La Catrina Camaronera

La Catrina Camaronera

Autor: Juan Carlos Aguirre Ochoa
Residencia: Escuinapa de Hidalgo, Sinaloa, México

Estaba la Catrina en la “Perla Camaronera”,
la mágica tierra de las barcinas,
la cuna de la gente argüendera y bicicletera:
Escuinapa, Sinaloa:
comunidad que de Nayarit es vecina.

Andaba buscando a Tranquilino Samaniego,
el vendedor de tamales de camarón barbón,
para llevárselo al infierno a bailar un danzón
por andar de vil mujeriego.

No lo encontraba por ningún lado,
pues era un hombre muy trabajador,
andaba de calle en calle como un venado,
siendo siempre un coqueto vendedor.

Una idea se le ocurrió a la Calaca:
Fue al mar de Teacapán a sacar camarones.
Como Tranquilino vende tamales barbones,
seguro como camaronera se hace la alharaca
para que el tamalero se acerque a comprarle
y aprovechar para la vida quitarle.

En la plazuela Hidalgo, la Catrina gritaba
“¡Vendo ricos y grandes camarones barboneees!”;
a lo lejos, vio a un tamalero que cantaba:
“¡Cómo gocé mi amor veraniegooo…!”,
era el mismísimo Tranquilino Samaniego.

Al verlo, perdidamente se enamoró
de ese moreno sexy al que la hora le llegó,
y pensó “Antes de petatearlo,
¡voy a aprovechar para besarlo!”.

A él se acercó para venderle camarones,
y al tamalero le empiezan a dar convulsiones.
Estaba aterrado y la Tilica le dio una cachetada,
que los dientes chuecos le enderezó de volada.

Con una cara de espanto, Tranquilino se desmayó,
pues no pudo soportar el beso que ella le dio.
La Catrina estaba jariosa y a besos lo despertó,
pues esos labios carnosos la canoa le alborotó.

Ella le dijo “Tú eres un mendaz mujeriego
y miedo me tienes a mí, Samaniego,
pues yo con esta esbelta figura,
por picaflor, te mandaré a la sepultura”.

El tamalero borrachín a ella le reviró
“¡No me lleves, por favor, sólo soy un buen chico,
pero tú no sé qué comes,
que te apesta a caño el hocico!”

La Calaca encarnizada lo tomó del cuello;
otro beso le dio que lo dejó sin resuello,
y mandó su alma al cielo,
nomás porque le gustó aquel hombrezuelo.

En Escuinapa, la Calavera quedó alborotada
con ese manjar de sensuales varones
que pasaban por ahí dejándola extasiada
y se quedó en el pueblo vendiendo camarones:
“¡Vendo ricos y grandes camarones barboneees!”

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