La crisis en México y Estados Unidos: 10 años después

La crisis en México y Estados Unidos: 10 años después
Para los EE.UU el libre comercio parece haber dejado de ser una opción lo que, a su vez, deja sin opción a los países que se “engancharon” a su política, señala el colaborador. En la imagen, Peña Nieto, Trump y Trudeau firman el acuerdo ■ FOTO: LA JORNADA ZACATECAS

Si un hombre puede enloquecer no veo por qué
no pueda hacerlo una teoría del mundo.
g. c. lichtenberg (1742-1799)

El libro de Arturo Huerta, “La crisis en Estados Unidos y México: 10 años después” se presentó en el Foyer del Teatro Calderón hace unos días. Prestigiado economista e investigador de la UNAM, autor de varios textos sobre temas económicos se ha mostrado desde hace décadas como un solidario colaborar de la UAZ, particularmente de la Unidad Académica de Economía. En dicha presentación participaron el autor y Rodolfo García Zamora, Investigador de la Unidad Académica de Estudios del Desarrollo. Las presentes líneas son un apretado resumen del texto, de suyo breve, con el que atendí la generosa invitación que recibí al respecto.

El sentimiento proteccionista y el miedo a la globalización recorren el mundo. Lo mismo en los EE.UU que en el Reino Unido tienen lugar severas convulsiones alrededor del libre comercio, relación económica impuesta desde el llamado Consenso de Washington y sostenida desde organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial de Comercio (OMC) y el Banco Mundial (BM).

En los EE.UU han tenido lugar agrias controversias entre legisladores demócratas y republicanos en relación a la política comercial, mientras que el Ejecutivo comenzó la aplicación de barrearas arancelarias, particularmente contra los productos provenientes –pero no únicamente- de China. De esta medida proteccionista no escaparon el aluminio y el acero mexicanos. En Europa la situación no es mejor. Francia se negó recientemente a firmar un acuerdo marco que liberalizaría las importaciones de productos agrícolas.

La Ronda de Doha (capital de Qatar) es una serie de negociaciones promovidas por la OMC y cuyo objetivo declarado es el de “mejorar las perspectivas comerciales de los países en desarrollo” así como “promover el desarrollo con inclusión”. Sin embargo, como se observa en el restablecimiento de aranceles al comercio y en el citado caso de Francia, y se confirma en las numerosas referencias del Texto de Arturo Huerta, la política económica se aleja radicalmente de los objetivos que alguna vez dijo serían su razón de ser.

Digamos que si ha habido libre comercio, no ha propiciado desarrollo así como, tampoco, ha favorecido la inclusión ni la estabilidad económica y financiera; la coyuntura chilena muestra que tampoco favorece la estabilidad social. Así lo reconoce la propia OMC cuando, explicando el Programa de Doha, afirma que “Se ha incumplido en el plazo inicial del 1 de enero de 2005, al igual que el siguiente objetivo no oficial de finales de 2006”. (https://www.wto.org/spanish/thewto_s/whatis_s/tif_s/doha1_s.htm).

¿Qué incumplimiento denuncia la OMC? Que, sin importar el discurso ni los acuerdos firmados, los países que cuentan con la suficiente fuerza económica y política protegen las áreas que consideran prioritarias para sus economías. La explicación de este comportamiento la ofrece Arturo Huerta cuando señala que “Es evidente que en el libre comercio hay ganadores y perdedores, y no como señalan sus defensores reiteradamente, que todos ganan”. La opinión de Joseph Stiglitz va en el mismo sentido: “Parece obvio que si los países desarrollados quisieran verdaderamente promover el desarrollo en la Ronda de Doha, deberían reducir sus aranceles y las subvenciones a los productos de interés para los países en desarrollo”.

A la fecha, el saldo del libre comercio está a la vista: las prácticas proteccionistas van al alza, a despecho de las expectativas y objetivos ofrecidos por la OMC; el bienestar internacional ha sido una declaración, jamás una intención. Asimismo, la opinión de que los resultados finales de la globalización son más negativos que positivos crece entre la opinión pública, los directivos de las grandes corporaciones y los dirigentes políticos de los países desarrollados. Todavía más significativa es la respuesta que hoy le dan algunos pueblos de América Latina, particularmente Chile.

Sin duda el capitalismo “a escala mundial”, como dijera Samin Amin, enfrenta una coyuntura que no imaginaron los artífices del libre cambio y de una estabilidad monetaria conseguida a través de la restricción presupuestal. Sarcásticamente, Paul Krugman los denominó “vendedores de prosperidad”, profetas de la “economía conservadora”. La idea de “más mercado, menos estado” no soporta la prueba de los hechos.

En efecto, por sí sólo, ante el embate de la crisis, el mercado se muestra frágil e impotente. Tal como ocurrió en México con el FOBAPROA-IPAB, la quiebra de los bancos en los EE.UU se evitó con fondos públicos, mostrando que la tesis neoliberal había saltado en pedazos. En México también saltaron en pedazos las finanzas públicas, pues el pago de esta deuda sigue impidiendo la atención de otras necesidades, particularmente la de apoyar la inversión con vistas al crecimiento económico.

Así, el Estado, esa entidad que según el liberalismo es incapaz de actuar con eficiencia en el ámbito económico, debió intervenir. Y al menos para los banqueros amenazados con la ruina, intervino bien: la Reserva Federal inyectó el dinero fresco necesario a fin de que los bancos no se declarasen insolventes y redujo la tasa de interés hasta casi desaparecerla. Además de la flexibilización monetaria se elevó el gasto público con cargo al déficit.

Como se ve, cuando se considera en riesgo, el sistema se olvida de la ortodoxia. Frente a la crisis nada importaba lo que hubiesen dicho y pensado los Friedrich von Hayek, los Milton Friedman o quien fuese. Si el barco amenaza con hundirse, los bancos y los especuladores son prioritarios. La renuncia a la ortodoxia se reanuda cuando se recurre nuevamente a los aranceles como medida proteccionista. Este es el sentido preciso, subraya Huerta, del “America First” enarbolado por Donald Trump, política que excluye cualquier compromiso con la mal llamada “comunidad económica internacional”.

Huerta subraya las causas de que el libre comercio haya resultado un tiro por la culata para los EE.UU. Liberados de restricciones internacionales, los capitales emigraron en busca de mano de obra barata y reservas de recursos naturales. Así, progresivamente, se fueron desindustrializando los EE.UU al tiempo que disminuía la competitividad de sus productos frente a Europa y, particularmente, China. Quizá no se ha valorado lo suficiente el hecho de que Japón le haya arrebatado el mercado automotriz al país inventor del automóvil.

El resultado fue una crónica reducción de la tasa de crecimiento merced a un efecto en cadena que va de la escasa inversión a la disminución del empleo y del ingreso de la población, de ahí a la disminución del consumo y, nuevamente, de los incentivos para la inversión. El hecho de que los productos extranjeros fuesen más baratos que los locales no hizo sino ampliar el boquete de la balanza comercial. Nuevamente vino la política económica en auxilio del mercado.

Se pretendió alentar la economía mediante la baja de impuestos a las corporaciones, dice Huerta, además de reducir la tasa de interés. No sucedió nada relevante. Ante esa realidad, no queda sino una política de protección arancelaria e impulso al mercado interno. Se considera, además, una política de incentivos –y presiones- para impulsar el retorno de capitales. Para los EE.UU el libre comercio parece haber dejado de ser una opción lo que, a su vez, deja sin opción a los países que se “engancharon” a su política.

Mención especial es que Huerta señala que, ante este escenario, mientras los EE.UU abandonan una política que impide el crecimiento en lugar de promoverlo, México “insiste en más de los mismo”, es decir, olvidar el mercado interno y continuar buscando atraer capitales que sustituyen la inversión existente sin aportar tecnología al país. En efecto, es un serio problema que un alto volumen del capital extranjero se refugie en la Bolsa de Valores o en bonos de la deuda pública.

Un problema adicional es que este “capital golondrino” puede salir del país en cuestión de minutos, provocando graves desequilibrios a la economía. Es aquí donde hay que buscar el bajo crecimiento de nuestra economía. Parafraseando a Lichtenberg, si no ha enloquecido la teoría, lo habrán hecho sus creadores y, continuando con la metáfora, cuando los capitales golondrinos vuelan, es porque ha llegado el verano de la crisis. ■

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