La dictadura obradorista

La dictadura obradorista

Hoy, en México, la oposición está asustada. Expresa su preocupación por que al frente del Ejecutivo federal hay un presidente autoritario que pone en riesgo todos los valores democráticos por los cuales ellos, PAN y PRI, lucharon por mantener desde tiempos posrevolucionarios. Se está preparando una dictadura —afirman quienes se encuentran entre sus filas—, una dictadura obradorista.
Ésta será, sin duda, una dictadura peculiar. No llegó por las armas, como en muchas partes de Latinoamérica, sino a través de la única elección cuya legitimidad democrática no ha sido cuestionada. Como no hubo manipulación ni compra de votos, la oposición, después de un análisis profundo, detectó que las causas de tal victoria fueron el populismo del candidato a la presidencia. Se descarta entonces la hipótesis de que la sociedad tiene la capacidad suficiente para decidir por sí misma, por lo que la oposición necesita seguir tutelando sus decisiones. Para el grupo tecnócrata resulta inaceptable y poco profesional que el dictador se haya dedicado a recorrer todo el país, en lugar de repasar a Varian o Mankiw, para así poder diseñar políticas que realmente funcionen.

Ya en el poder, este dictador —dice la oposición— está llevando a cabo acciones para asegurar su permanencia. En primer lugar, está diseñando políticas para disminuir los índices de pobreza en México y para abatir las carencias sociales de quienes menos tienen. En este punto, la oposición parece aturdida. Por un lado, se quejan amargamente de que Prospera, el programa clientelar estrella de sus administraciones, haya desaparecido; pero, por otro lado, acusan de clientelares los programas sociales que el tirano está llevando a cabo. Les parece inaudito que estudiantes de secundaria reciban dinero, pues lo van a gastar en lujos innecesarios a los cuales la gente pobre no debería acceder.

Es, además, un dictador que rompe todos los moldes comunes, por lo cual la oposición trata de crear nuevas categorías para encasillarlo. Por ejemplo, durante las recientes marchas a favor de la igualdad de género y la de los aniversarios de Ayotzinapa y el 2 de octubre, el dictador decidió no agredir a los participantes que cometieron actos violentos o vandálicos. La oposición criticó férreamente que estas acciones no fueran castigadas por parte del gobierno y, al mismo tiempo, intenta responsabilizar al gobierno por tales comportamientos pues, de acuerdo con ellos, el dictador está siendo incapaz de mantener el orden, y como resultado aparecen estos grupos de choque. En otras palabras, la oposición se queja de que no hay represión a los grupos que supuestamente se manifiestan violentamente por los errores que el dictador comete. Lo sé, es sumamente confuso.

La parte más delicada y complicada de entender en esta dictadura es la voluntad del dictador para que la gente decida si se puede quedar en el poder o no. En un movimiento tenaz, sumamente manipulador —de acuerdo con la oposición— el dictador está intentando someterse a la revocación de mandato dentro de dos años. No puede haber, dice la oposición, acción más antidemocrática, pues el dictador está dejando que la gente decida si se va o se queda, solamente para asegurar su permanencia. Darle el poder de decidir a la gente —hacer valer nuestra democracia representativa— es, para la oposición, un acto característico de un dictador, y evidencia de manera objetiva que en México el terreno se está preparando para el autoritarismo.

Parecería que esta nueva oposición piensa que lo del pasado: elecciones arregladas, programas clientelares, uno o dos partidos repartiéndose el pastel, mano dura en las manifestaciones, control de la prensa, desprecio a la igualdad de género y a los derechos humanos en general, eran signos inequívocos de que México iba por buen camino, y que cualquier acción que atente contra ese orden no puede tener buenas intenciones. Todo parece indicar que la oposición está adoctrinada por las ideas de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, autores del libro Cómo mueren las democracias, y están tratando de moldear sus argumentos para asegurar que el dictador que fue electo democráticamente utilizará a la democracia misma para quedarse en el poder.

Hablando con seriedad, podemos decir que es imposible encontrar mayor hipocresía. Ahora resulta que quienes utilizaron las instituciones a su antojo y quienes ultrajaron la democracia y el Estado de derecho en México, el PRI y el PAN, están en contra de acciones de corte social y democrático, pues aseguran que se están llevando a cabo para que un partido o un hombre se quede en el poder. No cabe duda de que en sus conciencias llevan la culpa y el recuerdo de las viejas prácticas que ellos mismos implementaban. Resulta paradójico que la dictadura que dibujan los opositores sea más democrática que cualquiera de los gobiernos anteriores que ellos mismos encabezaron. ■

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