En defensa de la transición… otra vez

En defensa de la transición… otra vez

En diciembre de 2015 (el día once para ser exactos), publiqué en estas mismas páginas, parte del texto que usé para defender mi tesis de licenciatura, titulada: La transición política y la construcción del Estado Constitucional de Derecho en México, que junto a los textos En defensa de la Constitución y En defensa de la Democracia, completaban mi argumento. Frente a diversos artículos, ensayos y libros que han venido apareciendo respecto al mismo tema y en la reflexión que me provocó la lectura este fin de semana de las memorias del Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, titulada Sobre mis pasos, me parece prudente recuperar algunos párrafos de aquella publicación y reintentar en la defensa de una etapa que, con todo y fallas, debe ser rescatada del desafecto de no pocos.

Escribí entonces: “En el proceso de transición a la democracia México ha logrado, cuando menos, tres cambios paradigmáticos en nuestro país: una transición de un sistema autoritario o de partido hegemónico a una democracia electoral, encaminada a la democracia política moderna; el cambio de política económica del Estado, a partir del abandono de esquemas nacionalistas, insertándose en una dinámica pro-liberalizadora de la economía  y finalmente, una transición jurídica en dos sentidos: tanto amplia, al pasar del modelo de Estado legislativo de Derecho, a un naciente Estado Constitucional Democrático de Derecho; y en sentido estricto: al reformar la Constitución hasta llevarla a una configuración totalmente diferente a la que tenía antes de 1977, así como poner en marcha una serie de procesos, procedimientos y mecanismos existentes formalmente, pero operativamente inaplicables por la ausencia de los efectos del equilibrio democrático en los Poderes del Estado.”

Si bien es cierto que estas reformas parecen haber olvidado el legítimo reclamo social para generar con la misma prisa, condiciones que menguaran la desigualdad y además, como lo han sugerido diversos actores, parecen haber comprometido la lucha política al sentar los acuerdos para las reformas en una redistribución del botín que solo contribuyó a la democratización de la corrupción, lo cierto es que no hay proceso político e histórico salvo de vicios que, no por ello merezcan reprobar u olvidar sus virtudes. El actual proceso de transformación (sin más adjetivo en este caso) que vive el país debiera fundar sus bases sobre los ajustes que requiere el modelo surgido de tal proceso de transición a la democracia y no su sepultura para desenterrar el proyecto hegemónico que le antecedió.

Hay que partir de reconocer que las instituciones que nacieron con las reformas políticas y constitucionales merecen una revisión y que una política de austeridad sensata y responsable no les viene mal; también hay que reconocer que dichas instancias del Estado requieren un reconocimiento que deben ganarse en la base social a partir de políticas que les permitan acercarse al ciudadano común y no solo al politizado o especializado. México está más allá de la Ciudad de México y las capitales, y ello debiera ser entendido por todas las instituciones que hoy conforman y consolidan al Estado Constitucional de Derecho en nuestro país.

Defender la transición, no significa que la tarea de país estaba culminada en 1996, 1997, 2000 o 2012, pero tampoco que lo estuvo por fin en 2018 ni lo estará al culminar este sexenio, ni el que viene, sea quien sea a quién toque encabezarlo. Defender la transición significa que, frente al modelo anterior de país, se abrió paso un nuevo paradigma político, pero también constitucional, gracias a la lucha de un sinnúmero de mexicanos, entre ellos destacadamente el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y que, aún con sus imperfecciones y ajustes, éste es el mejor modelo que podemos perseguir, hace 40 años y hoy: el de la democracia liberal. Caer en la tentación de suponer que las mayorías otorgan la razón por sí mismas o que desandando lo ganado, se podrán recuperar años en la construcción de un país más justo, es no solo un despropósito, es también una ofensa a la lucha que permitió la construcción del proyecto de nación que hoy nos gobierna.

Cierro este texto, sobre el que volveré reiteradamente, con parte del discurso que pronunció la noche del 2 de julio el Ingeniero Cárdenas Solórzano, frente a la victoria de Vicente Fox: “Hemos logrado algo muy importante. En esta elección se ha iniciado el desmantelamiento del régimen de partido de Estado. Este es un logro muy importante, del cual nosotros debemos preciarnos y al cual hemos dado nosotros una contribución decisiva, y de esto debemos estar satisfechos y orgullosos cada uno de los que estamos aquí presentes y cada uno de los que dieron su voto a favor de la Alianza por México el día de hoy…”. Esta generosidad y amplitud de miras exige el momento histórico de nuestro país: entender que no solo nuestros triunfos constituyen victorias legítimas, sino que, los pasos que avanzamos, podemos darlos juntos.

@CarlosETorres_

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