capacidad recreativa del cine.

Por eso, es tan importante promover festivales donde se muestren películas de alta calidad que provoque la reflexión o el discernimiento de los espectadores. El gozo que se convierte en re-creación. Las personas se crean a cada momento, por ello, no debemos confundir entretenimiento con recreación. El cine de alta calidad permite atraer la atención de públicos que buscan disfrutar de una película que los hace sufrir o, al menos, les patea la conciencia. Después de ella, no son los mismos, aun por la variación de gramos o kilos de personalidad, ya no son los mismos. El cine permite vivir varias vidas en la propia. Es muy potente. No es gratuito que reúna muchas artes en una sola: actuación, fotografía, narración (literatura), y tiempo. Una bomba de pasiones que se traga con palomitas. El cine de alta calidad es una buena forma de atraer turismo y cultivar al público propio (formar públicos). Por todo lo dicho, aplaudimos que las autoridades organicen festivales de cine: una manera de impregnar de arte nuestras vidas. Y cuando una vida se convierte en obra de arte, es todo, menos insignificante. Así de importante es el (buen) cine. Una manera de curarse de la infección de Bruce Willis, y acomodarse en el torcido inconsciente de Almodóvar o los fascinantes monstruos de Del Toro que hacen que podamos respirar el complicado jardín de la vida.
PD: Caería muy bien que se dieran crédito a los autores originales del proyecto de este festival.

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