A la caza de la estulticia: 100 años de Mario Bunge

A la caza de la estulticia: 100 años de Mario Bunge

Mario Augusto Bunge nace el 21 de septiembre de 1919 en Florida oeste, Provincia de Buenos Aires, se doctoró en ciencias físico-matemáticas en la Universidad Nacional de La Plata en 1952. La filosofía la estudió en su casa. Ha publicado más de 500 artículos en filosofía de la ciencia, física, ética, política, planeación y muchos otros tópicos, los libros que han salido de su pluma son más de 80 y continúa su producción. Una sustancial autobiografía aparece en español, por la editorial Gedisa, en 2014 bajo el título “Entre dos mundos”, ahí se pueden consultar, con las reservas naturales hacia las autoexposiciones, datos acerca de su vida familiar e historias sobre los muchos viajes que hizo y las personas, filósofos y científicos de renombre, que lo acompañaron a lo largo de su vida. Ha sido, también, un activo promotor de la educación y la formación de investigadores desde su particular punto de vista, como queda constancia de ello en el artículo “El método de Bunge: mentir para rebatir” de Eli de Gortari, incluido en “La metodología: una discusión y otros ensayos sobre el método” (Grijalbo, (1980) México). Que Bunge tenga desacuerdos con muchas personas e instituciones no es algo raro, es constitutivo de su posición filosófica: el realismo científico. Para decirlo sin ambages, el realismo científico de Bunge es la afirmación de una filosofía exacta, de orientación científica, sistémica y emergentista, realista y materialista tanto como humanista (véase, para la elucidación de estos conceptos y la manera de interrelacionarlos: “Materia y mente” de Mario Bunge, SigloXXI (2016) México) lo que contrasta con el piélago de filosofías que niegan o devalúan la ciencia y se oponen a cualquier forma de sistematicidad con el argumento que una sociedad escindida e itinerante como la nuestra es solidaria del fragmento y del ensayo, no del tratado filosófico. Su oposición se extiende a las pseudociencias (una definición se encuentra en: “Crisis y reconstrucción de la filosofía” Gedisa (2002) Barcelona), entre las que se cuentan: el psicoanálisis, la microeconomía neoclásica, la parapsicología y la psicología informatizada, las que hoy día tienen innumerables seguidores así como la infraestructura institucional de muchas universidades. Es claro que esta perspectiva filosófica, de tomarse en serio, tiene impacto sobre la configuración de las universidades, las que si se integrasen desde los presupuestos de aquella dejarían fuera del presupuesto a las maestrías en psicoanálisis y marxismo tanto como a las especializadas en la lectura de Foucault, Derrida, Deleuze, Heidegger o las “mentalidades alternativas”. Sin embargo las universidades hispanoamericanas, al igual que las que pululan en la esfera anglosajona, no se construyen desde los supuestos de una filosofía sistemática, sino desde las “redes imaginarias” del poder político, al que a veces conviene promover la falsedad, el embrutecimiento, la lealtad sin cortapisas al líder y la simple ignorancia. El fracaso del modelo UAZSiglo XXI estuvo menos en la capacidad de desarrollar un adecuado criterio de agrupación de las actividades académicas que en la astucia de todos aquellos que, ante la posibilidad de un cambio, se las arreglaron para que nada cambiara. En una entrevista para “El País” comentó: “La filosofía está pasando por un mal trance, porque no hay pensamiento original, casi todos los profesores de filosofía lo que hacen es comentar a los filósofos del pasado, no abordan problemas nuevos” (“El País”, 21/09/19). No está de más añadir que muchos comentaristas pretenden que su actividad resuelve un problema: el de la correcta interpretación de lo que quiso decir el autor, y hacen de una redacción oscura la materia de innumerables tesis de grado esmeradas en producir oscuridad. Una variante de este vicio es la pretendida “solución de problemas sociales” desde la universidad, la que consiste, o consistió, en conseguir fondos estatales para desarrollar proyectos de “desarrollo social” cuyos objetivo se ubican en el lejano futuro o son difíciles de medir o fracasan en silencio o redundan en “estafas maestras”. No debemos perder de vista, sin embargo, que una universidad es el espacio para discutir los problemas filosóficos, para enfrentar las filosofías, no para encumbrar dogmatismos, por eso una filosofía como la de Bunge, que piensa en contra de las supercherías, debe someterse al mismo rigor que instituye: si tiene conceptos oscuros han de exactificarse, si postula entidades inmateriales deben mostrarse, si cae en inconsistencias deben delatarse. Desde esta perspectiva un sistema filosófico está librado al mismo destino que cualquier teoría científica: la caducidad, la refutación, la inconsistencia. Excepto, claro, que carezca de contenido empírico y sea abundante en sofismas y contradicciones, entonces debe diseñarse un posgrado “crítico, progresista, de avanzada” que se esmere en descubrir los enigmas que plantea. Ha no mucho un académico distinguido de la UAZ argumentó que la filosofía “no sirve para nada”, aunque se abstuvo de justificar porqué se debe pagar un salario a alguien que se dedica a cosas inútiles. Tal tipo de “audacias” genera escuela, y se puede afirmar que al día de hoy en la universidad prolifera el estudio de lo fútil y se le admira, se le otorgan premios y abren espacios. Por conveniencia política o por mera incapacidad de discernir la hojarasca del trigo. Entretanto, el “Treatise of basic philosophy” acumula polvo en la biblioteca central. ■

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